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El mugrón

El mugrón Se estremeció. ¿Era el inicio de una crisis? Un simple temblor podía estar motivado por múltiples circunstancias.
Lo malo era que empezase a escuchar voces. Se quedó quieto y aguzó el oído. Sólo se escuchaba el murmullo de los árboles.
¿De qué árboles?
Ese rumor eran voces. Sí, eran los cantores que entonaban un himno.
Él había formado parte del coro. También él había repetido a menudo “santo”, antes de que esta palabra se convirtiera en un conmutador que apagaba las luces y lo dejaba a merced de fuerzas irracionales.
Luego el pánico se apoderaba de él. Ese pánico era la antesala de la manifestación.
Ya sólo cabía esperar que el terror no lo desintegrara.
El tallo emergió de las tinieblas, donde estaba enterrado.
Experimentó una conmoción. Y también furia a causa de su impotencia.
El mugrón se fue acercando con el propósito de penetrar por su boca y arraigar en su interior.
El inmundo retoño se detuvo cuando llegó frente al hombre, esperando que éste se arrodillase para proceder al injerto. Pero él no estaba dispuesto a inclinarse ante ese emisario del infierno que lo miraba sin ojos y lo conminaba sin palabras.
El silencio y la oscuridad se espesaron.
El hombre dejó de debatirse.
Pálido y desmadejado, yacía en el suelo como un guerrero caído tras duro combate.

 

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Sultán

SultánSultánSultán

 

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Dumping

DumpingMiró a su cariacontecida hermana Irene y le explicó: “Hay personas que tienen una gran capacidad de dramatización. Se tuercen el dedo meñique, y digo se tuercen, y te cuentan una novela en cien capítulos. Tú, que te has roto una pierna y tienes que estar inmovilizada tres meses, despachas este asunto en cinco palabras.
“Lo siento. No estoy dispuesta a perder mi tiempo oyendo historias que me interesan poco o nada. Y no solamente eso sino que, además, me exponen a una pérdida de energía tan grande, a una sangría tan peligrosa que no veo razón alguna para semejante sacrificio.
“El gato se lo lleva al agua quienes están dotados de facundia y desprovistos de paciencia. A lo sumo, si son mínimamente educados, escuchan con una oreja mientras con la otra están pendientes de las conversaciones cercanas.
“Acuérdate de Catalina, que hablaba por los codos y reclamaba atención absoluta. Cuando alguien conseguía meter una cuña en su monólogo, ella no tenía empacho en volver la cabeza y mirar a las musarañas.
“De esta forma, y no voy a entrar en la cuestión de si su comportamiento era consciente o inconsciente porque ese dato es irrelevante en un adulto, te hacía sentir que lo que tú estabas contando carecía de importancia.
“Una vez me dijo mi marido: parece que rehúyes a Catalina. Y yo le respondí: no lo parece, la rehúyo, la temo más que a una vara verde.
“No te hagas ilusiones, Irene. Aunque trates de poner en práctica tus propios recursos y estrategias, las Catalinas de turno te acaban comiendo. Sus aventuras acaparan toda la pantalla. Se imponen con el peso de una montaña y las tuyas son un puñado de arena que el viento arrastra en menos que canta un gallo”.

 

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Ombligo de VenusOmbligo de Venus

 

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El sabor de la eternidadEl sabor de la eternidad

 

 

 

3
Otra vez, en la sierra, emprendiste el ascenso
de uno de aquellos montes. Aunque no estabas solo,
te sentías así. Era una soledad
interna, inexplicable.

La subida era dura pues no había senderos.
Hubo que abrirse paso por entre los jarales,
por entre las aulagas, hasta alcanzar la cumbre.
¿Para qué ese trabajo?

Y como por encanto surgió dentro de ti
una angustia mortal. Sentiste que la muerte
alargaba su mano en busca de la tuya.
Los pájaros y el viento dejaron de agitarse.
El río en el barranco era una cinta inmóvil.
El tiempo se detuvo.

Entonces era joven. Eso que me has contado
no es nada, son recuerdos.

El sabor de la eternidadEl sabor de la eternidad

 

 

 

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El sabor de la eternidadEl sabor de la eternidad

 

 

 

2
Sentado en la terraza de aquel bar de Algeciras,
al borde del estrecho, más cansado que hambriento,
pediste de comer y mientras esperabas,
descubriste allí cerca una mirada limpia.
Rebulliste en la silla como si un calambrazo
te hubiese sacudido.

