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Archive for the ‘Fotos’ Category

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La vida, ya se sabe,
nos da lo que nos da.
Nos trata mal que bien,
sin muchos miramientos.
Con frecuencia nos deja
un regusto agridulce.
Un sabor muy difícil
de poner en palabras.

Cuanto más le buscamos
a esta loca charada
algún significado,
más parece gustarle
mofarse de nosotros,
de ese inútil empeño.

 

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Lo que tengas que decir, dilo directamente, sin jugar a responsabilizarme, a pillarme en falta, a dejarme en evidencia por algo que he hecho o he dejado de hacer. Sin buscarle tres pies al gato. Sin circunloquios. Sin reticencia.
Esa estrategia de culpabilizar es un pésimo recurso.
Seguramente se trata de un automatismo, de una grabación introyectada en la primera infancia que salta sola.
Tengo, según creo, suficientemente asumidas mis obligaciones. Tengo defectos y olvidos. Pero no tengo una conciencia deliberada de escaqueo o de inhibición.
Por eso no me gustan esas actuaciones sesgadas cuyo objetivo es mostrar o demostrar que no estoy a la altura de las circunstancias.
Te ruego que no me busques las cosquillas, que no conviertas cualquier asunto en una cuestión de honor o, todavía peor, en una cuestión de poder. Te ruego que no te enzarces en una discusión por una bagatela.
Esa es la forma más eficaz de destapar la caja de los truenos o, cuando menos, la de las mezquindades y los rencores.
Este proceso trae de reata el malestar y los reproches a uno mismo por haberse dejado arrastrar a otra trifulca, por no haberla cortado a tiempo, por no haber sido capaz de mantenerse en su sitio.

-o-

Ricardo calló y se quedó mirando la estructura móvil que colgaba del techo. Bastaba que alguien pasase a su lado para que las plumas de colores se estremeciesen y las varillas metálicas resonasen. Según Raquel, era una escultura muy receptiva. Quizás por esa razón, él se había puesto a darle unas explicaciones que no le estaban destinadas.

 

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Higuera (II)

 

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Sus recuerdos estaban tan difuminados que era incapaz de reconstruir los rasgos de la cara, de pintar el color de los ojos y del pelo, de precisar el timbre de la voz.
El abandono prematuro había condicionado el conjunto de sus posteriores relaciones con los demás.
Tan pronto como su pareja de turno le manifestaba su deseo de tener un hijo, él empezaba a replegarse.
La insinuación de la chica removía el cieno de esa vieja historia de ausencia, nunca superada, vivida por él como un injusto destierro.
Al principio se escapaba por la tangente, pero tarde o temprano llegaba el fatídico momento de dar la cara. Su respuesta era invariablemente negativa.
Su problema contaba también. Dejando a un lado su introversión, su falta de confianza, su inexpugnable reserva, él sufría crisis a las que gráficamente denominaba cortocircuitos.
Estos fallos lo desconectaban de la realidad. Según uno de los médicos consultados se trataba de una “disfunción psíquica” que no revestía gravedad, y que estaba relacionada con su tendencia a la ensoñación.
La semana pasada, en casa de su última ex novia, se repitió como una maldición la escena final de este drama.
Ella le había ofrecido una copa de un licor con sabor a violetas. En la etiqueta de la botella se leía “Parfait Amour”. Él fue consciente de lo que se avecinaba.
La empalagosa bebida no tardó en convertirse en jalea de gasolina, que inflamó los ánimos y provocó una explosión de reproches, acusaciones, gritos y gestos de abatimiento.
Se volvió a preguntar si, al principio, antes de que su padre desapareciera, hubo amor. La respuesta fue afirmativa. Un gran amor frustrado que lo inhabilitaba para asumir la paternidad.

 

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El ídolo

Entrada la noche, siento la llamada imperiosa y me adentro en esas calles oscuras y torcidas.
¿Mi alma no aprecia la belleza del mundo, no se contenta con ella y por eso desciende al antro en el que se rinde culto al ídolo?
Mientras me pierdo por esos andurriales, me hago esa pregunta.
Quiero desvelar el secreto de mi fascinación por el ídolo ante el que, a pesar de mis rebeliones y mis propósitos de enmienda, acabo postrándome.
Esa imagen merece que la destruyan, y que luego esparzan los pedazos por los cuatro puntos cardinales para que nadie pueda recomponerla y ofrecerla a la adoración, para que nadie pueda entregarse a esos ritos, de los que se regresa mustio y cabizbajo.
¿Cuántas veces, a la vuelta, me he preguntado por qué no me sacudo ese yugo y me convierto en un hombre libre, por qué no dejo de ser un despreciable idólatra?
Pero soy consciente de que carezco de fuerza para tomar y, sobre todo, mantener esa decisión.
Alguna vez me he plantado y no he ido. Pero ese arrebato es la rabieta de un niño que acaba cediendo.
El ídolo ejerce su tiranía sin aspavientos ni alboroto. En sus toscas facciones de gran manitú se lee la certeza de quien se sabe dueño de los círculos viciosos por los que vagan sus fieles, a los que contempla indiferente desde su hornacina en penumbra. La certeza de quien sabe que ellos por sí solos no serán capaces de salir del laberinto.
También yo lo creo. Sólo un acontecimiento imprevisto, una intervención providencial, un desastre, pueden imprimir un giro a esta situación y hacer que prevalezcan los beneficios del aire, del sol y de la lluvia.

 

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