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Paisaje (XI)

 

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Arrastrando los pies, las manos a la espalda,
abriéndome un camino entre la multitud
que lo invadía todo, tratando de no hacerme
la obstinada pregunta que surgía en mi mente,
pues me habría abatido definitivamente
bajo la luz de neón descarnada, inclemente,
que teñía los rostros de un tinte cadavérico,
arrastrando los pies, cansino, resignado,
por entre tantas calles repletas de productos
que llegan hasta el techo, que a los ojos se ofrecen
seductores, mimosos, con música de fondo
interrumpida a veces por una bien timbrada
voz que te recomienda, te informa, te sugiere,
en este paraíso del consumo a destajo,
donde lo artificial, lo engañoso, lo falso
dominan por doquier, entre grandes ofertas,
compre dos lleve tres, estamos liquidando,
entre tantos montones de cosas tentadoras,
de carros rebosantes, de flamantes artículos,
de gente presurosa, de apelotonamientos,
de gente cachazuda con los carros vacíos,
de cajeras cansadas con ganas de acabar,
sin saber lo que hacer ni hacia dónde mirar,
abandonado ya a mi destino cruel,
me dirijo mareado hacia un rincón tranquilo
dentro de lo que cabe, y mis ojos se posan
con incredulidad en una rosa enana,
en una rosa roja de delicados pétalos,
en una cosa viva, perfectamente hermosa,
no sé de qué me asombro puesto que así es la rosa.

 

 

 

 

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III
Aquí está mi centro. El centro es el lugar donde todo tiene consistencia y realidad.
Allí son las afueras por donde uno vaga sin consuelo como las almas de los condenados en el infierno.
En ese destierro el tiempo y el espacio son irreales, desprenden un resplandor lunar que va calando en tu interior hasta convertirte en un fantasma.
En ese destierro te sientes ajeno a ti mismo, sufres un proceso de extrañamiento, los sentidos se embotan, la mente se nubla.
Aquí los gestos te incardinan en el mundo, no son repeticiones absurdas. La luz de este reino realza las formas y los colores. La vida se revela en sus inabarcables dimensiones.
Aquí la vida no es una pantomima, una fantochada, un relamido ballet. No es un paréntesis deprimente, una apostilla de difícil comprensión, un edificio de cimientos de arena.

IV
Olvidarme de ti equivaldría a morir de la peor de las muertes. Sería convertirme en un zombi. Como los que pululan por allí.
El centro es el lugar de la existencia y de la energía, el punto de intersección del tiempo y de la eternidad. En el centro convergen el pasado y el futuro que se condensan en un presente glorioso.
Es aquí y únicamente aquí donde se manifiesta lo real absoluto porque, no hace falta decirlo, éste es un enclave santificado por nuestros sufrimientos, nuestras alegrías, nuestras ilusiones, nuestros sueños.
Aquí, en esta casucha con su emparrado y su huertecillo, donde vives ahora con el porquerizo, está mi ónfalo, mi montaña, mi faro, mi imán. Aquí está el santuario donde las oraciones brotan puras y sinceras del corazón.
Incluso el mal ocupa aquí su lugar como algo incompresiblemente necesario.
Ayer estuve paseando por el pueblo, por ese laberinto de atracciones y repulsiones, por esa amalgama luminosa, por la matriz en que fuimos gestados, por el crisol en que nos forjaron.
Estuve recorriendo la Orujera, el barrio más antiguo de Las Hilandarias. A medida que me adentraba en sus calles pavimentadas de adoquines y subía sus cuestas, los recuerdos se reavivaban, me renovaba, me expandía.
Los adoquines se convirtieron en teselas de colores que figuraban peces, aves, plantas…y las calles en antesalas de un grandioso templo en cuyo tabernáculo se guarda el secreto de los secretos.
Aquí te dejo esta vela de cera de abeja. Esta modesta ofrenda. Esta prueba de que te tengo presente.

 

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I
No te he olvidado. Menos aún traicionado. A veces, ya sabes, las circunstancias se imponen y hay que doblegarse. La falta de tiempo, el cansancio, las obligaciones que anteceden a las devociones aunque éstas ocupen el primer puesto en tu personal escala de valores.
No, nunca he leído en tu mirada una crítica ni abierta ni velada. Nunca he detectado la más leve recriminación.
Soy yo quien me digo que tengo una gran facilidad para hilvanar explicaciones, una bochornosa habilidad para la autojustificación y la autoindulgencia.
No, nunca se te ha ocurrido dirigirme reproches. Pensarás que bastante tengo con ser un tramposo que se engaña a sí mismo.

