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III

Julio se pregunta: “¿Cómo ha podido suceder? Y mira los desangelados bloques de pisos, las innumerables ventanas, los coches aparcados.

Apoyado en la baranda de la terraza, fuma un cigarrillo mientras Marina se arregla.

“Procura ser amable con mi madre. No seas tan seco como de costumbre” “Sí” “No te cuesta trabajo interesarte por su salud” “Sí” “A las personas mayores les gusta que les presten atención” “Sí” “Deja de decir sí”.

Marina lleva un vestido azul que la favorece. “Se hace tarde. Vamos”.

Quedan pocas horas para que el día acabe, para que lleguen esos secretos instantes que lo redimen. En el ascensor toca preguntar: “¿Cerraste los grifos?” “A ver si cambias el disco”.

Julio sonríe interiormente. Hace tiempo su mujer dejó abierto el grifo del fregadero con el tapón puesto. Cuando regresaron, el piso estaba encharcado.

Julio se promete una vez más cambiar el disco, como dice irritada Marina. Pero la inercia convierte en hábitos las palabras y los gestos. ¿No se dan los buenos días aunque esté lloviendo a cántaros?

Por el camino ella insiste en que se muestre más educado y comunicativo con su madre, cuyo cúmulo de dolencias hastía a Julio. Esta vez se abstiene de decir sí.

Piensa: “Mi dulce compañera, mi bienamada, mi bálsamo, mi fiel aliada, ¿cómo, sin tu ayuda, me atrevería a enfrentarme a esa cotorra cuyos únicos temas de conversación son las enfermedades y los chismes del barrio? ¿De dónde saco fuerzas para soportar sus suspicacias y sus enfurruñamientos sino de ti? ¿No eres tú la que me infundes la serenidad necesaria?”.

“Ya hemos llegado”. Julio susurra: “Horror” “¿Qué has dicho?” “Nada” “Has dicho valor. Me he enterado”.

A Marina le chispean los ojos. “Te lo advierto: como estés grosero con ella, vamos a tener gresca”. Luego pulsa el timbre. Se oyen pasos y pestillos que se descorren.

“¡Sois vosotros! Pasad. Me estaba preguntando si os habíais olvidado de mí. Pasad”.

-o-

Julio de desviste con parsimonia. Se quita la chaqueta, el jersey. Con gesto inocente, repleto de ternura, los coloca en el sillón de terciopelo.

Durante meses ha estado elaborando un magnífico plan para destruir la ciudad, de la que no van a quedar ni los cimientos. Este prolijo sueño que ha requerido tanta concentración y entrega, está tocando a su fin.

Normalmente Julio no traza maquinaciones belicistas. Es más propenso a las tenues ensoñaciones de carácter amoroso. Sus aventuras y flirteos imaginarios son incontables. Pero últimamente los juegos eróticos han cedido su sitio a esa labor demoledora.

Gracias a su buena memoria que le permite almacenar todos los datos, incluidos los detalles más nimios, Julio realiza esta magna empresa sin recurrir al papel y al bolígrafo.

Arroja la corbata sobre la chaqueta. A medida que se desabrocha la camisa, nombra las fases de su plan cuyo recuento coincide con el número de botones. Este es el paso previo antes de continuar y perfeccionar esta fabulación.

Marina, como suele ocurrirle, se ha quedado dormida con el libro en las manos. Julio lo coge con cuidado, lo deja en la mesita de noche y apaga la luz de la lámpara con una tulipa naranja.

Alcanzado este punto, las miserias cotidianas y los sentimientos opresores se diluyen. Se quita los zapatos, los calcetines y los pantalones. Se pone el pijama. En su cabeza bullen nuevos sistemas de devastación.

Se mete en la cama, se encoge, se estira como un animal que se apresta al combate. Apaga su lámpara. Sus ojos perforan la oscuridad como los de una rapaz nocturna antes de emprender el vuelo.

Respira profundamente y dice quedo: “Las explosiones en cadena se sucederán como una traca gigantesca…”.

 

 

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II

Mientras se lava las manos, recuerda su filosofía de antaño. Lleva dos horas en el banco. Dos horas de amplias sonrisas y palabras amables. Está acostumbrado. Tan imbuido está de su profesión que a veces esa personalidad ficticia suplanta la suya verdadera.

Para evitar tales desmanes, va al aseo, se enjabona las manos, se las restriega suavemente, piensa en sus cosas.Y pierde la noción del tiempo.

Es tan eficiente en su trabajo, puede interesarse tan seriamente en las banales conversaciones de sus compañeros que sus sueños se burlan de él.

Mientras juguetea con la espuma, evoca sus primeros días en el banco.

“Fue mi época heroica. Pero de una heroicidad al revés. Al entrar se bloqueaba mi imaginación. Todo era nuevo, brillante, niquelado. Hablaba con unos y con otros. Iba presuroso al despacho del director, como si fuera cuestión de vida o muerte. Como si el mundo reposase en mis hombros. Llegué a considerarme importante. A veces me faltaba el aire. Debía pararme y respirar hondo. Poco a poco me acostumbré a esta vida de sonrisas permanentes, de gestos estereotipados. Incluso el ficus que decora un ángulo de la sala, es una imitación de plástico que la mujer de la limpieza frota con una bayeta húmeda todos los días hasta dejarlo lustroso.

