
III
Mercedes se quitó las gafas de montura rojiza y las enseñó a sus amigos.
-Son preciosas –dijo Raquel.
-Y buenas –precisó Paco. Y, con visible incomodidad por parte de su mujer, añadió los siguientes detalles-: Son de diseño. De Jasper Conran. Están hechas de una aleación de titanio. Por eso no pesan nada. Han costado un dineral.
-Paco, por favor –protestó Mercedes.
-Se ve que no son unas gafas cualesquiera –dijo Nicolás.
Paco pidió a su mujer que hiciera una demostración de la flexibilidad y resistencia de las patillas, las cuales, en efecto, se doblaban sin partirse hasta un extremo increíble.
Mercedes se justificó. Las otras gafas estaban pasadas de moda. Uno de los cristales estaba rayado. La miopía le había aumentado ligeramente. Y concluyó:
-Me probé este modelo y me vi tan favorecida que, a pesar de lo caras que son, me dije: “¿Por qué no darme este gusto?”.
-Claro que sí –la respaldó Raquel.
En su casa, Nicolás contradiría a su mujer. No fue entonces cuando sonó el timbre del teléfono y todos volvieron la cabeza en dirección al aparato, sino más tarde.
-Tú estabas hablando de los envases de plástico.
-Es posible –admitió Raquel.
Nicolás retomó el tema que le interesaba:
-No he entendido esa historia de la frontera y el desierto.
Raquel siguió contando que, en otras ocasiones, su amiga no llegaba a una frontera sino a un umbral. Nadie la obligaba a traspasarlo. Pero ¿qué sentido tenía estar allí parada? Si había llegado ante ese escalón, no era para dar media vuelta.
Archive for the ‘Cuentos’ Category
Una mala racha (III)
Posted in Cuentos on noviembre 17, 2011| Leave a Comment »
Una mala racha (II)
Posted in Cuentos on noviembre 16, 2011| Leave a Comment »

II
Las pastas de Paco fueron celebradas también. Las había dispuesto ordenadamente en una fuente de borde dorado. Parecían galletitas en las que destacaban las bolitas arrugadas y negras de las uvas pasas.
Todos las probaron, alabando su buen sabor. Paco, innecesariamente, remachó que no tenían comparación con la tarta.
Utilizando la cucharilla con la que se había llevado a la boca una porción de nata, Raquel señaló las gafas de Mercedes y dijo:
-¿Las estás estrenando?
Nicolás comentaría más tarde a su mujer la extrañeza que le causó el hecho de dejar pasar el tiempo hablando de nimiedades en vez de abordar el verdadero motivo de la visita.
-¿El verdadero motivo? Era una visita de cortesía.
-¿La razón de que fuésemos a su casa no era la mala racha que está pasando?
Raquel, que era compañera de trabajo de Mercedes, le había contado a su marido lo decaída que veía a ésta.
Se habían producido tres fallecimientos en los últimos meses. El primero en morir había sido el padre de Mercedes. Poco después le sucedió su suegro. Y finalmente, un cuñado que llevaba mucho tiempo penando.
Esta última muerte, quizá por tratarse de la persona más joven, fue la que más afectó a Mercedes, a pesar de no tener mucho trato con su cuñado, que vivía en otra ciudad.
En el bar adonde iban a tomar café a media mañana, Mercedes confesó a Raquel que esta desgracia había sido como un empujón.
-¿Un empujón?
-Me siento llevada a un límite. A veces, cualquier insignificancia me impulsa en esa dirección. Me ocurre a menudo. Pero la muerte de mi cuñado ha sido un empujón.
Según explicó, al otro lado de esa frontera se extendía una llanura. Debido al exceso de luz que la bañaba, no podía dar más detalles. Tal vez se trataba de un desierto. No había árboles ni vegetación. De eso estaba segura. Y la idea de tener que cruzar ese erial la desazonaba.
Una mala racha (I)
Posted in Cuentos on noviembre 15, 2011| 2 Comments »

I
Raquel y Nicolás llegaron con un paquete en la mano, que tendieron a Mercedes.
-Pero ¿qué es esto? ¿Por qué os habéis molestado? Paco ha hecho unas pastas en el microondas.
