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Posts Tagged ‘grito’

I

Escuchó un grito terrible que lo estremeció. Apartó las ramas del arbusto detrás del cual se resguardaba. Critias andaba perdido. No sabía adónde iba ni en dónde estaba Una desazonante inquietud no lo abandonaba en su deambular por ese bosque desconocido.

Entreabrió la madroñera. La vegetación era densa.

Estaba escrutando los alrededores con los ojos arrugados cuando otro grito desgarrador hizo que su corazón bombease la sangre más aprisa. Sentía los latidos en las sienes y las manos le sudaban.

El dolor no era la causa de esos alaridos. Una garganta femenina los había proferido. El timbre así lo indicaba. La de un hombre no podría emitir semejante sonido agudo. Si lo intentase, sus cuerdas vocales se romperían como las de una lira tensadas en exceso.

No eran gritos de dolor ni de miedo. Eran vehementes invocaciones que perforaban los tímpanos y ascendían a los cielos con la velocidad de una saeta. Critias no veía a nadie. Había demasiados árboles, demasiada maleza.

El tiempo discurría con exasperante lentitud. Finalmente distinguió a un grupo de mujeres con el peplo desgarrado y los pelos revueltos.

Descalzas y desmelenadas formaban un caótico cortejo encabezado por la que aullaba. Las mujeres giraban y daban traspiés. Estaban ebrias.

Una de ellas, no la que dirigía la comitiva enarbolando un tirso rematado por una piña con cintas de colores, llevaba una criatura ensangrentada en sus brazos.

El horror se apoderó de Critias. Esa mujer transportaba un animal despellejado cuya cabeza se balanceaba al compás de los saltos y trompicones de su portadora.

Cuando el tirso y la víctima eran alzados al mismo tiempo, el grito se generalizaba. Las ménades se mesaban los cabellos y añadían nuevos jirones a su túnica.

En esos momentos de frenesí a Critias lo invadía el pánico. ¿Qué harían con él si lo encontrasen? Lo despedazarían. Este pensamiento le cortó la respiración.

Por otro lado, esas imágenes turbadoras lo fascinaban. No podía apartar la mirada de ese delirante cortejo que atravesaba el bosque al amanecer. Las mujeres habían pasado la noche en él, entregadas a ceremonias y correrías inimaginables.

Hasta el hombre agazapado detrás de la madroñera llegaba la onda expansiva generada por el furor de las ménades. Todo lo que esa fuerza ciega alcanzaba se doblegaba a su poder. Los miasmas orgiásticos se infiltraban en el torrente sanguíneo.

Eso era más de lo que Critias podía soportar. Su carne se separaba de los huesos. No lograba discernir si esa sensación era placentera o dolorosa.

Casi todas las mujeres habían extraviado la corona de laurel y pámpanos. Unas pocas la conservaban ladeada en la cabeza. Los tallos de las destrenzadas guirnaldas semejaban largos espolones.

Las ménades habían perseguido y acorralado a su presa. Luego la habían despellejado. Estaban llenas de magulladuras, arañazos y manchas de sangre.

El demencial cortejo, entre gritos de júbilo, se alejó perdiéndose en la espesura.

Aunque no hacía mucho tiempo que había amanecido, cayó la noche. Una oscuridad compacta envolvió a Critias. Se oyó un último aullido que fue apagándose como un eco.

La negrura lo absorbía todo. La memoria de Critias fue diluyéndose. Lo primero que olvidó fue su nombre.

 

 

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V

Un grito que se superpuso nítidamente al estrépito de la lavandería, me desconcertó. Procedía de detrás de la puerta de cristales esmerilados.

Los negros seguían entrando y saliendo por ella con toda normalidad.

Me mantuve a la expectativa, cuestionando la realidad del grito. Un lamento disipó mis dudas.

Mi oído no me había engañado. Algo horrible sucedía detrás de esa puerta.

A lo mejor estaban torturando a alguien. Pero no pensé en huir, en ganar la calle y contar que se estaba cometiendo un crimen en la lavandería al primer transeúnte que me encontrara.

No consideré esa posibilidad. Antes bien, un impulso halaba de mí hacia la habitación del fondo.

Con la vista fija en los cristales opacos, eché a andar.

A medida que me acercaba, en el rostro de los negros que se cruzaban conmigo, advertía un alarmante regocijo.

Ese relámpago que iluminaba sus facciones, me confirmó en la sospecha de que me dirigía a un desastre seguro.

Arrastrado por esa fuerza que se imponía al instinto de supervivencia, a sabiendas de que estaba quemando las naves, empujé la puerta.

Me embargó un sentimiento de profanación. Esta vez era consciente del alcance de ese acto. Pero no podía hacer nada por evitarlo.

No daba crédito a mis ojos. Eran uno servicios.

De la sorpresa pasé a la estupefacción cuando comprobé que no eran unos servicios normales.

De grandes dimensiones y alicatados de blanco, no había mingitorios sino una tubería de plomo horadada regularmente de la que salían los correspondientes chorritos de agua.

Por debajo de la tubería que recorría las cuatro paredes, había un canal con un sumidero en cada ángulo. Delante del canal se alzaba una plataforma de medio metro de ancho.

Un negro orinaba plácidamente en ese momento.

Estaba mirando la pared de la izquierda que no llegaba al techo cuando se oyó de nuevo el mismo grito, ahora más matizado.

Era el alarido de alguien a quien estaban martirizando. El grito de dolor fue seguido de forcejeo, como si la víctima pataleara por liberarse.

Yo permanecía junto a la puerta, paralizado de terror. Una vez aliviado, el negro se volvió y me observó. Desde que traspuse el umbral de la lavandería, los empleados me habían ignorado.

Este no sólo reparó en mí sino que me enseñó su blanca y perfecta dentadura en lo que supuse era una sonrisa.

Incluso pensé que iba a echarse a reír. Pero no soltó una carcajada. Bajó de la plataforma, cruzó la habitación con paso atlético y, en un alarde de agilidad felina, se encaramó en el tabique cortado, dejándose caer por el otro lado.

Subí a la plataforma y traté de asomarme. Estaba extrañamente lúcido.

Por tercera vez se oyó el grito que fue disminuyendo hasta morir. Luego hubo una serie de voces guturales, borboteos y otros sonidos difíciles de identificar.

Me retiré del tabique. Retrocedía en dirección a la puerta cuando algo blando se estrelló contra mí llenándome todo. En esta ocasión fui yo quien gemí. Era una bolsa de sangre caliente.

 

 

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