“Luego vinieron los paréntesis. Tímidamente me fui haciendo algunos huecos a lo largo de la jornada, poniendo cuidado en que nadie sospechase nada. Pero estos paréntesis no me satisfacen. Debo cambiarlos de continuo si no quiero ser descubierto. No me relajo lo suficiente. Al final hay que volver a la sala profusamente iluminada con un ficus artificial en una esquina”.

-o-

El bar se llama “La alegría”. Está a espaldas del banco. Mitad bar, mitad tienda de comestibles especializada en quesos y conservas, el mostrador está dividido en dos partes, aunque los clientes no respetan esta distribución y se acomodan donde les parece.

A las tres “La alegría” se llena de encorbatados burócratas que vienen a tomar el aperitivo antes de coger el coche o el autobús.

Antes Julio y sus compañeros han frecuentado otros bares. Por aburrimiento o por novelería acaban cambiando.

Mientras esperan a Margarita, que es cajera en un supermercado, intentan recordar los cinco últimos establecimientos de los que han sido asiduos. Se cansan pronto del recuento. En sus cabezas se mezclan el nombre de todos los bares de su vida: los del desayuno, los del aperitivo, los del barrio e incluso los de sus años de estudiantes.

Romualdo, un compañero, pregunta: “¿Por qué no llega?”. Josefina, otra cajera, responde: “Estará pintándose”. Julio dice: “Vamos acercándonos a La Alegría, ya nos alcanzará”. “No, que se enfada” replica Josefina, “ya sabes lo picajosa que es”.

“¿Qué vas a hacer este fin de semana?” pregunta Romualdo a Julio. “No sé. Nada de particular” “¿Por qué no venís a la casita que tenemos en el pueblo?”. Josefina, poniendo cara de ofendida, dice: “¿Y yo?” “¿Qué vas a hacer con dos matrimonios?” “Ya”.

“¿Venís?” insiste Romualdo. “Lo consultaré con mi mujer. Mañana te doy la respuesta”.

Por fin aparece Margarita debidamente maquillada. “¡Ya era hora!” exclama Josefina.

 

 

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La traca gigantesca (I)

I

Se mira en el espejo, abre la boca, saca la lengua. Se observa. Luego se cepilla los dientes. Cada mañana realiza las mismas operaciones. Cada mañana se pregunta si conseguirá llegar al final de la jornada, si no se atascará a la hora de almorzar, a media tarde o ya mismo.

Un conato de náusea lo obliga a arrojar en el lavabo la espuma del dentífrico. Se refresca la cara y el cuello con agua fría.

A continuación enumera todos y cada uno de los actos ejecutados hasta ese momento. No compulsivamente sino recreándose en el recuento, tratando de extraer una enseñanza de esa cadena de trivialidades que con matemática precisión cumplimenta día tras día.

Levantarse, ir al cuarto de baño, mirarse en el espejo, abrir la boca, sacar la lengua…

“Ahora entraré sin hacer ruido en el dormitorio cuya puerta he dejado entornada, y con la claridad procedente del salón me quitaré el pijama, me pondré los pantalones, la camisa, el jersey de pico, la chaqueta, los calcetines, los zapatos. Sigilosamente. Para no despertar a Marina. Saldré. Regresaré a este lugar y me peinaré. A continuación apagaré las luces, palparé los bolsillos para comprobar que tengo el pañuelo, la cartera, las llaves. Que no se me olvida nada. Que todo está en orden”.

-o-

Esperando el ascensor encuentra a Mario que, esforzándose en imprimir un tono festivo a sus palabras, le dice: “Hoy te toca invitar”.

Julio esboza una sonrisa y asiente. Cambiando de registro, Mario declara: “Esta noche he dormido fatal. No sé qué me ha pasado. No he pegado ojo”.

Se le nota en la cara. Julio dice: “A mí también me ocurre a veces”.

El ascensor se detiene. El portal está a oscuras. Mario pulsa el interruptor. Todavía es de noche.

Los dos hombres caminan un trecho y entran en “Casa Paco”.

“Hoy vamos retrasados” “Vamos como siempre” “Entonces tengo adelantado mi reloj”.

Paco, sin preguntar nada, les sirve los cafés.

Julio piensa: “Tomarme el café. Mirar el garrote que cuelga del techo. Leer el cartel que previene a los clientes de lo que puede sucederles si se van sin pagar”.

Mario exclama: “¡Son las siete y media! Lo han dicho en la radio”. Julio abona las dos consumiciones. Se despiden del dueño del bar.

“Ahora que este no arranque” masculla Mario acomodándose en el coche. Por fortuna el motor se pone en marcha a la primera.

En tres minutos desembocan en la avenida. La tranquilidad del barrio queda atrás.

 

 

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