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La luz se proyectaba cruda sobre nuestras cabezas. La bombilla pendía del techo encima de la mesa camilla. Bombilla desnuda. El cable del que colgaba estaba adornado con papel de seda recortado. Papel de seda rojo deslucido.
La mesa crujía cuando nos apoyábamos en ella. Yo ponía especial cuidado en no hacerla chillar. Durante una semana conseguí, sin que los otros lo notaran, utilizarla solamente para colocar el método de música mientras permanecía derecho en la silla.
Cuando tenía que pasar las hojas, lo hacía con precaución y naturalidad.
Creo que no llegaron a darse cuenta. Por si acaso, abandoné mi juego.
En realidad, me aburría soberanamente en las clases de solfeo.
Aparte de los crujidos de la mesa, la habitación no ofrecía el más leve pretexto para distraerse. Bombilla desnuda. Paredes desnudas. Luz cruda, luz cruda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un viernes por la tarde, Guzmán, de madre viuda, salió de su casa en Sevilla, donde vivía haciendo su santa voluntad, “cebado a torreznos, molletes y mantequillas y sopas de miel rosada, mirado y adorado más que hijo de mercader de Toledo”.

Aun así, decidió partir alentado por “el deseo de ver mundo”. Su destino era Italia. En San Lázaro, una ermita a la salida de la ciudad, pasa su primera noche en el poyo del portal.

Al día siguiente tiene el aprendiz de pícaro su primera malaventura en una venta, a la que  llegó cansado y sudoroso. Pero, sobre todo, muerto de hambre.
En la venta “no había sino sólo huevos. No tan malo si lo fueran: que a la bellaca de la ventera, con el mucho calor o que la zorra le matase la gallina, se quedaron empollados y por no perderlo todo los iba encajando con los otros buenos. No lo hizo así conmigo, que cuales ella me los dio, le pague Dios la buena obra”.

La ventera mezclaba los huevos buenos con los empollados y los servía a los clientes. Pero con Guzmán, por parecerle “un Juan de buen alma”, no se tomó esa molestia.

El muchacho, a quien ladraba el estómago, no hizo ascos al comistrajo a pesar de sentir entre los dientes  el crujido de los huesecillos de los polluelos, “que era hacerme como cosquillas en las encías”.

Guzmán siguió su camino sin poder quitarse de la cabeza el castañeteo de los huevos en la boca. Por desgracia, el malestar fue en aumento. Cuanto más se acordaba de la tortilla, del aceite negro “que parecía de suelos de candiles”, de la sartén pringosa y de la ventera de ojos legañosos, más se le revolvían las tripas.

La náusea subió de punto y, entre un rosario de eructos, arrojó íntegro el contenido de su estómago. Incluso creyó oír, en mitad de los jadeos y los trasudores de la vomitona, un piar de pollitos, seguramente felices por haber recobrado la libertad.

Sentado junto al vallado de unas viñas, reflexiona amargamente, arrepentido de su partida.

Guzmán sería vengado por mano de un par de bergantes, a los que la vieja “desdentada, boquisumida, hundidos los ojos, desgreñada y puerca” también trató de engañar. Los mozos le ajustaron las cuentas, dejándola “toda enharinada como barbo para frito”.

Guzmán de Alfarache (1599), Mateo Alemán

 

 

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La salida (II)


Buscando su morada,
su lugar de destino,
austero, sin apegos,
se aleja el peregrino.

La salida (I)


Descalzas, de rodillas,
cruzando torrenteras,
sin miedo a los barrancos,
van las almas viajeras.


                                   II
Durante un rato, sin preguntarme nada, contemplo ese cuerno de la abundancia. Quizás debiera recogerlo todo y llevar el carro a casa. Puede venir un perro, pienso mientras miro los alimentos sin mover un dedo.
Un rumor, cada vez más intenso, me saca de mis cavilaciones. Me recuerda el lejano fragor de un trueno. Vuelvo la cabeza a un lado y a otro. Las calles siguen desiertas. El ruido, sin embargo, va en aumento. Ahora me recuerda el de una estampida de animales. Instintivamente me acerco a la pared. Luego subo al umbral de la casa de Teresita Matute.
La calle Tejano es ancha y no demasiado larga. Su tramo final se estrecha y desemboca en las afueras del pueblo, cerca de Los Albercones. Por ahí la veo venir.
Comprendo de inmediato lo que está pasando.
Mi abuela va la primera. Detrás de ella, los hilandarios forman un río tumultuoso, un monstruo de incontables cabezas y extremidades.
Mi abuela ha vuelto a liarla. Cada vez que esto ocurre, se organiza un guirigay espantoso. Unos quieren ayudar, otros divertirse. El caso es que en la persecución participan casi todos los habitantes del pueblo.
A pesar de sus años, mi abuela se conserva ágil y corre como un gamo. Cuando les saca ventaja, la mantiene durante mucho tiempo, de modo que numerosos vecinos, con la lengua fuera y fuertes dolores en el costado, se ven obligados a tirar la toalla.
Atrapar a mi abuela, ignoro por qué motivo, es un honor que todos ansían alcanzar.
A su paso, esa masa humana destrozó el carro de la compra y despachurró los alimentos. Mi abuela había esquivado esos obstáculos.
Su respiración era regular y su determinación inquebrantable. Me emocioné y me entraron ganas de mostrarle mi apoyo, pero soy un sosaina y me limité a mirar.

