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Posts Tagged ‘vientre’

                               XV
Había anochecido. A medida que transcurría el tiempo, el zangolotino iba perdiendo la confianza en los otros. Con seguridad habría sufrido un ataque de nervios, de hecho empezaba a faltarle el aliento, si no llega a ser por la intervención de dos hombres que regresaban a sus casas.
Cuando los adultos aparecieron, prevalecía la opinión de que había que ir a buscar a un herrero para que, con el utensilio adecuado, doblase o cortase el barrote. A nadie se le escapaba, empero, las dificultades de esa propuesta.
Los hombres se acercaron e identificaron al niño atrapado moviendo la cabeza en señal de desaprobación. Después de asustar a la concurrencia, que ya lo estaba, con dar parte a la guardia civil, al alcalde e incluso al juez de paz, y soltar un sermón condenando ciertos juegos que podían desembocar, y ahí tenían la prueba, en desgracias personales, pusieron manos a la obra.
Uno de los adultos aseguró que si había entrado, tenía que salir.
Primero estudiaron con detenimiento la situación e intercambiaron impresiones. Luego empezaron a manipular al imprudente recurriendo a la maña más que a la fuerza, pues no se trataba de desmembrarlo sino de liberarlo.
El otro adulto, que había escuchado un retazo de la discusión de los chiquillos, comentó con sorna que harían bien en ir a buscar una sierra, un serrucho o una segueta. Necesitarían cualquiera de esas herramientas no para cortar el hierro sino las orejas de ese mocoso, las cuales eran el obstáculo para que saliese la cabeza, como el vientre lo era para que entrase todo el cuerpo.
Los compadres, colocados al lado del niño, con la punta de los dedos, pegaron las orejas encarnadas y calientes al cráneo. Luego uno de ellos apoyó su mano libre en la coronilla y empujó suavemente.
Aplausos y gritos de júbilo rubricaron el éxito del rescate todavía incompleto. Pero lo más difícil ya estaba hecho.

 

 

 

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                                XIV
En primer lugar pasó la pierna derecha por encima del hierro transversal que, circunvalando la columna, recorría toda la verja. Espernancado como estaba, tuvo ocasión de verificar un detalle que, si no hubiese sido por su obnubilación, lo habría hecho desistir: su vientre protuberante encajaba a duras penas en la estrecha abertura.
El niño giró la cabeza y la puso en paralelo con la columna y el barrote. Luego la acercó lentamente ajustándola por ambos lados. Su respiración era entrecortada y estaba sudando. Con los dientes apretados, se dispuso a hacer el esfuerzo definitivo.
Una gran aclamación le confirmó que lo había conseguido. Tragó saliva y abrió los ojos que involuntariamente había cerrado. La cabeza estaba dentro. Ayudándose con las manos trató de pasar el resto del cuerpo, pero estaba encajonado de tal forma que tuvo que desistir.
Varios niños reaccionaron y se pusieron a tirar de él. Pero, con su mejor voluntad, sólo lograron arrancar quejidos y protestas a la víctima.
Dos chavales se colaron con una facilidad asombrosa. Ellos desde dentro y otros desde fuera se aplicaron a la tarea de devolver la libertad al pobre incauto, cuya cabeza había entrado pero que ahora no salía.
Los niños empezaron a intranquilizarse al comprobar que, ni siquiera sumando sus fuerzas, eran capaces de sacar del atolladero al zangolotino que se había puesto de todos los colores, y que, conteniendo las ganas de llorar, escuchaba la discusión sobre posibles soluciones en que se habían enzarzado sus compañeros, la cual llevaba trazas de eternizarse.
Algunos, a la chita callando, escurrieron el bulto atemorizados por el feo cariz que estaba tomando ese asunto.

 

 

 

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