Los recién llegados sabían que el marido de Mercedes era un cocinero notable. Pero ambos ignoraban que fuera también repostero. Desde la cocina, Paco, que se estaba enterando de la conversación, gritó:
-Es la primera vez que hago estas pastas. Espero que estén buenas –y añadió como para sí-: Tienen buena pinta.
Mercedes invitó a sus amigos a pasar al salón. Frente al televisor de plasma, había un sofá de piel en el que se acomodaron. Sobre la mesa baja, la anfitriona había extendido un mantel. Ahí puso el paquete envuelto en el papel de una conocida pastelería sevillana.
Al momento apareció Paco con las tazas, la cafetera, una jarrita de leche caliente, el azucarero, las cucharillas y las servilletas en una bandeja. Al ver el paquete, se quedó parado con su carga y dijo:
-¿No vais a abrirlo?
-Te estamos esperando –dijo Nicolás.
Raquel deshizo el lazo azul satinado y, con gestos comedidos, fue desdoblando el papel y dejando al descubierto una tarta Saint Honoré que causó cierta consternación a Mercedes, y que fue aplaudida por Paco.
-¿Por qué os habéis molestado? –repitió Mercedes- No era necesario.
La mirada de Paco parecía imantada por el cerco de profiteroles recubiertos de caramelo, en cuyo interior se alojaba la nata montada. Con dramático desaliento, confesó:
-Voy a hacer el ridículo con mis pastas.
Los otros protestaron y lo instaron a que no se demorase, pues estaban deseando probarlas.
Mientras Paco volvía a la cocina, Raquel explicó que era consciente de que esta tarta era más apropiada para festejar un cumpleaños que para tomar un café con leche en casa de unos amigos. Pero guardaba tan buen recuerdo de la que comieron en su reciente viaje a París, que no resistió la tentación de comprar una.
Y que conste, añadió, que ésta no era su idea. Fue en la pastelería, a la vista de esa exquisitez, cuando cambió de opinión.
Nota.-En esta entrada puedes leer el relato completo.
II
Las pastas de Paco fueron celebradas también. Las había dispuesto ordenadamente en una fuente de borde dorado. Parecían galletitas en las que destacaban las bolitas arrugadas y negras de las uvas pasas.
Todos las probaron, alabando su buen sabor. Paco, innecesariamente, remachó que no tenían comparación con la tarta.
Utilizando la cucharilla con la que se había llevado a la boca una porción de nata, Raquel señaló las gafas de Mercedes y dijo:
-¿Las estás estrenando?
Nicolás comentaría más tarde a su mujer la extrañeza que le causó el hecho de dejar pasar el tiempo hablando de nimiedades en vez de abordar el verdadero motivo de la visita.
-¿El verdadero motivo? Era una visita de cortesía.
-¿La razón de que fuésemos a su casa no era la mala racha que está pasando?
Raquel, que era compañera de trabajo de Mercedes, le había contado a su marido lo decaída que veía a ésta.
Se habían producido tres fallecimientos en los últimos meses. El primero en morir había sido el padre de Mercedes. Poco después le sucedió su suegro. Y finalmente, un cuñado que llevaba mucho tiempo penando.
Esta última muerte, quizá por tratarse de la persona más joven, fue la que más afectó a Mercedes, a pesar de no tener mucho trato con su cuñado, que vivía en otra ciudad.
En el bar adonde iban a tomar café a media mañana, Mercedes confesó a Raquel que esta desgracia había sido como un empujón.
-¿Un empujón?
-Me siento llevada a un límite. A veces, cualquier insignificancia me impulsa en esa dirección. Me ocurre a menudo. Pero la muerte de mi cuñado ha sido un empujón.
Según explicó, al otro lado de esa frontera se extendía una llanura. Debido al exceso de luz que la bañaba, no podía dar más detalles. Tal vez se trataba de un desierto. No había árboles ni vegetación. De eso estaba segura. Y la idea de tener que cruzar ese erial la desazonaba.
III
Mercedes se quitó las gafas de montura rojiza y las enseñó a sus amigos.
-Son preciosas –dijo Raquel.