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Mi abuela (I)

                                  I
Hay señales de un significado tan palmario que hasta un párvulo las interpretaría correctamente. Señales que acaparan tu atención obligándote a hacerte cargo de lo que con tanta vehemencia pregonan.
En Las Hilandarias menudean estos anuncios. Para mí tengo que son más frecuentes que en otros lugares. Tal vez forman parte del folclore local.
Un silencio plúmbeo, en paradójico contraste con el límpido azul del cielo, los precede. ¿Cómo pueden ocurrir hechos aciagos bajo un cielo tan espléndido?
No se escucha ni el ladrido de un perro, ni el improperio de una comadre deslenguada, ni el ruido de una persiana agitada por el viento.
Caminar por Las Hilandarias envuelto en este silencio sepulcral es una experiencia que pone los pelos de punta.
No se ve a nadie. No me cruzo con nadie. Las Hilandarias, por arte de birlibirloque, se ha convertido en un pueblo fantasma. Convencido de que sobre él planea una desgracia, sigo andando.
Al doblar la esquina de Teresita Matute, tirado en mitad de la calle, descubro el carro de la compra de mi madre. Regresaba a casa, pero, por alguna razón, lo abandonó en plena vía pública.
Ni siquiera se tomó la molestia de dejarlo pegado a la pared o en casa de una vecina (en Las Hilandarias nos conocemos todos).
El contenido del carro está desparramado en el suelo. Los tomates y las naranjas son los que han rodado más lejos. Las cebollas, que forman parte también de esta avanzadilla hortofrutícola, se han quedado rezagadas.
Atrás hay cabezas de ajo mezcladas con pimientos verdes. Un puñado de habichuelas rodea a un trozo de calabaza. Más allá una lechuga atada con un filamento de palmito y una coliflor están la una al lado de la otra.
En la misma boca del carro se encuentran los envoltorios entreabiertos con los avíos del cocido: la carne, la morcilla y el tocino. Dentro, pero visible desde el exterior, hay un pan dorado con acanaladuras.

II
Durante un rato, sin preguntarme nada, contemplo ese cuerno de la abundancia. Quizás debiera recogerlo todo y llevar el carro a casa. Puede venir un perro, pienso mientras miro los alimentos sin mover un dedo.
Un rumor, cada vez más intenso, me saca de mis cavilaciones. Me recuerda el lejano fragor de un trueno. Vuelvo la cabeza a un lado y a otro. Las calles siguen desiertas. El ruido, sin embargo, va en aumento. Ahora me recuerda el de una estampida de animales. Instintivamente me acerco a la pared. Luego subo al umbral de la casa de Teresita Matute.
La calle Tejano es ancha y no demasiado larga. Su tramo final se estrecha y desemboca en las afueras del pueblo, cerca de Los Albercones. Por ahí la veo venir.
Comprendo de inmediato lo que está pasando.
Mi abuela va la primera. Detrás de ella, los hilandarios forman un río tumultuoso, un monstruo de incontables cabezas y extremidades.
Mi abuela ha vuelto a liarla. Cada vez que esto ocurre, se organiza un guirigay espantoso. Unos quieren ayudar, otros divertirse. El caso es que en la persecución participan casi todos los habitantes del pueblo.
A pesar de sus años, mi abuela se conserva ágil y corre como un gamo. Cuando les saca ventaja, la mantiene durante mucho tiempo, de modo que numerosos vecinos, con la lengua fuera y fuertes dolores en el costado, se ven obligados a tirar la toalla.
Atrapar a mi abuela, ignoro por qué motivo, es un honor que todos ansían alcanzar.
A su paso, esa masa humana destrozó el carro de la compra y despachurró los alimentos. Mi abuela había esquivado esos obstáculos.
Su respiración era regular y su determinación inquebrantable. Me emocioné y me entraron ganas de mostrarle mi apoyo, pero soy un sosaina y me limité a mirar.

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http://www.youtube.com/watch?v=m54SmVsQqgc


El sol, que ya alcanzó su esplendoroso cenit,
empieza a declinar. Lentamente desciende,
como una hermosa lámpara, por el límpido cielo.

Su cenit ya alcanzó. Majestuoso desciende
buscando la lejana línea del horizonte,
donde se ocultará velando su fulgor.

Ésta es la eterna historia de las fugaces horas,
los soles que declinan, las sombras invasoras.

La historia de los días, la historia de la fe,
tras la muerte nocturna, en otro amanecer.