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Posts Tagged ‘memorándum’

Anteo (II)

II
El punto de partida es un bar azulado,
un bar donde se espesa el humo del tabaco
en las noches lejanas, en los días de antaño.
Un bar en una esquina, un bar en el que hablamos
del presente y sus penas, del futuro dorado,
un bar donde las horas a veces se estancaron.

Por un tramo sin nombre, un anónimo tramo,
inicio mi camino, mi íntimo itinerario.
Delante de una casa primorosa me paro,
donde vive una virgen en solitaria espera,
insomne vigilante y leal cancerbera,
que siempre está en su puesto como buena guardesa.

Sin tener que pagar óbolo ni gabela,
ni decir contraseña,
ni llamar a la puerta,
ni a través de la abierta
ventana pegar la hebra
con la hacendosa dueña
que como cada día realiza sus tareas,

con tan sólo pararme ante su alba vivienda
recibo el memorándum que es la llave secreta
de un mundo naufragado en antiguas galernas.

Con temor, con respeto, en esa calle estrecha,
de suave curvatura, como arco de ballesta
que se tensa y dispara su aterradora flecha,
me adentro encomendándome a mi propia entereza.

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Mientras desayunaban en un bar de la calle Laraña, cerca del organismo oficial donde trabajaban, Susana preguntó: “¿Un vademécum no es el libro que utilizan los médicos para informarse rápidamente sobre una enfermedad y su tratamiento?”.
Amparo le lanzó una mirada severa y respondió: “No te enteras. No es un vademécum sino un memorándum” “¿Y qué demonios es eso?”.
“Un pergamino de piel de ternera que le han regalado sus hijos. Se lo entregaron solemnemente en la cena que le ofrecieron en uno de los restaurantes más caros de Sevilla cuando se jubiló” “Es la primera noticia que tengo de un regalo de esa naturaleza” “Pues si Dios no lo remedia, en ciertos círculos acabará poniéndose de moda”.
En dicho pergamino, explicó Amparo que estaba presente cuando María fue a la oficina expresamente a enseñárselo a sus ex compañeros, estaban consignados en letra gótica todos sus méritos como hija, esposa, madre, abuela en ciernes y profesional de la administración pública.
“¿Como funcionaria?” “Sí, como eso también. Tú ya conoces su carrera” “Demasiado bien las conozco, a su carrera y a ella”.
La homenajeada había destacado por su docilidad a los requerimientos del poder. Todo lo que éste ordenaba, indicaba, sugería o insinuaba, era acatado sin rechistar por ella, que por nada del mundo quería pasar por tibia, y cuya máxima aspiración, que producía vergüenza ajena, era pasar por una mujer enrollada, a la altura de los tiempos.
“Por alguien guay” apuntó Susana. “Súper guay” precisó Amparo.
Mientras apuraban el café con leche, ambas rememoraron la ocasión en que María, tan exquisitamente acrítica, tan lacayunamente bien sintonizada, tan de buena familia antes, ahora y siempre, se presentó en la oficina con un taco de papeletas del Gran Hermano para venderlas todas y congraciarse con los jerarcas.
Hubo un compañero que le plantó cara y le espetó: “¿Pero las rifas no son cosa de estudiantes y hermandades? Ni siquiera vais a respetar eso”.
Forzando una sonrisa, María repuso: “¿Entonces no me vas a comprar una papeleta?” El otro la miró de hito en hito y le dio la espalda.
María se enfadó y fue con el cuento a uno de los directores, amiguísimo suyo.
“Pero nosotras” dijo Susana “le compramos dos papeletas cada una” “Sí” confirmó Amparo “nos sacó cuatro euros” “Muy a pesar mío” “Eso da lo mismo. Lo que cuentan son los goles”.
“¿Sabes qué te digo?” repuso Susana “Que quien contraste ese vademécum con la realidad se va a tronchar de risa”. “Ya, pero ¿quién va a tomarse esa molestia?”

 

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