-Y buenas –precisó Paco. Y, con visible incomodidad por parte de su mujer, añadió los siguientes detalles-: Son de diseño. De Jasper Conran. Están hechas de una aleación de titanio. Por eso no pesan nada. Han costado un dineral.
-Paco, por favor –protestó Mercedes.
-Se ve que no son unas gafas cualesquiera –dijo Nicolás.
Paco pidió a su mujer que hiciera una demostración de la flexibilidad y resistencia de las patillas, las cuales, en efecto, se doblaban sin partirse hasta un extremo increíble.
Mercedes se justificó. Las otras gafas estaban pasadas de moda. Uno de los cristales estaba rayado. La miopía le había aumentado ligeramente. Y concluyó:
-Me probé este modelo y me vi tan favorecida que, a pesar de lo caras que son, me dije: “¿Por qué no darme este gusto?”.
-Claro que sí –la respaldó Raquel.
En su casa, Nicolás contradiría a su mujer. No fue entonces cuando sonó el timbre del teléfono y todos volvieron la cabeza en dirección al aparato, sino más tarde.
-Tú estabas hablando de los envases de plástico.
-Es posible –admitió Raquel.
Nicolás retomó el tema que le interesaba:
-No he entendido esa historia de la frontera y el desierto.
Raquel siguió contando que, en otras ocasiones, su amiga no llegaba a una frontera sino a un umbral. Nadie la obligaba a traspasarlo. Pero ¿qué sentido tenía estar allí parada? Si había llegado ante ese escalón, no era para dar media vuelta.
IV
Una vez Mercedes comentó a su marido que se sentía incapaz de trasponer ese umbral. La perspectiva de adentrarse en un desierto la atemorizaba.
-¿Y para qué tienes que cruzar ese desierto?
Mercedes calló. Sólo sabía que era algo que debía hacer.
Paco, dando a entender que ese asunto carecía de importancia, se encogió de hombros.
A Mercedes le resultaba más fácil sincerarse con Raquel. Ésta escuchaba sus divagaciones, las tomaba en serio. Pensó que había sido un error contar a Paco esa historia de puertas que hay que franquear y páramos que hay que atravesar.
No estaba perdiendo el sentido de la realidad. Tampoco le había dado por fantasear. Tenía los pies en la tierra. ¿Qué estaba rebullendo en su interior?
Junto a la tarta había un mechero de plástico, cuyo dueño era Paco, el único fumador del grupo. Raquel, que tenía declarada la guerra a dicho material, declaró que el uso de esa clase de objetos debería tipificarse como delito.
Cuando fue a exponer sus argumentos, sonó el teléfono y todos volvieron la cabeza hacia el aparato, que estaba en una mesita supletoria con enaguas, a un lado del sofá.
Se escucharon varias llamadas antes de que Paco se levantase del sillón y lo descolgase.
En el salón se hizo el silencio. Las mujeres se mantenían erguidas en sus asientos. Nicolás se recostó en el almohadón del respaldo.
Tras oír unos instantes, Paco se dio media vuelta y se puso de espaldas a los demás. Paco era de constitución fuerte, cargado de hombros. Estuvo un rato con el auricular pegado a la oreja. Sin decir nada. Al menos ninguna frase larga.
Luego colgó el teléfono con cuidado, como si fuera de cristal y pudiera romperse si procedía con brusquedad.
Mercedes esperó a que su marido acabara de realizar esa delicada operación antes de preguntar con una nota discordante en la voz:
-¿Qué pasa, Paco?
-No te va a gustar. Es una mala noticia.
Y como si esto fuera todo lo que tenía que comunicar, Paco se dirigió a la puerta del salón.
-¿No me lo vas a decir? ¿Adónde vas? Me estoy poniendo nerviosa.
La taza de café con leche que tenía en la mano, empezó a bailar.
V
Raquel se apresuró a coger la taza de Mercedes y ponerla en la mesa.
A continuación se levantaron los tres. Mercedes volvió a preguntar:
-Entonces ¿no me lo vas a decir? –y salió detrás de su marido.
Raquel y Nicolás permanecieron de pie delante del sofá.
Más tarde, en su propio salón, Raquel siguió contando a su marido las divagaciones de Mercedes.
