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Archive for the ‘Fotos’ Category

El poeta

Él había querido ser poeta. Pero esta condición no se elige. No depende de uno serlo o no serlo. Tal vez de los dioses, del destino, de quién sabe qué fuerzas que se mueven libres por el mundo, que pasan raudas, sin musitar ni una triste sílaba en los oídos de la mayoría de los mortales.
Querer ser poeta es tan disparatado como querer tener el don de la profecía, la capacidad de ver el futuro y predecir los acontecimientos para ayudar a los hombres que, por lo general, rechazan esos angélicos intentos de apartarlos del abismo. Por lo general, prefieren caer y desnucarse.
No se trata de querer sino de ser elegido. Se puede estudiar y aprender técnicas, se puede ser un alumno aplicado, pero en este campo la diligencia no garantiza la realización de los sueños.
No es la inteligencia la que prevalece en los poetas sino su capacidad de oír y su disposición a servir.
No hay que entristecerse por ello. Las palabras que susurran los dioses enloquecen a menudo a los hombres o los hunden en la desesperación.
Esas palabras ligeras como hojas, cortantes como cuchillos, reveladoras y creadoras de misterios, son un regalo que sólo unos pocos reciben.
Él había soñado con ser un buceador del alma, un explorador de la belleza, un alquimista de la pedestre realidad, un intérprete de los arcanos, un mensajero de lo ignoto, un humilde portador y escanciador de palabras sagradas.
A veces le ocurría que se notaba ingrávido, como si fuera a ponerse a flotar de un momento a otro. Como si le hubiesen nacido alas que aún no sabía utilizar, pero que estaban ahí, en sus espaldas, para elevarlo a las alturas cuando llegase el momento.
A veces se sentía alado y ligero como los pájaros. A punto de emprender el vuelo. Tocado por la divinidad. Tembloroso.

 

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I
Los habían colocado en la habitación de en medio, larga y alta. El suelo era de ladrillos pulidos y barnizados.
Era un lugar fresco y acogedor, con el techo de madera, espejos, cuadros y una vitrina.
Entre los dos ataúdes había un cirio encendido que arrojaba una luz dorada a su alrededor.
Las sillas adosadas a la pared estaban vacías.
Me acerqué y contemplé el cadáver de mi padre. Permanecí un rato inmóvil, sin pensar en nada.
Me sobresalté cuando me llamaron.
Aparté la mirada del rostro de mi padre y la fijé en la puerta. Enseguida apareció el tío Julio.
Ni siquiera iba a dejarme tranquilo en estos momentos. ¿Qué tripa se le había roto ahora? ¿A qué debía ayudarlo? ¿Adónde tenía que ir sin falta?
II
Los familiares y amigos fueron llegando y sentándose en las sillas. A la cabecera de los ataúdes estaban mi madre y las tías.
Había un rumor de fondo procedente de la calle.
Cuando llegó la hora de transportar los féretros a la iglesia, que era de donde partiría la procesión, el tío Julio repartió las doce almohadillas.
Doce hombres se las pusieron en el hombro y cargaron con las cajas.
III
En la iglesia sólo había ataúdes. Ni bancos, que habían retirado y amontonado en el patio, ni acompañantes, que esperaban en la calle donde formaban una multitud compacta.
Por fin apareció un monaguillo con una cruz. La gente se dividió y abrió un pasaje. Luego salió el cura y otro monaguillo que llevaba un acetre.
Detrás empezó el desfile de ataúdes de dos en dos. Cuando todos estuvieron fuera, los deudos con coronas de siemprevivas ocuparon sus puestos y el cortejo se puso en marcha.

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Me encontré con él en la ermita, adonde solía ir y sentarse en el banco de madera que hay a la entrada.
Me invitó a que ocupase un lugar a su lado. Jean Paul es un viejecito canoso, de aspecto bonachón. En el pueblo dicen de él que es poca cosa. No sé exactamente a qué se refieren, si a su endeble constitución física o a su esmerada educación.
Como es una de las escasas personas de mi entorno que escucha realmente, me puse a hablar del tema al que venía dándole vueltas en la cabeza: el problema de la hinchazón del yo, de ese afán de protagonismo que dificulta una relación fluida.
Todos estamos deseosos de contar películas en las que somos el actor principal y los demás son meros comparsas cuya única finalidad es favorecer el lucimiento de la “vedette”.
Ignoro los motivos que impulsaron a Jean Paul a establecerse en el pueblo, pero sé que fue oblato en un convento benedictino, donde pasó varios años antes de regresar al mundo.
No cuesta trabajo imaginárselo haciendo vida monástica, que es la que hace aquí en definitiva.
En su marcado acento francés me dijo: “Transfórmalo todo”. Me pareció que salía por peteneras. Yo no le estaba contando nada personal sino que más bien divagaba.
Tras mi elucubración, sin embargo, él había percibido una heridita sangrante.
Por lo general, las intelectualizaciones tienen su origen en conflictos concretos para los que la solución no es nunca esos montajes mentales, aunque ciertamente son un escape para los introvertidos.
“Transfórmalo todo” “¿Cómo?” “Tú sabes cómo”.
Luego me contó la historia de la ermita, una pequeña y hermosa construcción del siglo XIV, de formas sencillas y armoniosas, sin pretensiones arquitectónicas ni ornamentales. Como Jean Paul señaló, este santuario no engañaba a nadie.
Por eso, supongo, es por lo que a él le gusta pasear hasta este lugar tranquilo, en las afueras, y sentarse en el banco de madera.

 
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No malentiendas mis palabras. No estoy emitiendo ningún veredicto.
No estoy diciendo que sea buena ni mala. Estoy diciendo que con ella yo no soy yo.
Para mi bochorno, me descubro tratando de complacerla y, en consecuencia, haciendo concesiones.
Ya tengo una madre con la que tener tales miramientos.
No me digas que es buena. No conozco a nadie que sepa clavar el aguijón con más pericia en las partes mollares. Es buena si cumples las condiciones que establece.
Pero, sobre todo, yo no soy yo. Para mi bochorno, me descubro tratando de jugar a su juego, de bailar al son que toca, temiendo ser pillado en falta, porque si algo la fastidia, te lo hace pagar. No negarás que no perdona ni una.
Una madre es suficiente. No quiero ir contra mí mismo. No quiero decir ni hacer cosas de las que voy a arrepentirme.
No quiero mirarme al espejo y comprobar que ése no soy yo, que ése que refleja el cristal es una máscara.
No estoy emitiendo ningún veredicto. Tal vez mis palabras deban entenderse como una defensa. Si te place, interprétalas así.
Sé lo que me conviene y lo que atenta a mi integridad.
A estas alturas no estoy para hacer concesiones ni tampoco para que las hagan conmigo. Si no congeniamos, no pasa nada.
Hace tiempo que llegué a la conclusión de que la piedra angular de las relaciones humanas es el respeto.
Eso fue precisamente lo que me dijo mi abuela cuando me casé. Y ella vivió tantas penalidades que sus opiniones tienen para mí el valor del oro puro.
Dijo: “Para que un matrimonio funcione, el marido tiene que respetar a la mujer, y la mujer al marido”.

 

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