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Archive for the ‘Antología’ Category

La intención de Danilo no es matar al animal sino cogerlo vivo. Y eso es lo que hace metiéndole un palo en la boca, atándole las patas y volteándolo en el suelo.
Sobre un caballo asustado por esa carga, se llevaron al lobo viejo.
La fiera se convirtió en la gran atracción que todos querían ver e incluso tocar.

“El gran lobo viejo, con la cabeza caída de ancha testuz, el palo mordido en la boca, miraba a aquella muchedumbre de hombres y perros que lo rodeaba con grandes ojos vidriosos. Cuando alguien lo tocaba, sus patas atadas se estremecían: su mirada salvaje, y al mismo tiempo ingenua, seguía los movimientos de todos”.

Tolstoi resuelve la partida de caza en una serie de espléndidos cuadros que el lector visualiza como si, en lugar de estar leyendo, estuviera paseando por la sala de una pinacoteca consagrada a este lance cinegético.

Traducción del ruso por Lydia Kúper

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La caza del lobo viejo (IV)

Se inicia el acoso de la fiera por parte de los perros que se lanzan veloces en su captura. Pero el viejo lobo infunde terror a sus perseguidores. La perra, que casi lo alcanza, detuvo en seco su carrera cuando la bestia la miró de reojo.
El segundo perro saltó sobre el lobo e incluso le clavó los dientes, pero también se asustó y se echó a un lado.
De esta forma, el lobo logró que la jauría fuera detrás de él pero perdiendo distancia.
Rostov se percata de que la fiera va a escapar. Le azuza entonces a Karai, que trata de cortarle el paso antes de que logre internarse en el bosque, en cuyo caso desaparecería. El perro, finalmente, le da alcance.

“El lobo rechinó desesperado los dientes (Karai ya no lo sujetaba del cuello); sacó las patas traseras y, con el rabo entre las piernas, se apartó nuevamente de los perros y siguió adelante. Karai, con la piel erizada, tal vez herido o maltratado, salió con trabajo de la charca”.

Un montonero y sus perros cortan la retirada al lobo, que se dirigía al bosque salvador, y lo cercan.
En esto, aparece Danilo que se aproxima siguiendo la línea del bosque para impedir la huida del lobo.

“Danilo galopaba en silencio con el puñal en la mano izquierda, fustigando sin duelo a su caballo.
Nikólai no lo vio ni oyó hasta que el caballo del montero pasó resoplando delante de él; entonces reparó en el ruido de un cuerpo que caía y vio a Danilo en medio de los perros, echado sobre el lobo, al que trataba de agarrar por las orejas. Tanto para los perros como para los cazadores y el lobo, era evidente que ahora todo estaba terminado. La bestia, asustada, con las orejas gachas, trataba de levantarse, pero los perros la tenían bien sujeta. Danilo se levantó, dio un paso y, como si se tumbase a descansar, se echó con todo su peso sobre el lobo y lo agarró por las orejas”.

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La caza del lobo viejo (III)

Poco más tarde, Rostov da las indicaciones para la caza. Él se dirige al coto rodeándolo por el barranco.
Todos ocupan sus puestos y deben atenerse a “las leyes de la cacería”.
Los perros son presentados desde su individualidad bien definida y tratados como otros personajes cualesquiera.
Son los ladridos de estos animales, seguidos del grito de los cazadores, los que anuncian el avistamiento de la presa. Luego se oye el ronco cuerno de caza del montero mayor y un prolongado aullido, que confirman la presencia del lobo.
La jauría se divide en dos grupos para acorralarlo. Se produce la primera escaramuza de la que el lobo sale airoso.

“La fiera detuvo un instante su carrera. Volvió pesadamente, como si padeciese angina de pecho, su alargada cabeza hacia los perros y después, con el mismo balanceo, dio un salto, seguido de otro, y, moviendo la cola, desapareció en el bosque. Simultáneamente, con un aullido quejumbroso, surgieron uno, dos, tres perros, y toda la jauría corriendo a través del campo detrás de la bestia”.

El lobo ha burlado al conde y a sus acompañantes que se ganan de esta forma el desprecio de Danilo.
Esta victoria de la bestia enardece los ánimos.
En estas circunstancias, se produce el encuentro del lobo y Rostov.

