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Habares (I)

Los habares mandan al pueblo mensajes de fragancia tierna,

cual en una libre adolescencia candorosa y desnuda. JRJ

 

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El malestar

Fue un encuentro casual y tenso. La escritora venía de frente por la animada acera, con su sempiterno aire de pesadumbre, como si estuviera de vuelta de todo, lo cual, ahora, al cabo de los años, podía ser verdad.
Con sus andares desacompasados, ligeramente ladeada de forma que un hombro quedaba más alto que el otro, con las manos metidas en los bolsillos de su chaquetón acolchado, Nadia había cambiado poco, al menos por fuera.
Ella nunca le había dado importancia a su aspecto externo. Del desaliño, como de tantas otras cosas, había hecho una bandera.
En la adolescencia, cuando las chicas estaban preocupadas por resultar atractivas, Nadia, que colaboraba en algunas revistas, incluida la del instituto que abandonó por no parecerle combativa, vestía invariablemente pantalones y jerséis anchos.
En la universidad se uniformó con una trenca marrón cuyos palitos desabrochados dejaban ver el atuendo de siempre.
Julia recordaba sus discursos a propósito de la gente que se preocupaba por su imagen, actitud que la escritora calificaba despectivamente de frivolidad burguesa.
Pero a Julia no la había engañado. Al principio fue sólo una intuición.
Nadia, que era más bien achaparrada y de rasgos comunes, no se aceptaba y había convertido ese rechazo de sí misma en una filosofía existencial.
Esa ropa holgada de colores apagados y neutros era la prueba visible de su malestar y de su impotencia.
Julia tenía claro que la radicalización de Nadia y lo que ella llamaba “mi compromiso” no eran más que una forma de socializar su desazón.
La guerra de Nadia consistía en aguar la fiesta a los demás, aunque ella disfrazase este objetivo y lo bautizase con nombres pomposos.
Seguramente esa comezón era también la causa profunda de su actividad literaria.
El fortuito encuentro se produjo en la acera de una concurrida calle. Se detuvieron y se miraron sin saber qué hacer.
Julia llevaba un traje de chaqueta de Lagerfeld y exhalaba una discreta fragancia a naranjas amargas. Se percató de que la escritora estaba bajo los efectos del alcohol o de algún medicamento.
Le hubiese gustado preguntarle por qué no había cambiado esas gafas de pasta negra, por qué se seguía poniendo esos jerséis de cuello vuelto, por qué se empeñaba en mostrarse bajo una luz desfavorable.
Fue Nadia la primera en hablar. Poniendo su mano en el brazo de Julia, hizo una inesperada confesión.
“Siempre te he admirado, sobre todo cuando te criticaba, cuando decía de ti que sólo eras una muñequita Barbie”.

 

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Gerena

 

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Ese adefesio de laca
no deja de dar la lata,
tan redicho y respondón.
Le voy a dar un capón
si no me obedece y calla.

Si yo digo que esto es bello,
él mantiene que esto es feo,
si digo alto, él bajo
porque tal es su trabajo:
chinchar a diestro y siniestro.

Por muy oriental que sea
que ojo avizor se ande
y haga lo que yo le mande.
Si digo fea es que es fea,
si digo grande es que es grande.

Entonces el vil demonio,
más malo que el estramonio,
se burla, me hace una mueca,
después da una voltereta
y se pone ante la puerta.

 

 

 

 

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Ese demonio oriental,
vestido de colorines,
es el reflejo del mal
en las pupilas de un tigre.

Vestido de carmesí,
de amarillo, de violeta,
vestido de azul turquí,
es el guardián de la puerta

por donde se entra y se sale
de este mundo terrenal,
de este mundo en el que vale
el bien lo mismo que el mal.

El custodio de la entrada
no pide santo ni seña.
Es despótico, se enfada,
le encanta andar a la greña.

Ese demonio oriental
(con eso está todo dicho),
empecinado en el mal,
siempre atento a su capricho,

que golpea con el pie
el suelo insistentemente,
cual si estuviera demente,
y ciertamente lo esté,

es el guardián de la puerta,
Dios a todos nos asista,
porque esa criatura tuerta
tiene intenciones de avispa.

 

 

 

 
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Tierra de labor

 

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La conversión

En su habitación tenía una nuez de coco que había traído de uno de esos exóticos países a los que viajaba en busca de solución. No recordaba exactamente de cuál.
Desde la cama, donde estaba tendido, podía verla en mitad de la estantería. Ese objeto pintoresco que en su lugar de origen se utilizaba como recipiente, para él no era más que un adorno.
Reconoció que había renunciado al cambio radical al que aspiraba. No esperaba nacer de nuevo.
Sin embargo, la llama de ese deseo no se había apagado. El deseo de ser otro, de reconstruirse sobre sólidos cimientos, de orientarse en la dirección correcta, de sosegarse y vivir plenamente.
Rememoró un lejano episodio de su infancia, el punto de partida de su naufragio, según creía, el hecho fundacional de su desarreglo.
Se había acercado con paso decidido al borde de un despeñadero para contemplar el panorama. Pero cuando llegó y miró, experimentó tal crisis de vértigo que tuvo que tirarse al suelo. Con los ojos cerrados, arrastrándose, se alejó a duras penas del abismo.
Hasta que no estuvo lo suficientemente apartado, no se atrevió a sentarse primero y luego a ponerse de pie.
Esta experiencia lo desbarató. Había sentido con una fuerza inaudita la atracción del vacío. Si no se hubiese tumbado, la sima se lo habría tragado.
Ya a salvo, le temblaban las piernas y un sudor frío empapaba su cuerpo. Ésa fue la primera gran crisis.
¿Cuántos remedios había probado desde entonces para sustraerse a esa fascinación mortal, para neutralizar esa fuerza destructiva, para derrotar a ese enemigo implacable?
Lo último había sido lanzarse en paracaídas para propiciar una colosal descarga de adrenalina. Esta experiencia fue efectiva durante un tiempo pero, como había ocurrido con las anteriores, su beneficio se fue diluyendo y él volvió a estar expuesto a la parálisis de la angustia.
Podría hacer una larga lista, un detallado repertorio de terapias tradicionales y alternativas a las que había recurrido, sin que ninguna, incluso las que parecían más halagüeñas, se hubiese revelado verdaderamente transformadora. A medio plazo o antes todas desembocaban en la inoperancia, en la inanidad.
El salto en paracaídas fue, desde luego, impactante. Tuvo que superar su miedo a la altura, a los aviones y finalmente arrojarse al vacío.
Pensó que ésta era la experiencia definitiva, la que llevaba esperando tanto tiempo. O se descalabraba o se convertía en un hombre nuevo.
No ocurrió ni una cosa ni otra. Ni descalabro ni conversión. Sus demonios, tras haberse replegado durante una temporada, habían empuñado de nuevo los tridentes y se lo mostraban con sonrisas burlonas.
Se puso de lado en la cama, con la mano derecha bajo la cabeza. Había llegado a la conclusión de que el cambio radical, el giro copernicano no era una cuestión de voluntad. Era una gracia.
Su vida seguiría siendo una ardua peregrinación, un deambular jalonado de tropiezos y caídas, hasta que ese milagro se produjese.

 

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[Cuando te busco]

Cuando te busco
Todo está oscuro

Y de repente
Es tu deseo
Te manifiestas
Y te entreveo

Respiro entonces
Un aire nuevo
Que me socava
Y expande el pecho

Reconfortado
Regreso a casa
Con la alegría
De la esperanza

Cuando te busco
Todo está oscuro

 

 

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Paisaje (IX)

 

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