Había mucha gente. Se escuchó la sirena
de un barco que partía. Luego se hizo un silencio
sin resquicios, perfecto. Una luz diamantina
brotó de alguna parte inundándolo todo.
El tiempo se detuvo.

Entonces era joven, o sea impresionable.
Esas cosas ocurren por obra del azar,
me dices entre dientes.

El sabor de la eternidadEl sabor de la eternidad

 

 

 

 
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El sabor de la eternidadEl sabor de la eternidad

 

 

 

 

1
Sobre tu inquieto espíritu planea la pregunta
como un ave rapaz en busca de su presa,
la pregunta que nunca harías en voz alta.

2
Sentado en la terraza de aquel bar de Algeciras,
al borde del estrecho, más cansado que hambriento,
pediste de comer y mientras esperabas,
descubriste allí cerca una mirada limpia.
Rebulliste en la silla como si un calambrazo
te hubiese sacudido.

Había mucha gente. Se escuchó la sirena
de un barco que partía. Luego se hizo un silencio
sin resquicios, perfecto. Una luz diamantina
brotó de alguna parte inundándolo todo.
El tiempo se detuvo.

Entonces era joven, o sea impresionable.
Esas cosas ocurren por obra del azar,
me dices entre dientes.

3
Otra vez, en la sierra, emprendiste el ascenso
de uno de aquellos montes. Aunque no estabas solo,
te sentías así. Era una soledad
interna, inexplicable.

La subida era dura pues no había senderos.
Hubo que abrirse paso por entre los jarales,
por entre las aulagas, hasta alcanzar la cumbre.
¿Para qué ese trabajo?

Y como por encanto surgió dentro de ti
una angustia mortal. Sentiste que la muerte
alargaba su mano en busca de la tuya.
Los pájaros y el viento dejaron de agitarse.
El río en el barranco era una cinta inmóvil.
El tiempo se detuvo.

Entonces era joven. Eso que me has contado
no es nada, son recuerdos.

El sabor de la eternidadEl sabor de la eternidad

 

 

 

 

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El genio de la lámpara

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El gato – tigre

El gato - tigreLa exhibición tuvo lugar en la plaza del pueblo. La gente guardaba una prudente distancia. Yo estaba en una esquina y, como el resto de los vecinos, contemplaba con aprensión y curiosidad las manipulaciones del domador.
El gato fue elevándose por los aires hasta alcanzar una altura considerable. El domador, con los brazos extendidos, mantenía flotando al felino en el vacío.
El hombre se quedó inmóvil en esa postura, sin apartar la mirada del gato, al que no parecían gustarle esos manejos.
Mi impresión era que estaba siendo forzado a realizar esas acrobacias aéreas.
El domador puso en movimiento al animal, desplazándolo hacia la esquina en la que me encontraba.
El gato tenía los pelos erizados, tiesos los bigotes que eran de una longitud extraordinaria, los ojos contraídos en una ranura amarillenta y feroz…
A medida que se acercaba iba aumentando su tamaño. O mejor dicho, iba adquiriendo la apariencia de un tigre.
Este fenómeno produjo una gran agitación en el público, que no se tranquilizó hasta comprobar que sólo era un gato enorme.
La piel de su cara estaba atirantada como la tela de una cometa. Este estiramiento reforzaba el efecto de tigre enfurecido.
No me cupo duda de que, si por él fuera, saltaría sobre nosotros y nos sacaría los ojos.
El domador, trazando figuras en el aire, lo bajaba, lo subía, lo llevaba, lo traía. Finalmente, con cuidado, lo metió en una jaula.
Cuando el animal se vio libre de la influencia telepática, se abalanzó sobre los barrotes y los mordió.
Luego, bufando y mostrando sus agudos colmillos, sacó una pata y arañó el vacío repetidamente.
El hombre esbozó una sonrisita y adoptó la pose de brazos y manos extendidos.
Al gato se le puso una espantosa cara de tigre. Haciendo caso omiso de esa reacción, el domador lo volvió a sacar de la jaula para ofrecer una segunda demostración.
Mientras planeaba otra vez por encima de nosotros, me percaté de los ímprobos esfuerzos del gato para escapar al poder que lo sojuzgaba. Sus músculos estaban sometidos a una tensión extrema.
Venciendo la rigidez de sus miembros, logró girar la cabeza. Luego arqueó ligeramente el lomo y recuperó la movilidad de una de las patas…

 
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Arena, roca

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