Anónimas, provincianas ciudades
de tonos grises y cielo violeta,
en las que siempre había una veleta
tornadiza y un grupo de cofrades.
Brujuleando buscábamos del hades
la puerta oculta o la sulfúrea grieta.
En sus calles tocábamos retreta.
¡Oh gozosas y lejanas ciudades!
Anduvimos sin rumbo, como lobos,
por sus aceras y por sus zaguanes,
venteando los embriagantes arrobos.
Cayeron las ilusiones inanes.
Ya de noche, un porfiado calabobos
ahuyentó a los intrépidos galanes.
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