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Con la cara llena de gotitas de sudor, yace el hombre vencido por la enfermedad. Sus fuerzas, como soldados de un ejército en retirada, lo abandonan, dejándolo a merced del enemigo.
Nadie podrá decir que no ha luchado valerosamente, pero su extremada palidez es un signo inequívoco del cariz que han tomado los acontecimientos.
En su lecho historiado, apenas puede mantener la cabeza derecha sobre los almohadones que han colocado a sus espaldas.
Por el aposento han desfilado médicos, curanderos, apoticarios, monjes cantores, rezadoras y herbolarios. Incluso una vez trajeron a una loca que echaba espuma por la boca y ponía los ojos en blanco.
Por último, vino un nigromante. Afirmó que él podía curar o, al menos, aliviar al doliente.
Con las manos abiertas y gesto ceñudo, realizó unos pases mágicos sobre el cuerpo del hombre que, debilitado como estaba, no se opuso.
¿Acaso su mal se podía erradicar con triquiñuelas de feria?
En la penumbra reinante, los muebles y las personas se asemejaban a las piezas de un ajedrez y la habitación al tablero donde se decidía la partida.

 

 

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Un caballero rememora su embarco rumbo a Sarras. Luego habla de la integridad y del valor. A veces se expresa en un lenguaje simbólico o recurre a complicadas metáforas, que dificultan la comprensión de su discurso.
Cuando aluden a una rosa única en un jardín cerrado, sus palabras se nimban de misterio y adquieren significaciones contradictorias.
Más abajo, sobre un fondo de pan de oro, un nutrido grupo de personas ataviadas de verde, entre las que hay cuatro vestidas de blanco y tres de carmesí, participa en una reunión que preside, desde su alto sitial, un mitrado.
El cónclave desaparece pronto de mi vista.
En la estancia siguiente predomina el añil.
De hinojos, un poeta ensalza a su amada. Los oyentes, acomodados en los pétalos de una flor, no parecen interesados en el panegírico. En lugar de concentrase en las morosas matizaciones de un asunto tan complejo como las vicisitudes amorosas, parlotean animadamente entre sí.
Sólo tres bienaventurados con túnicas anaranjadas escuchan con la debida atención.
Flotando en una esquina, varios ángeles de alas níveas, gentilmente arrodillados y con las manos juntas, contemplan al poeta de ropaje y tocado azules, que expone su fervor y desgrana sus cuitas en primorosas variaciones.


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Sentados a una mesa desnuda, los dos caballeros hablan sosegadamente de la búsqueda que han emprendido. Comprometidos en cuerpo y alma, esa tarea es su comida y su bebida.
Recuerdan la partida de Camelot y las pruebas que han superado.
Uno de ellos no se ha quitado la armadura. Tan sólo ha levantado la visera del yelmo. Es quien tiene la palabra.
El otro escucha con atención y asiente. Su lanza y su espada están apoyadas en la pared.
Pronto, esta escena es sustituida por las piedras negras y mojadas de la torre, por la oscuridad circundante, por el vértigo de la caída.
Sentados a una mesa cubierta por un blanco mantel, en la que hay dispuestas bandejas de frutas, tres caballeros con cotas de malla guardan silencio.
Uno de ellos sostiene, en alto, una copa.
Entremezcladas con las manzanas y las peras, hay nueces y almendras.
Los paladines están absortos, como esperando un prodigio o una señal.
En el momento en que era arrastrado hacia arriba, creí ver a un hombrecillo ensangrentado emergiendo de la copa.

La torre (I)


                                     I
Los hechos que voy a narrar son extraordinarios. Por temor a que se formasen un concepto erróneo de mí, estuve tentado de crear un personaje y endosárselos. Pero me dije: ¿por qué escurrir el bulto? Mi intención no es impresionar sino ser veraz.
Me río de los que hablan de tocar fondo. Yo no lo toqué. La caída fue interminable. Habrá quien exclame: “¡Qué gracioso! Eso no tiene sentido. No es posible estar siempre cayendo”.
Y es cierto. No es posible estar cayendo siempre en la misma dirección, pero ésta puede invertirse y unas veces ir hacia abajo y otras hacia arriba.
Eso fue lo que ocurrió. Unas veces me tragaba el vacío de las profundidades y otras el de las alturas.
Esta absorción se produjo al lado de una torre de sillares ennegrecidos por el transcurso de los siglos. De trecho en trecho, se abría una ventana a través de la cual veía el interior de la torre.
En mis subidas y bajadas tuve ocasión de contemplar las escenas que se desarrollaban en diferentes estancias.
De esta forma fui testigo de una serie de episodios deslavazados.
Bien por falta de tiempo, bien por escapar a mi comprensión, lo único que puedo hacer es consignar lo que vi, sin más explicaciones.

