Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Cuentos’ Category

Lo que tengas que decir, dilo directamente, sin jugar a responsabilizarme, a pillarme en falta, a dejarme en evidencia por algo que he hecho o he dejado de hacer. Sin buscarle tres pies al gato. Sin circunloquios. Sin reticencia.
Esa estrategia de culpabilizar es un pésimo recurso.
Seguramente se trata de un automatismo, de una grabación introyectada en la primera infancia que salta sola.
Tengo, según creo, suficientemente asumidas mis obligaciones. Tengo defectos y olvidos. Pero no tengo una conciencia deliberada de escaqueo o de inhibición.
Por eso no me gustan esas actuaciones sesgadas cuyo objetivo es mostrar o demostrar que no estoy a la altura de las circunstancias.
Te ruego que no me busques las cosquillas, que no conviertas cualquier asunto en una cuestión de honor o, todavía peor, en una cuestión de poder. Te ruego que no te enzarces en una discusión por una bagatela.
Esa es la forma más eficaz de destapar la caja de los truenos o, cuando menos, la de las mezquindades y los rencores.
Este proceso trae de reata el malestar y los reproches a uno mismo por haberse dejado arrastrar a otra trifulca, por no haberla cortado a tiempo, por no haber sido capaz de mantenerse en su sitio.

-o-

Ricardo calló y se quedó mirando la estructura móvil que colgaba del techo. Bastaba que alguien pasase a su lado para que las plumas de colores se estremeciesen y las varillas metálicas resonasen. Según Raquel, era una escultura muy receptiva. Quizás por esa razón, él se había puesto a darle unas explicaciones que no le estaban destinadas.

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Read Full Post »

Te estoy sumamente agradecido por los servicios que me has prestado durante la estación invernal. Sé que las palabras sobran. No obstante, no quiero guardármelas.
Desarrollando tu actividad, imprimes sentido a tu vida. No te hacen falta justificaciones, ni siquiera salario.
Estos meses de silenciosa dedicación, en los que siempre estabas a mano cuando te necesitaba, me han hecho pensar y plantearme algunas cuestiones.
En ti está la clave de la existencia, en ti que careces de aspiraciones. En ti y no en los que se creen en posesión de un “ars vivendi”, del que suelen alardear.
Durante este tiempo te he visto realizar tu trabajo sin rezongar ni remolonear. Las protestas y las insolencias te son ajenas.
Por circunstancias que no requieren explicación, te tienes que marchar y no nos volveremos a ver hasta bien avanzado el próximo otoño.
No quiero que partas sin antes decirte que eres un referente ético. Y todavía más: una lección de saber estar, de saber hacer, de saber aceptar los acontecimientos.
Ahora tienes que irte. Así son las cosas. Pero estoy seguro de que podré contar contigo cuando llegue el momento.
Tu humilde presencia, tu disponibilidad, la certeza de que regresarás con las lluvias otoñales, contribuyen a cimentar mi confianza en el mundo y a profundizar mi felicidad.

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Read Full Post »

Sus recuerdos estaban tan difuminados que era incapaz de reconstruir los rasgos de la cara, de pintar el color de los ojos y del pelo, de precisar el timbre de la voz.
El abandono prematuro había condicionado el conjunto de sus posteriores relaciones con los demás.
Tan pronto como su pareja de turno le manifestaba su deseo de tener un hijo, él empezaba a replegarse.
La insinuación de la chica removía el cieno de esa vieja historia de ausencia, nunca superada, vivida por él como un injusto destierro.
Al principio se escapaba por la tangente, pero tarde o temprano llegaba el fatídico momento de dar la cara. Su respuesta era invariablemente negativa.
Su problema contaba también. Dejando a un lado su introversión, su falta de confianza, su inexpugnable reserva, él sufría crisis a las que gráficamente denominaba cortocircuitos.
Estos fallos lo desconectaban de la realidad. Según uno de los médicos consultados se trataba de una “disfunción psíquica” que no revestía gravedad, y que estaba relacionada con su tendencia a la ensoñación.
La semana pasada, en casa de su última ex novia, se repitió como una maldición la escena final de este drama.
Ella le había ofrecido una copa de un licor con sabor a violetas. En la etiqueta de la botella se leía “Parfait Amour”. Él fue consciente de lo que se avecinaba.
La empalagosa bebida no tardó en convertirse en jalea de gasolina, que inflamó los ánimos y provocó una explosión de reproches, acusaciones, gritos y gestos de abatimiento.
Se volvió a preguntar si, al principio, antes de que su padre desapareciera, hubo amor. La respuesta fue afirmativa. Un gran amor frustrado que lo inhabilitaba para asumir la paternidad.

