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24 de julio de 2013 03395.-Me pregunta Emma: “¿Cómo consigues no discutir?” “No lo consigo siempre, aunque es verdad que no entro al trapo con tanta facilidad como tú” “Reconozco que no puedo quedarme callada cuando estoy en desacuerdo, algo me solivianta o escucho un disparate” “Es arduo, desde luego, mantener la calma en esa tesitura. Mi clave, si de tal cosa puede hablarse, es bien sencilla. Parto de la base de que el otro es más fiera que yo. Y ciertamente es un recurso que funciona.”

“El otro” replica Emma “no sale bien parado en esa valoración apriorística” “Procedo con discernimiento. Hay mucha materia que está sujeta a opinión. Tú tienes la tuya y yo tengo la mía. De idiotas es discutir sobre colores y sobre muchas cosas más. De gustibus non est disputandum. Si nos atenemos a esa sabia recomendación, descartamos de entrada una cantidad ingente de motivos para porfiar.

“En una discusión el factor psicológico es de capital importancia. Este dato puede calibrarse rápidamente. Tan pronto como la otra persona abre la boca, queda claro el talante que se gasta.

“En cuanto detecto que el otro no quiere dialogar sino arrollar, que escuchar no le interesa en absoluto, que tratar de meter una cuña en ese soliloquio implica una lucha agotadora, concluyo que el otro es más fiera que yo. Que en esa confrontación llevo las de perder. Que no vale la pena que pierda mi tiempo y mi energía con un energúmeno. Que lo más sensato es darle cuanto antes la perra gorda y finalizar la entrevista.

“Callo, lo cual no quiere decir que otorgue. Callar, en este caso, equivale a aguantar el chaparrón. No va más allá de ser un comportamiento mínimamente educado con el que se trata de abreviar una situación incómoda.

“Callar equivale a obsequiar al interlocutor con la última parrafada. Si no es un obcecado, toma conciencia de su desconsideración. Y si lo es, se va la mar de contento pensando que se ha llevado el gato al agua.

“Cada vez estoy más convencido de que no vale la pena discutir por nada. Hay muy pocas cosas en la vida que se merezcan un acaloramiento verbal, que justifiquen cualquier tipo de agresividad”.

“Suena razonable” replica Emma, “pero a mí me resulta difícil mantener esa actitud estoica” “No hay estoicismo sino simple deseo de acabar y ese es el camino más corto. Si los demás se ponen burros, la solución no es que tú te pongas más burro que ellos. De esa forma lo único que se logra es organizar un concierto de rebuznos”.

“¿Debo entender eso como una alusión?” dice Emma medio en broma medio en serio. “¿Cómo puedes pensar tal cosa? Conozco a pocas personas tan respetuosas y empáticas como tú”.

 

 

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                                XIV
En primer lugar pasó la pierna derecha por encima del hierro transversal que, circunvalando la columna, recorría toda la verja. Espernancado como estaba, tuvo ocasión de verificar un detalle que, si no hubiese sido por su obnubilación, lo habría hecho desistir: su vientre protuberante encajaba a duras penas en la estrecha abertura.
El niño giró la cabeza y la puso en paralelo con la columna y el barrote. Luego la acercó lentamente ajustándola por ambos lados. Su respiración era entrecortada y estaba sudando. Con los dientes apretados, se dispuso a hacer el esfuerzo definitivo.
Una gran aclamación le confirmó que lo había conseguido. Tragó saliva y abrió los ojos que involuntariamente había cerrado. La cabeza estaba dentro. Ayudándose con las manos trató de pasar el resto del cuerpo, pero estaba encajonado de tal forma que tuvo que desistir.
Varios niños reaccionaron y se pusieron a tirar de él. Pero, con su mejor voluntad, sólo lograron arrancar quejidos y protestas a la víctima.
Dos chavales se colaron con una facilidad asombrosa. Ellos desde dentro y otros desde fuera se aplicaron a la tarea de devolver la libertad al pobre incauto, cuya cabeza había entrado pero que ahora no salía.
Los niños empezaron a intranquilizarse al comprobar que, ni siquiera sumando sus fuerzas, eran capaces de sacar del atolladero al zangolotino que se había puesto de todos los colores, y que, conteniendo las ganas de llorar, escuchaba la discusión sobre posibles soluciones en que se habían enzarzado sus compañeros, la cual llevaba trazas de eternizarse.
Algunos, a la chita callando, escurrieron el bulto atemorizados por el feo cariz que estaba tomando ese asunto.

 

 

 

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