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3
La vida, si es que es algo,
no es más que un puro don,
un regalo imprevisto.

Algunos pensarán:
“¡Pues vaya regalito!”.
Y expresarán protestas
en papel oficial,
escribirán ensayos,
dictarán conferencias.

 

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2
Y nos la merecemos,
esa risa burlona,
que algunos tienen por
indiferencia cruel.

Es verdad que el sabor
amargo, estomagante,
algunas veces dulce,
nos engaña induciéndonos
al error de adscribir
a la vida un porqué.

 

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1
La vida, ya se sabe,
nos da lo que nos da.
Nos trata mal que bien,
sin muchos miramientos.
Con frecuencia nos deja
un regusto agridulce.
Un sabor muy difícil
de poner en palabras.

Cuanto más le buscamos
a esta loca charada
algún significado,
más parece gustarle
mofarse de nosotros,
de ese inútil empeño.

 

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Lo que tengas que decir, dilo directamente, sin jugar a responsabilizarme, a pillarme en falta, a dejarme en evidencia por algo que he hecho o he dejado de hacer. Sin buscarle tres pies al gato. Sin circunloquios. Sin reticencia.
Esa estrategia de culpabilizar es un pésimo recurso.
Seguramente se trata de un automatismo, de una grabación introyectada en la primera infancia que salta sola.
Tengo, según creo, suficientemente asumidas mis obligaciones. Tengo defectos y olvidos. Pero no tengo una conciencia deliberada de escaqueo o de inhibición.
Por eso no me gustan esas actuaciones sesgadas cuyo objetivo es mostrar o demostrar que no estoy a la altura de las circunstancias.
Te ruego que no me busques las cosquillas, que no conviertas cualquier asunto en una cuestión de honor o, todavía peor, en una cuestión de poder. Te ruego que no te enzarces en una discusión por una bagatela.
Esa es la forma más eficaz de destapar la caja de los truenos o, cuando menos, la de las mezquindades y los rencores.
Este proceso trae de reata el malestar y los reproches a uno mismo por haberse dejado arrastrar a otra trifulca, por no haberla cortado a tiempo, por no haber sido capaz de mantenerse en su sitio.

-o-

Ricardo calló y se quedó mirando la estructura móvil que colgaba del techo. Bastaba que alguien pasase a su lado para que las plumas de colores se estremeciesen y las varillas metálicas resonasen. Según Raquel, era una escultura muy receptiva. Quizás por esa razón, él se había puesto a darle unas explicaciones que no le estaban destinadas.

 

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Te estoy sumamente agradecido por los servicios que me has prestado durante la estación invernal. Sé que las palabras sobran. No obstante, no quiero guardármelas.
Desarrollando tu actividad, imprimes sentido a tu vida. No te hacen falta justificaciones, ni siquiera salario.
Estos meses de silenciosa dedicación, en los que siempre estabas a mano cuando te necesitaba, me han hecho pensar y plantearme algunas cuestiones.
En ti está la clave de la existencia, en ti que careces de aspiraciones. En ti y no en los que se creen en posesión de un “ars vivendi”, del que suelen alardear.
Durante este tiempo te he visto realizar tu trabajo sin rezongar ni remolonear. Las protestas y las insolencias te son ajenas.
Por circunstancias que no requieren explicación, te tienes que marchar y no nos volveremos a ver hasta bien avanzado el próximo otoño.
No quiero que partas sin antes decirte que eres un referente ético. Y todavía más: una lección de saber estar, de saber hacer, de saber aceptar los acontecimientos.
Ahora tienes que irte. Así son las cosas. Pero estoy seguro de que podré contar contigo cuando llegue el momento.
Tu humilde presencia, tu disponibilidad, la certeza de que regresarás con las lluvias otoñales, contribuyen a cimentar mi confianza en el mundo y a profundizar mi felicidad.

 

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Higuera (II)

 

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Sus recuerdos estaban tan difuminados que era incapaz de reconstruir los rasgos de la cara, de pintar el color de los ojos y del pelo, de precisar el timbre de la voz.
El abandono prematuro había condicionado el conjunto de sus posteriores relaciones con los demás.
Tan pronto como su pareja de turno le manifestaba su deseo de tener un hijo, él empezaba a replegarse.
La insinuación de la chica removía el cieno de esa vieja historia de ausencia, nunca superada, vivida por él como un injusto destierro.
Al principio se escapaba por la tangente, pero tarde o temprano llegaba el fatídico momento de dar la cara. Su respuesta era invariablemente negativa.
Su problema contaba también. Dejando a un lado su introversión, su falta de confianza, su inexpugnable reserva, él sufría crisis a las que gráficamente denominaba cortocircuitos.
Estos fallos lo desconectaban de la realidad. Según uno de los médicos consultados se trataba de una “disfunción psíquica” que no revestía gravedad, y que estaba relacionada con su tendencia a la ensoñación.
La semana pasada, en casa de su última ex novia, se repitió como una maldición la escena final de este drama.
Ella le había ofrecido una copa de un licor con sabor a violetas. En la etiqueta de la botella se leía “Parfait Amour”. Él fue consciente de lo que se avecinaba.
La empalagosa bebida no tardó en convertirse en jalea de gasolina, que inflamó los ánimos y provocó una explosión de reproches, acusaciones, gritos y gestos de abatimiento.
Se volvió a preguntar si, al principio, antes de que su padre desapareciera, hubo amor. La respuesta fue afirmativa. Un gran amor frustrado que lo inhabilitaba para asumir la paternidad.

 

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