-En otra ocasión me habló de un documental sobre poblados africanos que le produjo una fuerte impresión. Las chozas eran de adobe y paja, y estaban distribuidas en círculos. Los efectos del soplo caliente del viento y de las ráfagas de polvo eran patentes. Y sobre todo los de la sequedad.
-¿Y qué?
-Entonces se hizo una pregunta que la angustió: “¿Cómo puede vivir alguien en esas condiciones?”.
-Vaya –apuntó irónicamente Nicolás-, la correcta conciencia de una señora repantigada en un sillón, ante un televisor de pantalla plana, sufrió un ataque de desolación.
-No es eso.
Paco estaba en el cuarto de baño. Cuando Mercedes llegó, se echaba agua en la cara y en el cuello. Se mojaba la camisa y el jersey, pero no parecía darse cuenta.
Mercedes regresó al salón tiritando, como si tuviese frío o fiebre. Se sentó con las piernas juntas y empezó a balancearse. Luego dijo:
-¡Qué merienda os estamos dando!
Y prosiguió:
-Con la tarta tan buena que habéis traído. A mí se me han quitado las ganas. Comed vosotros.
-Por favor –replicó Raquel-, ¡qué importa la tarta!
VI
Se derrumbaba y no podía hacer nada por impedirlo.
Sintió un amago de náusea que achacó al vaho acaramelado de la tarta de Saint Honoré.
La necesidad de crear un espacio interior ajeno a las contingencias emergió con más fuerza.
Era un pensamiento ridículo, se dijo. Ella era una mujer de su tiempo. Incluso, en algunos aspectos, una adelantada.
Aunque la actitud de su marido la irritase, su displicencia era comprensible. Con las diferencias propias de cada personalidad, ésa habría sido también la reacción que ella habría tenido en circunstancias similares.
¿Por qué se preguntaba si había un reino interior? ¿Para alcanzarlo tenía que traspasar esa raya tras la que se extendía un páramo?
¿Pero cómo se llegaba a un lugar que sólo existía en su imaginación? ¿Que sólo era el producto de su deseo?
Visualizó una cebolla de tantas capas que el corazón del bulbo era inaccesible. Luego, sin solución de continuidad, un juego de cajas chinas, en el que siempre había una embutida en otra.
¿No había eliminado de su vida el absurdo y la sordidez? Su pulcro salón era la prueba. Si acaso, se dijo tras echar una ojeada, habría un poco de polvo en las estanterías. Tal vez alguna pelusa debajo del sofá. Nada que se pudiera detectar a simple vista.
Pensó en ventanas tapiadas, en candiles cuya reserva de aceite se había agotado, en estrellas extintas.
Tenía que traspasar ese umbral.
Mercedes seguía balanceándose en el sillón. Raquel y Nicolás la contemplaban en silencio.
Tenía calzados los pies con unas flexibles zapatillas de cuero granate. Cuando detuvo su vaivén, se quedó mirándolos.
Los tenía tan fríos que habían perdido la sensibilidad. Era como si se los hubiesen amputado. Ahora no podía andar. Ni siquiera ponerse en pie porque caería redonda.

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Mi abuela (y II)
Posted in Cuentos, Una apariencia de normalidad, tagged calle Tejano, los Albercones on junio 15, 2011| 2 Comments »

II
Durante un rato, sin preguntarme nada, contemplo ese cuerno de la abundancia. Quizás debiera recogerlo todo y llevar el carro a casa. Puede venir un perro, pienso mientras miro los alimentos sin mover un dedo.
Un rumor, cada vez más intenso, me saca de mis cavilaciones. Me recuerda el lejano fragor de un trueno. Vuelvo la cabeza a un lado y a otro. Las calles siguen desiertas. El ruido, sin embargo, va en aumento. Ahora me recuerda el de una estampida de animales. Instintivamente me acerco a la pared. Luego subo al umbral de la casa de Teresita Matute.
La calle Tejano es ancha y no demasiado larga. Su tramo final se estrecha y desemboca en las afueras del pueblo, cerca de Los Albercones. Por ahí la veo venir.
Comprendo de inmediato lo que está pasando.