“¿Los suelto o no los suelto?”, se preguntó Nikolái, mientras el lobo, ya fuera del bosque, avanzaba hacia él. De pronto la expresión de la bestia cambió del todo; dio un salto, como si por primera vez en su vida viera unos ojos humanos fijos en ella, y, volviendo ligeramente la cabeza hacia el cazador, se detuvo. “¿Atrás o adelante? ¡Bah! ¡Es lo mismo! ¡Adelante!”…pareció decirse, y, sin mirar, siguió avanzando a saltos tranquilos, seguros y decididos.
− ¡Hululu, hululu! –se desgañitó Nikolái; y su caballo por sí mismo se lanzó cuesta abajo y saltó unos charcos, tratando de cortar el camino del lobo”.

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Una vez que ha sido sumergido en ese mundo sensorial, el lector asiste a los preparativos de la partida.
Danilo, el montero mayor, informa a Nikólai Rostov de la localización de la manada de lobos.
Traen la jauría de perros. Un grupo de ojeadores se adelanta para explorar el terreno.
Los cazadores montan a caballo y parten en dirección al coto de Otrádnoie.

“Iban cincuenta y cuatro perros de rastreo, conducidos por seis monteros; detrás, con los amos, otros ocho monteros y cuarenta galgos, de manera que, contando las jaurías de los amos, salían para cazar unos ciento treinta perros y veinte jinetes”.

Y otra descripción que permite al lector participar del ambiente del día señalado.

“Los caballos iban por los campos como sobre una blanda alfombra, chapoteando a veces en los charcos al atravesar un camino. El cielo, encapotado, seguía descendiendo insensiblemente hacia la tierra. El aire tibio era apacible y silencioso. De vez en cuando se oía el silbido de un cazador, el relincho de algún caballo, un trallazo o el gañido de un perro que no iba en su sitio”.

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Este episodio, que se extiende a lo largo de los capítulos III, IV y V de la cuarta parte de Guerra y Paz, se inicia con una descripción otoñal en eficaces trazos, la cual incluye las notas de color necesarias para realzar el cuadro.

“Empezaban los primeros fríos. Las heladas matinales endurecían la tierra húmeda por las lluvias de otoño y los primeros brotes de las sementeras de invierno apuntaban ya con su verde intenso, destacándose entre los rastrojos amarillos de las siembras veraniegas, pisoteados por los animales, y las franjas rojizas del alforfón. Las copas de los árboles y los bosques, que a fines de agosto eran todavía islotes verdes en medio de los negros campos de cultivo, estaban ahora dorados y rojizos entre el verde de las sementeras de otoño. La liebre gris cambiaba el pelo; las crías de los zorros comenzaban a dispersarse por el campo y los lobos jóvenes eran ya más corpulentos que los perros”.

Tolstoi sigue profundizando en la descripción del día elegido para la partida de caza, el 15 de septiembre.

“El cielo parecía fundirse y descender a tierra; no soplaba viento. El único movimiento en el aire era el de la lenta caída de las microscópicas gotas de vapor o de niebla. De las ramas desnudas del jardín pendían unas gotas de agua transparentes que iban a caer sobre las hojas recién desprendidas. En la huerta, la tierra mojada y negra brillaba como la semilla de las amapolas y a cierta distancia se confundía con el velo deslucido y húmedo de la niebla. Nikólai salió al porche húmedo y con pisadas de barro. El aire olía a bosque marchito y a perros”.

Nota.- En esta entrada, encontrarás el artículo completo.

II
Una vez que ha sido sumergido en ese mundo sensorial, el lector asiste a los preparativos de la partida.
Danilo, el montero mayor, informa a Nikólai Rostov de la localización de la manada de lobos.
Traen la jauría de perros. Un grupo de ojeadores se adelanta para explorar el terreno.
Los cazadores montan a caballo y parten en dirección al coto de Otrádnoie.

“Iban cincuenta y cuatro perros de rastreo, conducidos por seis monteros; detrás, con los amos, otros ocho monteros y cuarenta galgos, de manera que, contando las jaurías de los amos, salían para cazar unos ciento treinta perros y veinte jinetes”.

Y otra descripción que permite al lector participar del ambiente del día señalado.

