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A un lado del ataúd estaban don Zacarías Delgado, su esposa doña Rafaela Salzillo, sus hijos don Justino Delgado y doña Rafaela Delgado de Estébanez, estrenando viudez. Al otro lado de la caja de madera de nogal estaban doña Carmen Estébanez y doña Dolores Estébanez, hermanas solteras del finado. En cada esquina ardía un cirio.

La capilla ardiente estaba situada en el piso alto. Don Roberto subió la escalera y enfrentó el cuadro de dolientes.

Los de la derecha, o sea sus parientes, no bien lo avistaron, hubiesen querido lanzarse, de no existir las convenciones sociales y el decoro, sobre el recién llegado y exclamar: “¡Por fin!”.

Sólo doña Rafaela Delgado, con los ojos fijos en el cadáver, abstraída en sus pensamientos, permaneció ajena al visitante.

Don Roberto abrazó a su hermano y a su sobrino, afectados de un jubiloso temblor. Luego retuvo entre las suyas las manos de su cuñada que se esforzaba en componer máscaras trágicas con sus facciones. Pero su chispeante mirada delataba la naturaleza verdadera de sus sentimientos.

Cuando se acercó a su sobrina, esta sonrió. Ella mantenía la compostura en ese velatorio en el que se vertían lágrimas de diversos veneros.

Costeó al difunto por arriba. Una vez alcanzado el lado opuesto, repartió pésames y palabras de consuelo equitativamente entre doña Carmen y doña Dolores, que se cubrían la boca con un pañuelo de encaje.

Tras cumplir con este deber, don Roberto salió a la galería. En el patio con fuente de mármol y macetas de aspidistras y cintas, con una hiedra escalando uno de los arcos y enredándose en la barandilla, se habían congregado amigos y deudos.

En un silencio subrayado por el discreto chapoteo del chorrito de agua al caer en la taza rebosante y luego escapar por un tubito de plomo hacia el invisible sumidero, los presentes esperaban la solemne bajada del féretro.

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Las últimas lluvias habían operado el deseado milagro. Los trigos habían adquirido un verdor intenso y se habían enderezado. La calesa pintada de amarillo, con la capota levantada, se detuvo en el extremo del camino. Un hombre bajó, abrió la cancela, montó de nuevo y arreó a la mula.

El carruaje circulaba ahora por la carretera, en dirección a Las Hilandarias. Los cascos de la bestia resonaban en el asfalto. El pueblo blanco se elevaba al fondo.

“Conque vamos a tener invitados”.

La mula marchaba al trote imprimiendo a la calesa vaivenes de cuna.

“Conque vamos a tener invitados”.

El sol horadó las nubes y sus rayos hirieron el mar de trigo que cabeceaba a impulsos de la brisa mañanera.

“Conque invitados”.

Rufina miró al hombre y dijo: “Pareces tonto, Maroto. ¿Cuántas veces vas a repetir eso?”.

 

 

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Sevilla 1965

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Don Roberto Delgado, cómodamente sentado en un sillón de cuero del “Agricultores y Ganaderos”, hojeaba el ABC y miraba a través del ventanal.

A la entrada del Círculo, grupos de hombres conversaban interceptando el paso a los transeúntes y obligándolos a describir complicadas parábolas.

Don Roberto Delgado mezclaba las imágenes del periódico (inauguraciones, intervenciones, declaraciones…) con las del río de gente que, abriéndose en numerosos brazos, sorteaba los escollos.

Mecánicamente pasaba una página del matutino leyendo apenas los titulares y echaba un vistazo al exterior.

Hombres tocados con mascotas hablaban de la próxima cosecha. A menudo volvían la cabeza, como buscando a alguien.

Pasó otra página: Deportes. Cruzó las piernas.

Esos hombres circunspectos, de vez en cuando, dejaban caer un comentario malicioso acompañado de una sonrisilla.

“Rogad a Dios en caridad por el alma de…”.

Don Roberto se incorporó.

“Sus familiares ruegan a sus amistades una oración por su alma y asistan a la misa de réquiem que por el eterno descanso de la misma tendrá lugar…”.

Se levantó y salió del Círculo donde solía encontrarse con su hermano. Había llegado a Sevilla el día anterior.

Se sumergió en el río de gente que abandonó a la altura de la calle Sagasta. Sus cortas estancias en la ciudad estaban dedicadas a solucionar asuntos relacionados con el cortijo, a visitar a Paquita y a deambular.

Plaza del Salvador, calle Córdoba, calle Puente y Pellón. El provincianismo de la antigua Hispalis se manifestaba en este barrio invadido de zapaterías, tiendas de ropa y catetos.

Don Roberto, hombre descastado, mejor que vérselas con su cuñada y su sobrino, e incluso, si mucho lo apuraban, con su propio hermano, prefería charlar y retozar con Paquita. Le tenía, además, un cariño especial a la Alameda de Hércules, donde la atmósfera se impregnaba de olores a guisos caseros y resonaban las voces de los vecinos.

Desembocó en la plaza de la Encarnación, cruzó ese espacio sombreado por frondosos árboles y se detuvo a contemplar a Pomona, pintada de ocre, mostrando a los viandantes su carga de frutos.

La diosa de los jardines le recordaba a una compañera de Paquita que hizo las delicias de sus años mozos. Y en otro sentido diametralmente opuesto a su sobrina, a la que le unía un afecto que lo violentaba en ocasiones.

Don Roberto siguió andando por la calle Regina y la calle Feria. Prevalecía de Sevilla la imagen que se había formado durante su adolescencia, la cual se concretaba en calles estrechas donde el aire se adelgazaba, se hacía fino y penetrante, donde el frescor de los zaguanes penumbrosos lanzaba tentadoras invitaciones.

Avanzaba calmosamente. El bullicio quedó atrás. Nunca había logrado relacionar Sevilla con el esplendor que los libros de historia le atribuían. Esos libros que un lejano día estudiara en aulas de incómodos pupitres en el colegio de los salesianos.

Por fin llegó a la calle Doctor Letamendi. Tres casas después de la tienda de especias estaba la suya.

La tienda era el rasgo más característico de la calle. No podía pasar por delante de ella sin pararse a mirar los saquitos abiertos y coronados de nombres que fulguraban como luces de Bengala: pimienta de Tacari, nuez moscada, madreclavo…

 

 

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