Mi abuela va la primera. Detrás de ella, los hilandarios forman un río tumultuoso, un monstruo de incontables cabezas y extremidades.
Mi abuela ha vuelto a liarla. Cada vez que esto ocurre, se organiza un guirigay espantoso. Unos quieren ayudar, otros divertirse. El caso es que en la persecución participan casi todos los habitantes del pueblo.
A pesar de sus años, mi abuela se conserva ágil y corre como un gamo. Cuando les saca ventaja, la mantiene durante mucho tiempo, de modo que numerosos vecinos, con la lengua fuera y fuertes dolores en el costado, se ven obligados a tirar la toalla.
Atrapar a mi abuela, ignoro por qué motivo, es un honor que todos ansían alcanzar.
A su paso, esa masa humana destrozó el carro de la compra y despachurró los alimentos. Mi abuela había esquivado esos obstáculos.
Su respiración era regular y su determinación inquebrantable. Me emocioné y me entraron ganas de mostrarle mi apoyo, pero soy un sosaina y me limité a mirar.

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Mi abuela (I)
Posted in Cuentos, Una apariencia de normalidad, tagged Las Hilandarias, señales, Teresita Matute on junio 14, 2011| 2 Comments »
I
Hay señales de un significado tan palmario que hasta un párvulo las interpretaría correctamente. Señales que acaparan tu atención obligándote a hacerte cargo de lo que con tanta vehemencia pregonan.
En Las Hilandarias menudean estos anuncios. Para mí tengo que son más frecuentes que en otros lugares. Tal vez forman parte del folclore local.
Un silencio plúmbeo, en paradójico contraste con el límpido azul del cielo, los precede. ¿Cómo pueden ocurrir hechos aciagos bajo un cielo tan espléndido?
No se escucha ni el ladrido de un perro, ni el improperio de una comadre deslenguada, ni el ruido de una persiana agitada por el viento.
Caminar por Las Hilandarias envuelto en este silencio sepulcral es una experiencia que pone los pelos de punta.
No se ve a nadie. No me cruzo con nadie. Las Hilandarias, por arte de birlibirloque, se ha convertido en un pueblo fantasma. Convencido de que sobre él planea una desgracia, sigo andando.
Al doblar la esquina de Teresita Matute, tirado en mitad de la calle, descubro el carro de la compra de mi madre. Regresaba a casa, pero, por alguna razón, lo abandonó en plena vía pública.
Ni siquiera se tomó la molestia de dejarlo pegado a la pared o en casa de una vecina (en Las Hilandarias nos conocemos todos).
El contenido del carro está desparramado en el suelo. Los tomates y las naranjas son los que han rodado más lejos. Las cebollas, que forman parte también de esta avanzadilla hortofrutícola, se han quedado rezagadas.
Atrás hay cabezas de ajo mezcladas con pimientos verdes. Un puñado de habichuelas rodea a un trozo de calabaza. Más allá una lechuga atada con un filamento de palmito y una coliflor están la una al lado de la otra.
En la misma boca del carro se encuentran los envoltorios entreabiertos con los avíos del cocido: la carne, la morcilla y el tocino. Dentro, pero visible desde el exterior, hay un pan dorado con acanaladuras.
II
Durante un rato, sin preguntarme nada, contemplo ese cuerno de la abundancia. Quizás debiera recogerlo todo y llevar el carro a casa. Puede venir un perro, pienso mientras miro los alimentos sin mover un dedo.
Un rumor, cada vez más intenso, me saca de mis cavilaciones. Me recuerda el lejano fragor de un trueno. Vuelvo la cabeza a un lado y a otro. Las calles siguen desiertas. El ruido, sin embargo, va en aumento. Ahora me recuerda el de una estampida de animales. Instintivamente me acerco a la pared. Luego subo al umbral de la casa de Teresita Matute.
La calle Tejano es ancha y no demasiado larga. Su tramo final se estrecha y desemboca en las afueras del pueblo, cerca de Los Albercones. Por ahí la veo venir.
Comprendo de inmediato lo que está pasando.
Mi abuela va la primera. Detrás de ella, los hilandarios forman un río tumultuoso, un monstruo de incontables cabezas y extremidades.