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Read Full Post »

El ídolo

Entrada la noche, siento la llamada imperiosa y me adentro en esas calles oscuras y torcidas.
¿Mi alma no aprecia la belleza del mundo, no se contenta con ella y por eso desciende al antro en el que se rinde culto al ídolo?
Mientras me pierdo por esos andurriales, me hago esa pregunta.
Quiero desvelar el secreto de mi fascinación por el ídolo ante el que, a pesar de mis rebeliones y mis propósitos de enmienda, acabo postrándome.
Esa imagen merece que la destruyan, y que luego esparzan los pedazos por los cuatro puntos cardinales para que nadie pueda recomponerla y ofrecerla a la adoración, para que nadie pueda entregarse a esos ritos, de los que se regresa mustio y cabizbajo.
¿Cuántas veces, a la vuelta, me he preguntado por qué no me sacudo ese yugo y me convierto en un hombre libre, por qué no dejo de ser un despreciable idólatra?
Pero soy consciente de que carezco de fuerza para tomar y, sobre todo, mantener esa decisión.
Alguna vez me he plantado y no he ido. Pero ese arrebato es la rabieta de un niño que acaba cediendo.
El ídolo ejerce su tiranía sin aspavientos ni alboroto. En sus toscas facciones de gran manitú se lee la certeza de quien se sabe dueño de los círculos viciosos por los que vagan sus fieles, a los que contempla indiferente desde su hornacina en penumbra. La certeza de quien sabe que ellos por sí solos no serán capaces de salir del laberinto.
También yo lo creo. Sólo un acontecimiento imprevisto, una intervención providencial, un desastre, pueden imprimir un giro a esta situación y hacer que prevalezcan los beneficios del aire, del sol y de la lluvia.

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

I
Me levanto temprano, hago las cuatro cosas necesarias y bajo la escalera deslizando la mano por la barandilla.
Empiezo un nuevo día, aunque todos son tan parecidos que, al recordarlos, resulta difícil distinguir uno de otro.
Mi vida se circunscribe a un único episodio. Toda ella está contenida en la cadena de actos anejos al hecho de recorrer la misma calle incansablemente.

II
La calle está silenciosa. A otras horas del día está bastante animada pero a las siete los vecinos duermen todavía.
No todos. Cuando paso delante del número seis, el viejo está en el portal con el libro.
Se acerca a la puerta y me lo muestra. “Léelo” me repite, “no pierdes nada”.
Sostiene el libro con una mano y lo señala con el índice de la otra.
El viejo tiene una barba larga y puntiaguda. Su cara me recuerda la de un animal doméstico: un gato o un perro.
Un transeúnte aparece por una esquina. Avanza con determinación pero sin prisa. Se me antoja que viene de lejos y aún le queda un largo camino. Pienso en peligros, naufragios y tribulaciones. Mi imaginación se puebla de mares, desiertos y ciudades.
Lleva la cabeza ligeramente inclinada, como si fuera meditando. De su hombro cuelga un bolso.
Una camioneta traqueteante profana la quietud de la calle en cuyo irregular adoquinado abundan los baches. Sin dejar de andar me vuelvo para contemplar cómo se aleja el ruidoso vehículo.
Tropiezo y, tras dar varias zancadas desiguales, caigo.
No hay nadie. Nadie ha sido testigo de ese ridículo percance. Si alguien me descubriera arrodillado en el suelo, creería que estoy rezando.
Me duelen los huesos y me he magullado la palma de la mano izquierda.
Quiero levantarme rápido pero no puedo.
Observo la calle, tan recta, sus edificios de fachadas roñosas, sus ventanas cerradas, sus portales oscuros, sus tiendas de olores abigarrados e intensos, sus bares de clientela fija, observo la calle que ando y desando tantas veces al día.
La calle a la que estoy condenado. La calle de la que nunca podré evadirme. La calle que en determinados momentos suscita en mí un rechazo visceral, aunque en verdad no la odio.
No sin trabajo me pongo en pie. Me sacudo los pantalones. Me masajeo las rodillas. Reemprendo la marcha cojeando levemente.