Nota.-En esta entrada puedes leer el cuento completo.

II
Sentados a una mesa desnuda, los dos caballeros hablan sosegadamente de la búsqueda que han emprendido. Comprometidos en cuerpo y alma, esa tarea es su comida y su bebida.
Recuerdan la partida de Camelot y las pruebas que han superado.
Uno de ellos no se ha quitado la armadura. Tan sólo ha levantado la visera del yelmo. Es quien tiene la palabra.
El otro escucha con atención y asiente. Su lanza y su espada están apoyadas en la pared.
Pronto, esta escena es sustituida por las piedras negras y mojadas de la torre, por la oscuridad circundante, por el vértigo de la caída.
Sentados a una mesa cubierta por un blanco mantel, en la que hay dispuestas bandejas de frutas, tres caballeros con cotas de malla guardan silencio.
Uno de ellos sostiene, en alto, una copa.
Entremezcladas con las manzanas y las peras, hay nueces y almendras.
Los paladines están absortos, como esperando un prodigio o una señal.
En el momento en que era arrastrado hacia arriba, creí ver a un hombrecillo ensangrentado emergiendo de la copa.

III
Un caballero rememora su embarco rumbo a Sarras. Luego habla de la integridad y del valor. A veces se expresa en un lenguaje simbólico o recurre a complicadas metáforas, que dificultan la comprensión de su discurso.
Cuando aluden a una rosa única en un jardín cerrado, sus palabras se nimban de misterio y adquieren significaciones contradictorias.
Más abajo, sobre un fondo de pan de oro, un nutrido grupo de personas ataviadas de verde, entre las que hay cuatro vestidas de blanco y tres de carmesí, participa en una reunión que preside, desde su alto sitial, un mitrado.
El cónclave desaparece pronto de mi vista.
En la estancia siguiente predomina el añil.
De hinojos, un poeta ensalza a su amada. Los oyentes, acomodados en los pétalos de una flor, no parecen interesados en el panegírico. En lugar de concentrase en las morosas matizaciones de un asunto tan complejo como las vicisitudes amorosas, parlotean animadamente entre sí.
Sólo tres bienaventurados con túnicas anaranjadas escuchan con la debida atención.
Flotando en una esquina, varios ángeles de alas níveas, gentilmente arrodillados y con las manos juntas, contemplan al poeta de ropaje y tocado azules, que expone su fervor y desgrana sus cuitas en primorosas variaciones.

IV
Con la cara llena de gotitas de sudor, yace el hombre vencido por la enfermedad. Sus fuerzas, como soldados de un ejército en retirada, lo abandonan, dejándolo a merced del enemigo.
Nadie podrá decir que no ha luchado valerosamente, pero su extremada palidez es un signo inequívoco del cariz que han tomado los acontecimientos.
En su lecho historiado, apenas puede mantener la cabeza derecha sobre los almohadones que han colocado a sus espaldas.
Por el aposento han desfilado médicos, curanderos, apoticarios, monjes cantores, rezadoras y herbolarios. Incluso una vez trajeron a una loca que echaba espuma por la boca y ponía los ojos en blanco.
Por último, vino un nigromante. Afirmó que él podía curar o, al menos, aliviar al doliente.
Con las manos abiertas y gesto ceñudo, realizó unos pases mágicos sobre el cuerpo del hombre que, debilitado como estaba, no se opuso.
¿Acaso su mal se podía erradicar con triquiñuelas de feria?
En la penumbra reinante, los muebles y las personas se asemejaban a las piezas de un ajedrez y la habitación al tablero donde se decidía la partida.

V
El viejo de pelo blanco se acercó a la ventana y apoyó las manos en el alféizar.
En latín, pausadamente, me dio las instrucciones.
Me dijo que buscara una piedra votiva, en cuya elección debía poner sumo cuidado.
Tras su limpieza, procedería a su ofrenda al “genius loci”.
Mientras caigo de nuevo, hacia arriba o hacia abajo, no lo sé, y la oscuridad se espesa a mi alrededor, oigo una voz que entona una antigua canción.