“Los caballos iban por los campos como sobre una blanda alfombra, chapoteando a veces en los charcos al atravesar un camino. El cielo, encapotado, seguía descendiendo insensiblemente hacia la tierra. El aire tibio era apacible y silencioso. De vez en cuando se oía el silbido de un cazador, el relincho de algún caballo, un trallazo o el gañido de un perro que no iba en su sitio”.

III
Poco más tarde, Rostov da las indicaciones para la caza. Él se dirige al coto rodeándolo por el barranco.
Todos ocupan sus puestos y deben atenerse a “las leyes de la cacería”.
Los perros son presentados desde su individualidad bien definida y tratados como otros personajes cualesquiera.
Son los ladridos de estos animales, seguidos del grito de los cazadores, los que anuncian el avistamiento de la presa. Luego se oye el ronco cuerno de caza del montero mayor y un prolongado aullido, que confirman la presencia del lobo.
La jauría se divide en dos grupos para acorralarlo. Se produce la primera escaramuza de la que el lobo sale airoso.

“La fiera detuvo un instante su carrera. Volvió pesadamente, como si padeciese angina de pecho, su alargada cabeza hacia los perros y después, con el mismo balanceo, dio un salto, seguido de otro, y, moviendo la cola, desapareció en el bosque. Simultáneamente, con un aullido quejumbroso, surgieron uno, dos, tres perros, y toda la jauría corriendo a través del campo detrás de la bestia”.

El lobo ha burlado al conde y a sus acompañantes que se ganan de esta forma el desprecio de Danilo.
Esta victoria de la bestia enardece los ánimos.
En estas circunstancias, se produce el encuentro del lobo y Rostov.

“¿Los suelto o no los suelto?”, se preguntó Nikolái, mientras el lobo, ya fuera del bosque, avanzaba hacia él. De pronto la expresión de la bestia cambió del todo; dio un salto, como si por primera vez en su vida viera unos ojos humanos fijos en ella, y, volviendo ligeramente la cabeza hacia el cazador, se detuvo. “¿Atrás o adelante? ¡Bah! ¡Es lo mismo! ¡Adelante!”…pareció decirse, y, sin mirar, siguió avanzando a saltos tranquilos, seguros y decididos.
− ¡Hululu, hululu! –se desgañitó Nikolái; y su caballo por sí mismo se lanzó cuesta abajo y saltó unos charcos, tratando de cortar el camino del lobo”.

IV
Se inicia el acoso de la fiera por parte de los perros que se lanzan veloces en su captura. Pero el viejo lobo infunde terror a sus perseguidores. La perra, que casi lo alcanza, detuvo en seco su carrera cuando la bestia la miró de reojo.
El segundo perro saltó sobre el lobo e incluso le clavó los dientes, pero también se asustó y se echó a un lado.
De esta forma, el lobo logró que la jauría fuera detrás de él pero perdiendo distancia.
Rostov se percata de que la fiera va a escapar. Le azuza entonces a Karai, que trata de cortarle el paso antes de que logre internarse en el bosque, en cuyo caso desaparecería. El perro, finalmente, le da alcance.

“El lobo rechinó desesperado los dientes (Karai ya no lo sujetaba del cuello); sacó las patas traseras y, con el rabo entre las piernas, se apartó nuevamente de los perros y siguió adelante. Karai, con la piel erizada, tal vez herido o maltratado, salió con trabajo de la charca”.

Un montonero y sus perros cortan la retirada al lobo, que se dirigía al bosque salvador, y lo cercan.
En esto, aparece Danilo que se aproxima siguiendo la línea del bosque para impedir la huida del lobo.

“Danilo galopaba en silencio con el puñal en la mano izquierda, fustigando sin duelo a su caballo.
Nikólai no lo vio ni oyó hasta que el caballo del montero pasó resoplando delante de él; entonces reparó en el ruido de un cuerpo que caía y vio a Danilo en medio de los perros, echado sobre el lobo, al que trataba de agarrar por las orejas. Tanto para los perros como para los cazadores y el lobo, era evidente que ahora todo estaba terminado. La bestia, asustada, con las orejas gachas, trataba de levantarse, pero los perros la tenían bien sujeta. Danilo se levantó, dio un paso y, como si se tumbase a descansar, se echó con todo su peso sobre el lobo y lo agarró por las orejas”.