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

La sibila

Estaba sentada en el alto trípode ante el que se abría la grieta como una boca deforme.
Los emisarios de la ciudad le expusieron la razón de su visita que era, otra vez, la guerra. Querían saber si debían aliarse o no con sus vecinos frente a la potencia extranjera o pactar con ésta para evitar la invasión.
La sibila, en su alto sitial de marfil, los miraba ausente. Ya había respondido anteriormente a esa cuestión. Y ellos fingían no captar el sentido de las revelaciones del dios. Se comportaban como sordos. En cualquier caso ellos tenían la última palabra. Tan presuntuosos eran y en tanta estima tenían su corto entendimiento.
A éstos o a otros ya les dijo: “Vuestra burda naturaleza es semejante a la del corcho. Sois incapaces de profundizar e incapaces de elevaros. No sois ni peces ni aves. No domináis ni el agua ni el aire. Estáis a merced de las corrientes y de los vientos”. Pero cuando una desgracia se abatía sobre ellos, peregrinaban hasta la gruta esperando que la sibila cayese en trance y a través de ella se manifestase la divinidad.
Ciertamente sus gestos descomedidos, sus visajes, sus inauditas contorsiones les inspiraban terror. Y sobre todo su voz inmemorial.
La delegación de notables contemplaba a la mujer de tez morena y ojos azules, que tenía recogido el pelo con una cinta del mismo color. Parecía en la flor de la edad o, más bien, sin edad.
En la cueva había varios gatos que se paseaban indolentes o permanecían echados, estudiando la escena con suprema indiferencia.
Un sapo gordo con la piel reluciente, al lado de la sibila, se puso en pie y se hinchó de aire.
Habían hecho un largo viaje en busca de una respuesta a sus problemas políticos. Una respuesta concreta a problemas concretos de alianzas y traiciones.
El último tramo del camino estaba bordeado de margaritas. Formaban a ambas márgenes una alfombra blanca y dorada que ningún suplicante se atrevió a pisar.
De la grieta que comunicaba con las entrañas de la tierra, salían nubes de gases cuyo olor sulfuroso impregnaba el recinto.
Sentada en su trípode, la mujer permanecía en una actitud solemne y distante.
Sus cabellos no se encresparon ni se puso a jadear echando espuma por la boca. De su pecho no se escaparon horrendos rugidos. No retumbó la voz del dios.
Los vapores provocaron náuseas en los miembros de la delegación. La sibila respiraba pausadamente, como si la hendidura, en lugar de fétidas emanaciones, exhalase ráfagas de brisa primaveral.

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

Qué mayor desgracia puede sobrevenir que dejarse atrapar en el sueño de los demás, que convertirse en un peón de sus expectativas, de su concepción de lo que es divertido, vale la pena o es conveniente hacer.
Pero esta vez rasgó esa telaraña invisible en la que tan a menudo había quedado preso. Esa telaraña de mallas tan seguras como los barrotes de hierro de una cárcel no pudo impedir la evasión.
El vaso que estaba lleno rebosó con una sola gota más. Era increíble, comentaron, esa reacción, increíble y desproporcionada.
Qué importancia tenía esperar una hora más. Pero eso era sólo la gota.
Le llovieron las críticas. Lo llamaron egoísta y maleducado. Lo acusaron de no tener que ver nada con nadie, de ir a lo suyo. Pero nada más lejos de la realidad. Nunca le pasó por la cabeza someter a los demás a sus propios sueños.
Estaba cansado de protocolos, de formulismos, de hacer lo correcto según normas implantadas por otros. Aun siendo consciente de que vivir en sociedad implicaba hacer concesiones, quería respetar su ritmo interior, su propio tempo.
La contemporización es un juego con sus reglas. Si éstas no se respetan o es el más desconsiderado quien impone las suyas, entonces no tiene sentido jugar.
No entendieron que cogiera el coche y se fuera sin decir adiós. No creían que un retraso de una hora fuese motivo suficiente para tomar esa decisión.
Pero ese retraso fue la última gota.
Cuando uno ha llegado al límite, cuando plegarse un centímetro más equivale a romperse, lo único que cabe hacer es tomar el portante.

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

III
Expulsando una bocanada de humo, Paquito dijo que había un medio infalible de averiguarlo. Si estaba interesado en este asunto, él le daría la clave.
Julián, un tanto escamado, hizo un vago gesto afirmativo.
“¿Tú con qué sueñas?”
Naturalmente Paquito no se refería a sus ambiciones sociales ni a sus pretensiones artísticas.
“El quid de lo que somos se encuentra en nuestras fantasías más íntimas. Ese espejo nos revela tal como somos en profundidad. Cuando nos miramos en él, la imagen reflejada es siempre verdadera”.
El perspicaz Paquito apagó el cigarrillo, encendió otro y prosiguió diciendo: “¿Qué bulle en tu cabeza cuando te desvelas y te pones a dar vueltas en la cama? ¿Qué fantasmas te rondan o te asedian? ¿Cuáles son tus sueños inconfesables?”.
Señalándolo con la mano que sostenía el cigarrillo, Paquito concluyó: “Con nuestras fantasías no jugamos. Tu audacia para realizarlas te permitirá ser no sólo un maestro de la pintura sino, lo que es más importante, un maestro de la vida”.
El silencio reinaba en el salón escarlata. No sólo el niño terrible del arte contemporáneo estaba deseoso de saber quiénes eran y qué exigían los asaltantes nocturnos de Julián. También los demás estaban expectantes.
El joven no veía en la cara de esas mujeres y hombres estragados la dicha subsecuente a la ejecución de sus propios delirios. A lo mejor no habían dado en la tecla todavía.
Las nubes se habían espesado y la grisácea luz exterior se había oscurecido. El salón escarlata adquirió un tinte lóbrego.
Julián respiró aliviado cuando llegó la hora de la despedida. Fue el primero en irse. No recordaba si había tomado el café que le había servido doña Gertrudis, la cual lo acompañó de nuevo por el largo pasillo.
El joven alcanzó a oír a Amelia San Miguel que decía: “Lo has asustado. Has sido malo” y risas entremezcladas con un golpe de tos.

