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Osuna

 

 

 

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6
A ratos me parece
que vivo de prestado
que soy como un espectro
deambulando entre espectros
que no tengo sustancia
y declaro quejoso
a ella se lo debo
a ella a su influencia

Y luego me arrepiento
de tales arrebatos
y me digo turbado
cómo pude dudar

 

 

 

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                                  X
Su campo de operaciones se situaba del lado de las canteras de granito. Era un terreno accidentado y peligroso a causa de los numerosos tajos y de las explosiones de barrenos con que cuarteaban las rocas.
Pero era también el sitio idóneo por la gran cantidad de materiales que había, y por las innumerables torrenteras que lo surcaban en todas las direcciones.
Era tan grande su afición que no interrumpían el acarreo de piedras, tierra y arenisca aunque empezara a llover, de forma que más de una vez se habían puesto como una sopa por no marcharse antes de dar los últimos toques a la presa. Pero era más importante abrir una compuerta en mitad del dique por donde pudieran pasar las aguas del arroyo, que se incrementarían con este chaparrón y con los que cayesen a lo largo de la noche.
Eran además conscientes de que cualquier medida que tomasen, incluso si escampaba, no garantizaba la preservación de las obras. Pero no sólo la eficacia los movía sino también la estética.
Al día siguiente, casi con toda seguridad, por efecto de los embates de la corriente, o por el de un desaprensivo que había plantado su bota encima, el muro se ofrecía a sus ojos en un lamentable estado de conservación.

 

 

 

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                                 IX
Elegir el terreno adecuado era el primer paso que debían dar quienes querían poner a prueba sus dotes de constructores. No era éste un asunto baladí. El éxito de la empresa dependía en gran medida de la vista que tuviesen al decidirse por tal o cual paraje.
En invierno, otoño o primavera, después de una lluvia abundante, era el momento ideal para, quiérase o no, embarrarse y mojarse.
Mengano, sin que sepa explicar por qué, asocia esta actividad con la estación invernal y no con las otras. El agua fría, la noche que se les echaba encima sin haber tenido tiempo de finalizar las obras, la promesa de volver al día siguiente tan pronto como pudieran para seguir trabajando duro, a menudo para empezar de nuevo, pues, durante su ausencia, la corriente había provocado deterioros importantes o destruido el dique.
Éstos eran los fragmentos del puzle que, una vez recompuestos, mostraban a tres o cuatro chavales en cuclillas a ambos lados de un arroyo, enfrascados en la tarea de represarlo, el conjunto iluminado por la diáfana luz de enero.
Mengano, que, como el niño zangolotino y alguno más, no sólo carecía de espíritu competitivo, sino que tal actitud ante la vida le repugnaba, entre nostálgico y complacido, refería que formaron un grupo al que servía de aglutinante el niño regordete de sempiterna sonrisa.
Tras dar esquinazo a los otros, sin el agobio de las prisas ni de los desafíos, se entregaban a su actividad favorita.
Era entonces cuando le había sido posible descubrir y contemplar a un niño que los sobrepasaba en iniciativa e ideas, razón por la que llevaba la voz cantante. Como la autoridad de que se veía investido dimanaba de sus superiores cualidades como constructor, los otros la acataban con naturalidad.
Nada más lejos de una imposición o del arbitrario ejercicio de un liderazgo que las joviales observaciones con que el zangolotino les indicaba una solución más eficaz para resolver tal o cual dificultad técnica que la propuesta por cualquiera de ellos.

 

 

 

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Paisaje (XVI)

 

 

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5
La vida quiero darte
y acudo con espuertas
repletas de metáforas
hago acopio de símbolos
de antítesis retruécanos
recorro el diccionario
con el miedo en el cuerpo
anoto en un cuaderno
sonidos armoniosos
versifico declamo
improviso estribillos
alegres como crótalos
impreco gongorizo

Y me pierdo en la fronda
de lugares comunes
de tópicos tiznosos
de gazapos de ripios

Y retoco corrijo
tiro a la papelera
disculpa mi torpeza
mi gran atrevimiento

 

 

 

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Aceitunas de verdeo

 

 

 

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                             VIII
Aunque ciertamente ningún bando lo quería en sus filas cuando jugaban a marro, el que se veía en el brete de incorporarlo no se arrepentía.
El zangolotino, dada su complexión, era presa fácil para un corredor mediano, pero su falta de agilidad y rapidez la suplía con su euforia que contagiaba a los miembros de su equipo haciéndolos redoblar sus esfuerzos y realizar increíbles hazañas, así como también con una notable perspicacia a la hora de planear jugadas.
Posteriormente nadie le reconocía sus méritos, lo cual no parecía importarle demasiado. Con su sonrisa bobalicona escuchaba los comentarios sin que se le pasara por la cabeza reivindicar su aportación que otro se apropiaba, que era minimizada por las proezas físicas con que otros chavales se cubrían de gloria, o que quedaba diluida en el contexto general del encuentro.
Pero donde brillaba su ingenio era en la construcción de represas y en todas las actividades que implicaran habilidad manual.
Mengano que no comparte en absoluto la opinión de fulano respecto a este niño de aire tranquilo y bonachón, siempre dispuesto a colaborar, cuenta entre sus recuerdos más felices las lluviosas jornadas pasadas en su compañía.
Repartidos en grupos que no sobrepasaban los tres o cuatro miembros, se dedicaban a embalsar el agua de los arroyos. Una vez realizados dichos trabajos de ingeniería, se hacía un estudio comparativo de los mismos para dirimir la delicada cuestión de cuál era el mejor.
Normalmente no se llegaba a un acuerdo. El amor propio de los participantes, aparte de impedirles ser imparciales, aguzaba su capacidad técnica convirtiéndolos en verdaderos expertos en descubrir fallos y fullerías.
No era insólito que este examen acabase en la destrucción a patadas de uno o varios de estos rudimentarios pantanos por motivos de vanidad o de envidia.

 

 

 

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                              VII
Cuando se percató de que lo habían abandonado a su suerte, era tarde para quitarse de en medio.
Los otros habían ido ocupando posiciones. Desde su atalaya no le pasaron desapercibidas las maniobras encaminadas a rodearlo y a cubrir la retaguardia en previsión de cualquier eventualidad.
Se acercaron describiendo un amplio círculo que se iba estrechando de forma que no quedase un palmo de terreno sin explorar.
Sólo le dio tiempo de bajar apresuradamente de la roca, pero un destacamento de soldados enemigos le interceptó el paso, tomando como primera providencia la de maniatar al prisionero.
A continuación lo condujeron a empellones a su cuartel general donde fue juzgado en sumarísimo consejo de guerra.
Durante el proceso el condenado se obstinó en un mutismo del que apenas lograban sacarlo con mojicones y amenazas. De todas formas el interrogatorio fue breve. Se trataba a todas luces de una causa perdida.
Sólo había que esperar la condena y rezar para que ésta fuese benévola.
La lealtad del zangolotino hacia sus camaradas durante el juicio fue insobornable.
Lo sentaron en el suelo y le ataron también los pies. Luego establecieron turnos de vigilancia. Hasta el anochecer se fueron alternando con regularidad castrense, siendo el frío y la oscuridad los que pusieron fin al cautiverio.

 

 

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