V
La intención de Danilo no es matar al animal sino cogerlo vivo. Y eso es lo que hace metiéndole un palo en la boca, atándole las patas y volteándolo en el suelo.
Sobre un caballo asustado por esa carga, se llevaron al lobo viejo.
La fiera se convirtió en la gran atracción que todos querían ver e incluso tocar.

“El gran lobo viejo, con la cabeza caída de ancha testuz, el palo mordido en la boca, miraba a aquella muchedumbre de hombres y perros que lo rodeaba con grandes ojos vidriosos. Cuando alguien lo tocaba, sus patas atadas se estremecían: su mirada salvaje, y al mismo tiempo ingenua, seguía los movimientos de todos”.

Tolstoi resuelve la partida de caza en una serie de espléndidos cuadros que el lector visualiza como si, en lugar de estar leyendo, estuviera paseando por la sala de una pinacoteca consagrada a este lance cinegético.

Traducción del ruso por Lydia Kúper

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Todos los santos la vilipendian, y todos los hombres graves
Que se rigen por el justo medio del dios Apolo –
Despreciando a los cuales navegué en su busca
A lejanas regiones donde era más probable encontrar
A la que deseaba conocer más que todas las cosas,
La hermana del espejismo y del eco.

Era una virtud no detenerse,
Seguir mi obstinado y heroico camino
Buscando en el cráter del volcán,
Entre los témpanos de hielo, o donde se borraba la huella
Más allá de la caverna de los siete durmientes:
A aquella cuya frente ancha y alta era blanca como la del leproso,
Y sus ojos azules, y sus labios como bayas de fresno,
Y su cabello rizado del color de la miel hasta las blancas caderas.

La verde savia de la primavera que en el árbol joven se agita
Celebrará a la Madre de la Montaña,
Y todos los pájaros canoros la aclamarán un día,
Pero yo estoy dotado, inclusive en noviembre,
La más desapacible de las estaciones, con una sensación tan grande
De su claramente raída magnificencia
Que olvido la crueldad y la traición,
Indiferente a dónde puede caer el próximo rayo.

Robert Graves

Traducción de Luis Echávarri

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Las desdichas poéticas sobrevinieron cuando se quebraron las líneas matrilineales, a finales del periodo minoico. Por si fuera poca desgracia, llegaron luego los filósofos griegos con su implacable lógica y su intransigencia racional.
En el prólogo de La Diosa Blanca, Sócrates es objeto de un buen vapuleo, dado que fue él quien sometía todo al pensamiento científico. Además, desconfiaba profundamente de los poetas y rara vez ponía los pies en el campo. Sócrates era un urbanita convencido.
Pero el hijo de la comadrona Fenareta se llevó su merecido en vida al casarse con la malhumorada Jantipa, que tuvo fama de ser “la mujer más insoportable de Grecia”.
Poesía y naturaleza marchan a una. En nuestra época, en la que el divorcio entre ambas parece haberse consumado, se realizan intentos desesperados para volver a la primigenia armonía.
La verdad que, por boca del poeta inspirado, ilumina esta ciénaga en la que nos hundimos sin remedio, es el último baluarte que se mantiene en pie.
La verdad es el gran compromiso del poeta. Del poeta auténtico. Del de antes de la invasión de los bárbaros de Asia central, hace muchos siglos. Del poeta cuya entrega a su tarea es total y no de media jornada, o todavía menos, de fines de semana y periodos vacacionales.
Robert Graves, ejemplo de poeta consecuente, cita en las primeras páginas de su libro algunas de las preguntas enigmáticas a las que él encontró respuesta. Preguntas tales como: “¿Qué canción cantaban las sirenas?” o “¿Qué secreto estaba oculto en el Nudo Gordiano?”.
He aquí la cuestión que nosotros planteamos: ¿Le habrían gustado estos tiempos al eximio vate inglés?

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Un viernes por la tarde, Guzmán, de madre viuda, salió de su casa en Sevilla, donde vivía haciendo su santa voluntad, “cebado a torreznos, molletes y mantequillas y sopas de miel rosada, mirado y adorado más que hijo de mercader de Toledo”.