.

.

.

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

II
Él tenía dotes de pintor, reunía los requisitos para estar allí. Desgraciadamente no se le ocurría nada, así que con una sonrisa bobalicona se limitaba a mirar a uno y a otro, según quien tomara la palabra.
En ese momento la tenía Amelia San Miguel que, arrellanada en una esquina del sofá, peroraba sobre el número exacto de vergajazos que son necesarios para andar derecho.
Paquito Herrera, en la otra esquina, no quitaba los ojos del aspirante a artista que empezó a sentirse molesto por esa actitud impertinente, así como también por el tema de conversación. Pero disimuló su incomodidad y puso a mal tiempo buena cara.
El número de vergajazos, apuntó doctamente Jorge Domínguez, varía según la naturaleza y la idiosincrasia de las personas. Y preguntó a Julián cuántos necesitaba él.
No tenía ni idea. Nunca se había planteado semejante cuestión. Ni siquiera era consciente de tener inclinaciones masoquistas.
No se trata de masoquismo, puntualizó doña Gertrudis. Julián advirtió que la situación lo estaba sobrepasando. En lugar de desenvolverse con mundanidad se sinceraba como un colegial pillado en falta.
Doña Gertrudis citó el caso de un conocido que sabía al milímetro las medidas de su correctivo.
Los contertulios en bloque reconocieron la sabiduría de ese señor y envidiaron su grandísima suerte, porque el que más y el que menos andaba perdido al respecto, ignorando ese dato preciso y precioso que los reconciliaría consigo y con el mundo.
Paquito Herrera, que hasta ese momento había permanecido en silencio, dirigiéndose a Julián, le espetó: “¿Y a ti qué te hace falta para ser feliz? ¿O ya lo eres?”
El interpelado se mostró confundido. Ignoraba si era o no era feliz. En cuanto a los medios para alcanzar ese estado, declaró que ojalá supiese cuáles eran. Su objetivo era ser pintor y abrirse camino en ese campo. Por eso estaba allí, en el salón escarlata. Todo lo cual fue expuesto en otro arrebato de ingenua franqueza.

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

 I
Estaba empeñado en introducirse en el círculo de doña Gertrudis y conocer a sus contados y selectos miembros, todos grandes figuras de las artes, entre los que destacaba Paquito Herrera.
Mientras subía la escalera del inmueble antiguo del centro de Madrid, le asaltaron dudas sobre si había hecho bien en aceptar la invitación que no había partido de la anfitriona, sino que se debía a los buenos oficios de una tercera persona, pues era él quien estaba empeñado en codearse con esos prestigiosos artistas que se daban cita en casa de doña Gertrudis.
Desechó su incertidumbre. Después del trabajo que le había costado conseguir el pase, no iba a dar media vuelta.
Llamaría a esa sólida puerta de nogal ante la que se encontraba y entraría.
Pensaba que iba a abrirle una asistenta pero fue la misma doña Gertrudis quien le dio la bienvenida. Este recibimiento infundió confianza a Julián Morales.
Más tranquilo, siguió a la dueña por un largo y sombrío pasillo hasta la habitación en la que ya se encontraban los demás.
En el centro había una mesa redonda de ébano. El suelo estaba cubierto con una alfombra escarlata a juego con las cortinas y el tapizado del sofá y de los sillones, color del que tomaba su nombre el salón. El verde botella fileteado de oro de algunos cojines ponía una nota de contraste.
En las paredes colgaban cuadros de los presentes y de otros pintores. En una consola de anticuario había estatuillas y objetos que, aunque lo pareciesen, no eran ceniceros. Al lado se erguía una lámpara de líneas ondulantes que miraba al techo, la cual daba un toque de originalidad a un salón tan convencional.
Por la ventana entraba la luz mate de un día nublado.
Tras las presentaciones, los saludos y el escaso interés que suscitó el recién llegado, la conversación siguió su curso sin que Julián supiera ni cuándo ni cómo intervenir, aun sintiendo la necesidad de que debía hacerlo so pena de quedar como un palurdo.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

« Newer Posts - Older Posts »