Un halcón me llevó consigo
Me subió más allá de las nubes
A las mismas puertas del cielo
Un halcón me llevó consigo
Me subió más allá de la luna
A los mismos pies de las estrellas
Un halcón majestuoso
A mi paso por el bosque

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Caresse sur l’océan
Porte l’oiseau si léger
Revenant des terres enneigées
Air éphémere de l’hiver
Au loin ton écho s’eloigne
Châteaux en Espagne

Vire au vent tournoi déploie tes ailes
Dans l’aube grise du levant
Trouve un chemin vers l’arc-en-ciel
Se découvrira le printemps

Caresse sur l’océan
Pose l’oiseau si léger
Sur la pierre d’une île immergée
Air éphémere de l’hiver
Enfin ton souffle s’eloigne
Loin dans les montagnes

Vire au vent tournoie…

En cálices de sangre
En cálices de fuego
Se consumen los días
Se consumen los sueños

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Al parecer, Cernuda no descubrió esa verdad con la que traicionar a su soledad. Lo que halló en esa búsqueda le produjo hastío, asco incluso.
Así que vuelve a ella, a su “soledad de siempre”, y se encuentra a sí mismo, al que fue antes de perderse, y las únicas cosas auténticas: el sol, la noche, la lluvia…y el mar, cuya visión propicia esta declaración:

(…)
Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,
Oigo sus oscuras imprecaciones,
Contemplo sus blancas caricias;
Y erguido desde cuna vigilante
Soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres,
Por quienes vivo, aun cuando no los vea;
Y así, lejos de ellos,
Ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,
Roncas y violentas como el mar, mi morada,
Puras ante la espera de una revolución ardiente
O rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo
Cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista.
(…)

Luis Cernuda, Soliloquio del farero

Rosaleda

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                           7
Fue como si algo o alguien me aspirara.
Deseché esta idea fantasiosa. A plena luz del día no podían ocurrir cosas raras.
Me bastó dar algunos pasos para salir de mi error. La sensación de estar siendo atraído por un imán se hizo más intensa.
Y esta fuerza magnética iba en aumento, arrastrándome al exterior. Lo cual no dejaba de tener gracia después del trabajo que me había costado entrar.
Cuando la atracción se hizo insoportable, dejé que actuase libremente.
En definitiva, fue un alivio verme flotando sobre la pradera.
El aire fresco, las bandadas de pájaros y las charcas rebosantes de vida me hicieron olvidar rápidamente la casa decrépita.
Sobrevolé un arroyuelo bordeado de carrizos con sus plumosos penachos de la temporada anterior. Más allá, inicié el descenso en una zona salpicada de miosotis azulados, en cuyo centro se hallaba ella.

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Todas las edades parecían confluir en esa mujer de ojos claros (por más que lo intento, no logro recordar si glaucos o dorados), que destellaban como los de un niño travieso.
Tenía el pelo recogido en un rodete y la piel atezada, como si pasase mucho tiempo al aire libre.
Vestía una blusa blanca y un corpiño cerrado con un cordón. La falda estaba adornada con cintas multicolores.
Cuando me habló, pensé, tal era mi desconcierto, que se estaba dirigiendo a otra persona. Pero allí, aparte de nosotros dos, no había nadie más.
Creo que estuvo sermoneándome, aunque no recuerdo sus palabras sino, vagamente, el gesto reprobatorio de quien está echando una regañina.


                                  5
El irregular conglomerado tenía varias capas de espesor en algunos lugares.
Era la apoteosis de la espiral, que se agrupaba formando racimos, bullones y guirnaldas.
Pasé la mano por los barrotes de la ventana de la izquierda y los limpié de caracoles.
Los vanos de la fachada estaban enmarcados en un alfiz de ladrillos rojos, que no eran visibles.
Metí los dedos en esa proliferación de conchas y desprendí un bloque que se fragmentó en multitud de pedazos al chocar contra el suelo.
En parte el alfiz quedó al descubierto. Me encaramé a la ventana e inicié el ascenso.
Pasé un momento de apuro a mitad de camino. Apoyado en el borde de los ladrillos y agarrado a los hierros del balcón, no pude hacer nada para protegerme de una avalancha de caracoles que se abatió sobre mí.
Cerré los ojos y aguanté el desmoronamiento de un lienzo de la falsa pared de moluscos.
Me sacudí y seguí trepando. Finalmente, salté al interior del balcón, que despejé de caracoles. Me quité la mochila y saqué el martillo que había guardado en ella.

                                                         6
Rompí el cristal y presioné el postigo, cuyo pasador no encajaba bien. No era cuestión de fuerza sino de habilidad y paciencia.
Cuando cedió el pestillo, las bisagras rechinaron y la hoja se entreabrió con desgana. La empujé y el interior, con manchas de humedad y grietas en el cielo raso, quedó iluminado. Sobre todo había polvo.
Lo que veía no me sorprendió. Era, más o menos, lo que esperaba encontrar.
Giré el tirador, pero la madera de la puerta estaba hinchada y resistió mi primer intento de abrirla. Me hizo falta aplicarme con ahínco para que, con profusión de chirridos, me dejara pasar.
Fue en ese momento cuando empecé a notar algo extraño alrededor de mí.