Mi abuela ha vuelto a liarla. Cada vez que esto ocurre, se organiza un guirigay espantoso. Unos quieren ayudar, otros divertirse. El caso es que en la persecución participan casi todos los habitantes del pueblo.
A pesar de sus años, mi abuela se conserva ágil y corre como un gamo. Cuando les saca ventaja, la mantiene durante mucho tiempo, de modo que numerosos vecinos, con la lengua fuera y fuertes dolores en el costado, se ven obligados a tirar la toalla.
Atrapar a mi abuela, ignoro por qué motivo, es un honor que todos ansían alcanzar.
A su paso, esa masa humana destrozó el carro de la compra y despachurró los alimentos. Mi abuela había esquivado esos obstáculos.
Su respiración era regular y su determinación inquebrantable. Me emocioné y me entraron ganas de mostrarle mi apoyo, pero soy un sosaina y me limité a mirar.

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Un cuento cruel
Posted in Cuentos, Una apariencia de normalidad, tagged gorriones, limonero, nidos, patio on junio 1, 2011| 8 Comments »

En la casa materna había un limonero punteado de hermosos frutos amarillos, donde bullía una legión de gorriones en las largas tardes de verano.
El árbol ocupaba un puesto de honor en el primer patio, el de los fragantes arriates de hierbabuena, el de las macetas de colios y cintas pulcramente alineadas, el del jazmín y las arreboleras, el de la vinca de pétalos blancos o rosas, llamada por estos pagos la flor del príncipe.
Un día descubrí atónito que los gorriones habían anidado en el alcorque del limonero. Entre los largos y flexibles tallos del corre-que-te-pillo, había varios nidos con polluelos de picos amarillos, que tenían abiertos de par en par, como si estuviesen esperando el maná del cielo.
Sus desmedrados cuerpecillos, con la cabeza apuntando hacia arriba, estaban propulsados por un rítmico movimiento de sube y baja que recordaba la sístole y la diástole del corazón.
Me quedé clavado en el suelo, contemplando a esas criaturas cubiertas a medias por una pelusa grisácea.
Mostraban una actitud exigente que no era de mi agrado. ¿Cómo unos seres tan pequeños y torpes, que agitaban patéticamente los muñones de sus alas, incapaces de revolotear o desplazarse, se atrevían a reclamar nada?
Un impulso cobró forma dentro de mí. Sería tan fácil cerrarles el pico, me dije mirando la manguera.
Su proceder inadecuado merecía un escarmiento. La idea de aplicarles un correctivo se impuso por sí sola.
Mientras más miraba a esos gurriatos bajo cuya piel se señalaban los huesecillos, menos me gustaban. Quizá la sencilla solución sería dejar de mirarlos.
Pero no puedo. Me tienen fascinado.
Un pensamiento surge en mi cabeza como la explicación definitiva a tanta desfachatez: se creen con derecho a la vida.
Y yo sigo allí, convertido en estatua de sal, sintiendo cómo se intensifica el impulso.
¿Qué pasaría si enchufase la manguera? Nadie se enteraría.
Esa tentación me produce embriaguez. No obstante, algo me impide perpetrar la escabechina. Quizá la resistencia a tener que recoger los pequeños cadáveres y tirarlos en un rincón apartado.
¿Qué hacer entonces?
Ya lo tengo: meterlos en cajas de cartón con las tapaderas agujereadas para que puedan respirar.
Serán mis prisioneros. Por mucho que se desgañiten piando, les daré de comer y beber una vez al día. Eso es suficiente, según he oído decir a las personas mayores.
Y que se den por contentos porque les estoy perdonando la vida.

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La torre (y V)
Posted in Cuentos, tagged "genius loci", bosque, halcón on mayo 14, 2011| Leave a Comment »
5
El viejo de pelo blanco se acercó a la ventana y apoyó las manos en el alféizar.
En latín, pausadamente, me dio las instrucciones.
Me dijo que buscara una piedra votiva, en cuya elección debía poner sumo cuidado.
Tras su limpieza, procedería a su ofrenda al “genius loci”.
Mientras caigo de nuevo, hacia arriba o hacia abajo, no lo sé, y la oscuridad se espesa a mi alrededor, oigo una voz que entona una antigua canción.