Aun así, decidió partir alentado por “el deseo de ver mundo”. Su destino era Italia. En San Lázaro, una ermita a la salida de la ciudad, pasa su primera noche en el poyo del portal.

Al día siguiente tiene el aprendiz de pícaro su primera malaventura en una venta, a la que  llegó cansado y sudoroso. Pero, sobre todo, muerto de hambre.
En la venta “no había sino sólo huevos. No tan malo si lo fueran: que a la bellaca de la ventera, con el mucho calor o que la zorra le matase la gallina, se quedaron empollados y por no perderlo todo los iba encajando con los otros buenos. No lo hizo así conmigo, que cuales ella me los dio, le pague Dios la buena obra”.

La ventera mezclaba los huevos buenos con los empollados y los servía a los clientes. Pero con Guzmán, por parecerle “un Juan de buen alma”, no se tomó esa molestia.

El muchacho, a quien ladraba el estómago, no hizo ascos al comistrajo a pesar de sentir entre los dientes  el crujido de los huesecillos de los polluelos, “que era hacerme como cosquillas en las encías”.

Guzmán siguió su camino sin poder quitarse de la cabeza el castañeteo de los huevos en la boca. Por desgracia, el malestar fue en aumento. Cuanto más se acordaba de la tortilla, del aceite negro “que parecía de suelos de candiles”, de la sartén pringosa y de la ventera de ojos legañosos, más se le revolvían las tripas.

La náusea subió de punto y, entre un rosario de eructos, arrojó íntegro el contenido de su estómago. Incluso creyó oír, en mitad de los jadeos y los trasudores de la vomitona, un piar de pollitos, seguramente felices por haber recobrado la libertad.

Sentado junto al vallado de unas viñas, reflexiona amargamente, arrepentido de su partida.

Guzmán sería vengado por mano de un par de bergantes, a los que la vieja “desdentada, boquisumida, hundidos los ojos, desgreñada y puerca” también trató de engañar. Los mozos le ajustaron las cuentas, dejándola “toda enharinada como barbo para frito”.

Guzmán de Alfarache (1599), Mateo Alemán

 

 

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Cuando recitaba a unos amigos fragmentos de Altazor, uno de ellos se moría de risa con versos tales como: “Aquí yace Carlota ojos marítimos / Se le rompió un satélite”. Pero apreciaban el ritmo y la fuerza de este poema metafísico, compuesto por un prefacio y siete cantos, que acaba en balbuceos e incoherencias.

Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?
¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa
Con la espada en la mano?
¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como el adorno de un dios?
¿Por qué un día sentiste el terror de ser?

(Del Canto I)

Sabemos (…)
Iluminar cipreses como faroles
Anidar faroles como alondras
Exhalar alondras como suspiros
Bordar suspiros como sedas
Derramar sedas como ríos
Tremolar un río como una bandera
Desplumar una bandera como un gallo
Apagar un gallo como un incendio

(Del Canto III)

Aquí yace Matías en su corazón dos escualos se batían
Aquí yace Marcelo mar y cielo en el mismo violoncelo
Aquí yace Susana cansada de pelear contra el olvido
Aquí yace Teresa ésa es la tierra que araron sus ojos hoy ocupada por su cuerpo
Aquí yace Angélica anclada en el puerto de sus brazos
Aquí yace Rosario río de rosas hasta el infinito

(Del Canto IV)

Ai aia aia
ia ia aia ui
Tralalí
Lali lalá
Aruaru
urulario
Lalilá
Rimbibolam lam lam
Uiaya zollonario

(Del Canto VII)

Vicente Huidobro, Altazor

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Ésta fue la respuesta que dio Sylvia Plath cuando le preguntaron por qué escribía. La única respuesta que puede dar quien se ve abocado a la literatura como tabla de salvación. Tabla que a la autora norteamericana, de exacerbada sensibilidad, no logró sostener tampoco.

¿Preguntas por qué me paso la vida escribiendo?
¿Y si me divierte hacerlo?
¿Si vale la pena?
¿Y, sobre todo, si es lucrativo?
Si no, ¿qué otra razón puede haber?

Escribo tan sólo
Porque hay una voz en mi interior
Que no se callará nunca.

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