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Vivir, viajar

 

 

 

Antonio Pavón Leal

Marzo 2014

 

 

La vida como viaje, el viaje de la vida, una y otro como aprendizaje, gozo, iniciación, interiorización, padecimiento, fastidio. Estos temas, a menudo entrelazados, tienen una larga tradición literaria. La nómina de intrépidos viajeros, incluyendo naturalmente a los inmóviles, a los que no abandonaron apenas su ciudad y a ella asociaron la aventura de vivir, es muy amplia. Hay para todos los gustos.
Desde los albores de la historia, en que surge el legendario héroe Gilgamesh que parte en busca de la inmortalidad, hasta nuestros días plagados de turistas compulsivos, el viaje está inextricablemente unido al hecho de vivir.
Se viaja para conocer, para descubrir nuevos horizontes, para profundizar en el alma humana, ¿no es ése también el objetivo de la vida?
Citemos entre los grandes viajeros a Lovecraft que, tras una estancia relativamente corta en Nueva York, regresó a Providence de donde, a excepción de algunas esporádicas escapadas, no salió el resto de su vida. Después de divorciarse, allí se instaló en compañía de sus tías y allí murió cuando le llegó la hora. En la lápida de su tumba está escrito: “I am Providence”.
A Baudelaire que, al llegar a la isla Mauricio, interrumpió su gran viaje a Calcuta y se volvió a París. Ni la travesía en barco ni el trato con los otros pasajeros (oficiales y comerciantes) fueron de su agrado. La vida licenciosa y literaria que llevaba en la capital era más atractiva. Y salvo los dos años que pasó en Bruselas, en el último tramo de su peregrinar, su cuartel general fue París.
A Pessoa, a Kavafis, asociados respectivamente a Lisboa y a Alejandría, a Emily Dickinson, enclaustrada en una habitación, entre otros.
El viaje es un trasunto de la vida y ésta, incluso la más sedentaria, incluso la más anodina, un recorrido temporal por la selva humana.

 

ÍNDICE

I – [Vivir no es otra cosa]
II – Ulises
III – [Tontamente pensaba]
IV – [El viaje es una tregua]
V – [La vida, ya se sabe]
VI – [Viajar es un paréntesis]
VII – [La vida se sostiene]
VIII – [Viajar es adentrarse]
IX – [Vivir en la cresta de los días]

 

Libro en formato PDF: Vivir, viajar

        

 

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Para enfrentarme a la rutina diaria, uno de los pocos recursos de que disponía era crear historias. Los resultados de esta treta para burlar a la chata realidad circundante no siempre eran satisfactorios. A veces la historia que estaba montando perdía de sopetón todo su encanto.
Hilaba historias apasionantes e inverosímiles. Historias descabelladas. Historias para ser susurradas al oído de alguien. Historias subversivas, eróticas, sin pies ni cabeza. Fabulosas historias de tesoros escondidos. Historias realistas en las que el detalle se cuidaba al máximo. Historias ambientadas en Sevilla o en Pernambuco. Historias en las que aparecían cientos de personajes cuyas vidas se entrecruzaban por un momento. Historias centradas en una sola voz o en la recreación del siglo de Pericles. Historias vanguardistas con latas de conservas vacías que rellenaba de ocultas significaciones. Conmovedoras historias con o sin moraleja. Historias divinas y humanas. Historias que incluían un descenso a los infiernos o un ascenso a los cielos. Historias al estilo de Lovecraft. Historias futuristas cuya acción transcurría en el planeta BXZ 27853. Historias preñadas de presagios. Historias familiares, pueblerinas, efímeras, sugerentes.
Como Penélope tejiendo y destejiendo sin cesar el mismo velo, así yo, para combatir el tedio, forjaba historias que no me era necesario deshacer al amparo de la oscuridad, pues ellas solas, con mayor o menor prontitud, cual pompas de jabón, estallaban.
El trabajo de Penélope y el mío coincidían en otro aspecto. Ambos aspirábamos a engañar. Ella a sus numerosos pretendientes, yo al tiempo. Ella, con su tela inacabable. Yo, con mis infinitas historias.

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