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Posts Tagged ‘piso’

                                    I
Un día llegué a casa y descubrí atónito que habías cambiado la decoración. Me miraste y dijiste: “He quitado los cuadros y he puesto otros”.
Sin consultarme, sin pedirme permiso ya que el piso es mío, te tomaste esa libertad. No se te ocurrió preguntarme si estaba de acuerdo con esa idea. No se te ocurrió contar con mi parecer. Me di de bruces con un hecho consumado.
Los cuadros que descolgaste tenían su importancia. Estaban allí porque eran de mi agrado o porque eran un regalo o un recuerdo.
Había un paisaje al que le tenía especial cariño aunque no valiese gran cosa. Corrió la misma suerte que los restantes adornos. Acabó en el trastero gracias a tu diligencia. Esa pintura era el broche de oro de una historia, la prueba visible de otra relación sentimental cuya añoranza se incrementó desde ese momento.
Cuando te pregunté por el cuadro, esbozaste una sonrisa angelical y dijiste: “¿No te gusta el que he colocado en su lugar?”.
Sin duda, mi cara reflejó mi estado interior porque te apresuraste a añadir: “Si te hace más ilusión, cuelgo de nuevo ese paisaje que había ahí. Y todos los demás si quieres”.
Esa actitud era improcedente. Pedirte tal cosa me hubiese resultado violento. Mi carácter encaja mal esas jugadas arteras.
Te escudaste en que habías querido darme una sorpresa, lo cual es innegable. Pero sencillamente no me tuviste en cuenta.
Permanecí callado. Ésa fue mi reacción. Leía en tu insistente mirada que esperabas una respuesta verbal.
“Bueno” concedí, “se agradece una renovación”.
Para contrarrestar ese atropello, decidí comprar y poner en un rincón un póster con un denso bosque asaeteado por los rayos del sol, que creaban un hermoso juego de claroscuros.
Te faltó tiempo para pegar a su lado otros carteles con motivos urbanos que, según tú, constituían un contrapunto original, cuando en realidad anulaban el mío.
Saqué la conclusión de que mi iniciativa te había fastidiado. Como, tras tu reciente actuación arbitraria, no te atreviste a pedirme que lo retirara, me hiciste saber lo que pensabas de esa forma.
Desde luego, no te equivocaste al interpretar ese gesto como una afirmación personal. Bastante discreta por cierto.

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La noche (III)

                                         III
Antes de que se produjera el asalto a la casa de la huerta, Javier había entrevisto en el piso de Sevilla una figura incorpórea al anochecer.
Se había explicado ese fenómeno como el resultado de la conjunción de la hora crepuscular, del cansancio y de las sombras que proyectaban los muebles. O sea, como un producto de su imaginación.
Cuando se acercaba a ese fantasma, éste se esfumaba. Cuando encendía la luz, no descubría nada.
No obstante, al regresar del trabajo, inspeccionaba el piso para comprobar que esa invención suya no lo estaba aguardando como una fiel esposa.
En los meses que precedieron a su instalación en la casa del río, durante los cuales estuvo ocupado reformándola y viajando a menudo al pueblo, esa silueta nebulosa desapareció por completo.
No era la primera vez que a Javier le ocurría esto. Recordaba episodios similares, en otros momentos y lugares, en los que había atisbado esa forma evanescente y blanquecina. Su racionalismo se apresuraba a etiquetarla de imagen intrusa procedente del mundo de las supersticiones.
Ese fantasma de sábana ondulante y contorno impreciso, cuyo perfil en la oscuridad recordaba las líneas helicoidales de un chorreón de leche en una taza de café, se ocultaba pero regresaba siempre, como si estuviese empeñado en que le otorgasen carta de ciudadanía.
Pacientemente agazapado, ese espectro parecía a la espera de hacer valer sus derechos o de cobrar Dios sabe qué atrasos.

 

 

 

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                                      IV
Me sorprendió. No esperaba que aceptase a la primera. Había dado por supuesto que reaccionaría riéndose, tomándoselo a broma, que se iría por la tangente o, a lo sumo, que me daría largas.
Pero Laura, a pesar de su aire puritano, dijo con naturalidad:
— Bueno.
Cruzamos el puente de Triana y enfilamos la calle San Jacinto.
Íbamos en silencio, como dos turistas absortos en la contemplación de la ciudad.
La situación me resultaba incómoda. Laura caminaba muy erguida. Del hombro le colgaba su bolso de terciopelo negro con espejuelos, al que debía tener un cariño especial, pues, pese a estar ajado, era su preferido.
De vez en cuando la miraba de reojo, sin advertir en ella ningún signo de tensión.
Por suerte recuperamos el habla cuando llegamos a mi piso. Y eso fue lo que hicimos: acomodarnos en el salón y pasar el resto de la tarde charlando.
Como no tenía refrescos ni zumos, ni siquiera una infusión, y ella no tomaba bebidas alcohólicas, sólo pude ofrecerle agua del grifo para acompañar el plato de cacahuetes salados que puse en la mesa.
En una de nuestras conversaciones le dije que no parecía andaluza. Laura era espigada, tenía los ojos claros y el pelo trigueño. Me recordaba a una deidad nórdica. A una valquiria.
Esta observación la hizo sonreír. Replicó que en mis palabras había un fondo de verdad.
A Laura le gustaba rodearse de un halo de misterio.
Declinaba la tarde. Habíamos estado hablando animadamente y ahora guardábamos silencio.
Me levanté para correr la cortina y encender la lámpara de pie. Laura me pidió que no hiciera ninguna de las dos cosas. Quería seguir contemplando las luces del crepúsculo hasta que se apagasen del todo.
A los pocos minutos, vi cómo cogía su bolso de terciopelo negro y sacaba un paquete plano y alargado envuelto en un paño blanco. Lo desenvolvió cuidadosamente. Era una baraja. Con una voz opaca me comunicó que quería echarme las cartas.
Laura no bromeaba. De hecho, tenía poco desarrollado el sentido del humor. Sus ojos grises estaban fijos en mí. Yo no podía apartar de mi mente el semblante burlón de Aurelio.
Laura esperaba mi consentimiento. Traté de escabullirme.
—No tengo interés en saber nada. Estoy contento con mi vida. Dudo, por lo demás, que las cartas puedan desvelar el futuro…
— ¿No tendrás miedo?
— ¿Por qué iba a tener miedo?
— Se trata de una simple tirada de cartas que te proporcionará información importante.
— ¿Y tú cómo sabes eso?
— Lo sé.
Tras una ligera vacilación rectificó:
— Lo intuyo.
—Si te hace ilusión, adelante.
Laura cogió las cartas, que había dejado en la mesa, y empezó a envolverlas en el paño blanco.
— ¿Te has enfadado?
— No, claro que no.
— Échame las cartas.
— ¿De verdad?
— De verdad.

 

 

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