II
Fui a buscarte a casa del porquerizo pero no estabas. El Belloto me dijo que habías salido a pasear. Seguramente, me indicó, te encontraría a orillas del arroyo donde te gusta sentarte a contemplar el agua y a escuchar su murmullo.
Pero tampoco estabas allí. Anduve de acá para allá pero mis pesquisas fueron infructuosas.
De vuelta a la casa, le comenté al Belloto que tu rescate, por llamarlo de una manera inapropiada y pretenciosa, es la tarea que da sentido a mi vida. Ya sé que estas palabras suenan a despropósito.
El rescate de ese mundo que tiene el poder de dotar de realidad a los actos, de hacerlos verdaderos, de revestirlos de belleza. De ese mundo de raíces tan profundas y del que ascienden pulsiones como derechazos que me dejan literalmente noqueado.
Con las vivencias primordiales no caben componendas. Puedo disfrazarlas o disfrazar mi cobardía con vistosos ropajes.
Pero cuando más emperifollado estoy, una de esas bombas explota en mis narices recordándome mi condición de desertor.
No voy a repetir las manidas razones de mi inhibición. Esos motivos ajenos a mi voluntad. Esas obligaciones que me desbordan. Mis propias limitaciones.
Aunque no me creas, y estás en tu derecho, estoy deseoso de recorrer estos caminos, de pasear por las calles del pueblo, de entrar en sus casas, de hablar con sus moradores, de cederles la palabra y escuchar religiosamente sus historias.

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Ciruelo en flor (I)

 

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En el bar donde recalábamos para tomar una copa, pegábamos la hebra con Arturo, un parroquiano que solía hojear el periódico distraídamente mientras paladeaba su vermut. Pensábamos que no era andaluz, tal vez por su acento neutro y su circunspección.
Tras ser interrogado al respecto por mi amiga Lucía, nos aclaró que sí lo era.
“Mi familia materna está asentada en esta región desde siempre. No así la paterna que vino de fuera. Mi abuela era asturiana y mi abuelo zamorano.
Como estaba comunicativo, siguió contándonos que fueron su abuela paterna y la hermana soltera de ésta quienes crearon el patrimonio familiar.
Cuando llegaron a Sevilla, se dedicaron al servicio doméstico. Trabajaron duro y, como ambas eran emprendedoras, primero alquilaron tierras de labor donde pusieron a trabajar al marido y a los hijos, y luego las compraron, de forma que a la vuelta de unos años eran dueñas o arrendatarias de varias fincas rústicas y urbanas en un pueblo de la provincia.
Arturo nos explicó que la primera generación acumula la riqueza con su sudor y su empeño. La segunda la mantiene. A la tercera, que era la suya, le corresponde la irresponsabilidad de dilapidar los bienes.
La tercera generación se despreocupa y malbarata. Y no es raro que acabe viéndose, como suele decirse, con una mano delante y otra detrás.
Los primeros hacen un gran esfuerzo. Los segundos, conocedores y beneficiarios de ese sacrificio, conservan lo recibido. Los terceros se limitan a vivir del cuento.
La cuarta generación es puesta a prueba y tiene que empezar de nuevo.
“La de tus hijos” apuntó Lucía. “Yo no tengo hijos” repuso Arturo.

 

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Paisaje (X)

 

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Escritos en el siglo X por el príncipe Ariwara No Narihira, estos ciento veinticinco cuentos incluyen siempre un poema y a veces varios.
El tema central es el amor, aunque también se abordan otros tan caros a la literatura oriental como la naturaleza y las estaciones.
En este libro donde abundan las metáforas, hay que destacar la del rocío que empapa las mangas del protagonista, y que es en realidad las lágrimas derramadas por el desafortunado amante.
Y la de la caprela, un crustáceo que cambia de caparazón rompiendo el viejo. El enamorado es otra caprela que rompe su corazón y se destruye a sí mismo.
Hay en este libro de contenido lírico poemas tan apasionados como el que figura en el cuento XXII:

Si de mil largas noches otoñales
Pudiera yo hacer
Una sola noche
Y durmiera junto a ti mil noches como ésta
No llegaría a saciarme

Cruzan sus páginas luciérnagas y ocas silvestres. El cuclillo canta. Los lirios y los crisantemos lo engalanan. Y las flores del cerezo, invocadas en este poema en el que se alude al paso del tiempo (cuento XCVII):

¡Oh flores del cerezo!
Volad cual nubes
Para que se borre
El camino de la vejez
Que llegar parece

Otra variante o interpretación de este poema puede ser ésta:

¡Oh flores del cerezo!
Volad cual nubes
Para que la vejez
Que llegar parece
No encuentre el camino

Los dos últimos poemas de este libro, por su intemporalidad, podrían haber sido escritos en cualquier época. Concisos, despojados de adornos, desvelan la condición humana, presidida por el misterio y la transitoriedad de la existencia.
El penúltimo poema (cuento CXXIV), precedido de una línea en la que se expone sucintamente que un hombre lo compuso, dice así:

Lo que pienso
Lo guardaré para mí
Simplemente
No existen hombres
Que sientan como yo

Y el último (cuento CXXV) muestra el asombro de un hombre enfermo que ve cercana la hora de la muerte:

Que hay un camino
Que es necesario recorrer
Había oído decir
Pero no pensaba que eso fuera
De hoy para mañana

 

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Arroyos

9 de marzo de 2013 065

 

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