Un halcón me llevó consigo
Me subió más allá de las nubes
A las mismas puertas del cielo
Un halcón me llevó consigo
Me subió más allá de la luna
A los mismos pies de las estrellas
Un halcón majestuoso
A mi paso por el bosque
La torre (IV)
Posted in Cuentos on mayo 13, 2011| 2 Comments »

4
Con la cara llena de gotitas de sudor, yace el hombre vencido por la enfermedad. Sus fuerzas, como soldados de un ejército en retirada, lo abandonan, dejándolo a merced del enemigo.
Nadie podrá decir que no ha luchado valerosamente, pero su extremada palidez es un signo inequívoco del cariz que han tomado los acontecimientos.
En su lecho historiado, apenas puede mantener la cabeza derecha sobre los almohadones que han colocado a sus espaldas.
Por el aposento han desfilado médicos, curanderos, apoticarios, monjes cantores, rezadoras y herbolarios. Incluso una vez trajeron a una loca que echaba espuma por la boca y ponía los ojos en blanco.
Por último, vino un nigromante. Afirmó que él podía curar o, al menos, aliviar al doliente.
Con las manos abiertas y gesto ceñudo, realizó unos pases mágicos sobre el cuerpo del hombre que, debilitado como estaba, no se opuso.
¿Acaso su mal se podía erradicar con triquiñuelas de feria?
En la penumbra reinante, los muebles y las personas se asemejaban a las piezas de un ajedrez y la habitación al tablero donde se decidía la partida.

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La torre (III)
Posted in Cuentos, tagged ángeles, caballeros, poeta, Sarras on mayo 12, 2011| Leave a Comment »

3
Un caballero rememora su embarco rumbo a Sarras. Luego habla de la integridad y del valor. A veces se expresa en un lenguaje simbólico o recurre a complicadas metáforas, que dificultan la comprensión de su discurso.
Cuando aluden a una rosa única en un jardín cerrado, sus palabras se nimban de misterio y adquieren significaciones contradictorias.
Más abajo, sobre un fondo de pan de oro, un nutrido grupo de personas ataviadas de verde, entre las que hay cuatro vestidas de blanco y tres de carmesí, participa en una reunión que preside, desde su alto sitial, un mitrado.
El cónclave desaparece pronto de mi vista.
En la estancia siguiente predomina el añil.
De hinojos, un poeta ensalza a su amada. Los oyentes, acomodados en los pétalos de una flor, no parecen interesados en el panegírico. En lugar de concentrase en las morosas matizaciones de un asunto tan complejo como las vicisitudes amorosas, parlotean animadamente entre sí.
Sólo tres bienaventurados con túnicas anaranjadas escuchan con la debida atención.
Flotando en una esquina, varios ángeles de alas níveas, gentilmente arrodillados y con las manos juntas, contemplan al poeta de ropaje y tocado azules, que expone su fervor y desgrana sus cuitas en primorosas variaciones.
La torre (II)
Posted in Cuentos, tagged armadura, caballeros, Camelot, vaso on mayo 11, 2011| Leave a Comment »

2
Sentados a una mesa desnuda, los dos caballeros hablan sosegadamente de la búsqueda que han emprendido. Comprometidos en cuerpo y alma, esa tarea es su comida y su bebida.
Recuerdan la partida de Camelot y las pruebas que han superado.
Uno de ellos no se ha quitado la armadura. Tan sólo ha levantado la visera del yelmo. Es quien tiene la palabra.
El otro escucha con atención y asiente. Su lanza y su espada están apoyadas en la pared.
Pronto, esta escena es sustituida por las piedras negras y mojadas de la torre, por la oscuridad circundante, por el vértigo de la caída.
Sentados a una mesa cubierta por un blanco mantel, en la que hay dispuestas bandejas de frutas, tres caballeros con cotas de malla guardan silencio.
Uno de ellos sostiene, en alto, una copa.
Entremezcladas con las manzanas y las peras, hay nueces y almendras.
Los paladines están absortos, como esperando un prodigio o una señal.
En el momento en que era arrastrado hacia arriba, creí ver a un hombrecillo ensangrentado emergiendo de la copa.
