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Posts Tagged ‘neurosis’

291.-Respecto al mal hay dos categorías de personas: las que lo consideran necesario e inevitable y, cuando les conviene, hacen uso de él deliberadamente, sin mayores escrúpulos de conciencia puesto que, según su planteamiento, el mal está en el orden de las cosas.

Una segunda categoría lo considera una realidad que se nutre fundamentalmente de nuestra colaboración. Piensa que somos nosotros quienes le abrimos la puerta para que campe por sus respetos.

La gran diferencia entre ambos enfoques estriba en el concepto de responsabilidad, laso o inexistente en el primer caso y lo bastante sólido en el segundo para negarse a la complicidad. Sin agentes, sin cooperación, el mal no prosperaría.

292.- Aparte de lo suyo, el neurótico tiene los achaques de cualquiera implementados por sus disfunciones psicológicas. Ojalá, como compensación, fuese inmune a las enfermedades corrientes.

293.-El neurótico es la prueba viviente de la interpenetración de la realidad y de la ficción. Al ser difusas las fronteras, la segunda puede invadir y colonizar áreas más o menos extensas de la primera.

El sujeto que sufre los devastadores efectos de las razias, y que puede acabar capitulando, verifica en sus propias carnes la flotabilidad de los límites.

Tal vez exista una instancia superior que englobe a ese yin y a ese yang, a esas dos entidades que se entrelazan en armonía o se devoran mutuamente.

Para el escritor ese tao es la literatura que es real aun siendo ficticio su contenido. Es ahí donde se resuelve esa dicotomía. En esa pecera los renacuajos del yin y el yang pueden nadar a placer, acoplarse y separarse sin que se acabe el mundo.

Esto no quiere decir que todos los escritores sean unos neuróticos, aunque en este momento se nos hayan agolpado en la cabeza varios nombres. Parece claro que si uno se atiene a los estrictos lindes impuestos por la realidad, no creará nada. Describirá, registrará, anotará, sermoneará…, pero no creará.

Parece claro también que si uno se adentra demasiado en cualquier mundo ilusorio, su destino previsible es un hospital psiquiátrico.

El escritor se mueve en esa franja intermedia, en esa tierra de nadie que es la única donde se puede realizar hallazgos merecedores de tal nombre, desde donde, como propuso Fernando Villalón a su prima Carmela en el soneto que le dedicó, se puede saltar y escalar la montaña más alta.

294.-Una cosa es tener una idea y otra realizarla. Pero se empieza por tener una idea.

295.-El abandono es un signo de decadencia. No es fácil mantener la figura hasta la sepultura. Intentarlo es un envite que nos dignifica.

296.-Cuando las relaciones se deterioran, el grado de tolerancia disminuye cada vez más. Esto significa que, al igual que les ocurre a los alcohólicos que experimentan los síntomas de la borrachera con una sola copa, cualquier tontada es suficiente para desencadenar una guerra.

297.-Madame Bovary es un foco de infelicidad expansivo. Todos los que la rodean sufren las consecuencias de sus delirios y acaban siendo desgraciados también. Hunde en la miseria a su provinciano marido que la quiere. Rodolfo, su primer amante, acaba fugándose solo. León, su segundo amante, hace tres cuartos de lo mismo. Madame Bovary los desborda, a ellos y a cualquiera. La insatisfacción y los desvaríos de esta mujer no los paga únicamente su devoto marido que aguanta carros y carretas. Los paga también su desatendida hija que irá de mal en peor. Y los paga ella misma con su horrible muerte. Madame Bovary se ha convertido en un mito literario pero dista de ser un referente existencial.

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36.-Estos episodios (“Loli”, “Amador”) más o menos chuscos son dignos de ser contados, pero no gozan del privilegio de la comprensión. La gente sonríe o ríe, pone una cara de extrañeza, pero no se toma en serio esos lances. Lo cierto es que trata de apartarlos de sí como si se expusiera a un contagio. Lo indiscutible es que, en un alto porcentaje, los rechaza, a veces con una nota de visceralidad. Esto quiere decir que, afortunadamente, la mayoría de las personas no sufre ese mal, que de todas formas está bastante extendido. Todo el mundo sabe lo que es un dolor de cabeza, conocimiento que facilita la empatía. Pero los ataques de pánico, la claustrofobia, los zarpazos de las neurosis obsesivas, los golpes de ansiedad, las fulminantes somatizaciones que dejan para el arrastre, todo eso es harina de otro costal. Cuando se cuenta o, sencilla y discretamente, se hace alusión a una experiencia de esta índole, el interlocutor, tal vez como reacción defensiva, se siente obligado a confesar que él se agobia también cuando va a El Corte Inglés, u otra pamplina semejante. Esta respuesta merece una réplica a la altura de su deprimente simpleza. Puesto que la otra persona no ha tenido, al menos, la deferencia de callar, es justo que se le diga: “¿Y quién te manda ir a El Corte Inglés? Compra en tu barrio. A mí ni se me pasa por el pensamiento pisar unos grandes almacenes”. Y decidido a mostrarse desagradable, se puede añadir: “Si vas, es porque ese agobio es para morirse de risa. Si ese sofoco tuviera algo que ver con lo que yo he referido, te quedarías en tu casa. Pero lo tuyo es una pose tan alejada de la agonía de la ansiedad como España de Nueva Zelanda”. Una pose o un remedo de una enfermedad tan acogotante que quien la padece de veras hará lo que en buena ley le correspondería hacer al otro: callarse respetuosamente y despedirse cuando su interlocutor acabe de desembuchar su ristra de sandeces, algunas de ellas malintencionadas y burlonas. Esta incomprensión, rechazo, desinterés o ignorancia no es privativa del ciudadano común. Afecta igualmente al personal especializado que atiende según los parámetros aprendidos, pero cuyo conocimiento teórico no lo capacita para un verdadero acto de solidaridad con el paciente. La mayoría de los médicos se limita a extender una receta. Seguramente, aunque quisieran, no podrían hacer otra cosa. Para hacerse cargo de ese vía crucis hay que haberlo recorrido, haber caído y saber lo que cuesta levantarse y seguir. Los comentarios conclusivos son la guinda de esta actitud generalizada, los cuales se pueden resumir en un consejito que debería estar legalmente penalizado. “Sobreponte” te dicen y se quedan tan frescos. “Hay que sobreponerse” te indican con una sonrisa benevolente como quien te pide que comas un kiwi en ayunas para solucionar tu problema, que no acaban de creer que sea real, que lo consideran fruto de una mente calenturienta, de una imaginación demasiado viva. ¿Qué cosa más fácil hay que comerse un kiwi? Pero lo que de verdad te están pidiendo, aunque en su inconsciencia ni lo sospechen, es que cruces a nado el estrecho de Gibraltar o escales el Everest, algo que está fuera de tus posibilidades y de las suyas.

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