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Posts Tagged ‘mi abuela’

III

La agitación de los progres sería divertida si su colaboración no los convirtiera en una eficaz quinta columna. Si a este hecho sumamos la conjunción letal que supone la corrección política por un lado y la zafiedad nacionalista por otro, el resultado es que la parra está a punto de hundirse.

Los maximalismos son fanáticos e insaciables por naturaleza. Con ellos no valen las concesiones ni los gestos conciliadores. De nada ha valido que nos hayan puesto a todos a hablar castellano para no herir sensibilidades inexistentes. Enfermos de odio, el deseo de humillar prevalece sobre cualquier otra consideración.

Piqué lo ha dicho en una entrevista radiofónica. Esa conducta tiene un nombre y es totalitarismo. O están lloriqueando o arreando con la maza. Y ahora hay quien tiene la desfachatez de hablar de convivencia, la misma que se aplican a dinamitar desde hace tiempo esos matasietes cuya valentía acaba en los Pirineos.

Al final ni honra ni barcos. Mi abuela lo expresaba gráficamente: “Cuanto más se agacha una, más se le ve el culo”. Era una mujer con experiencia que para mí sigue siendo un faro. Ante hechos como los que se viven en España decía con una nota senequista en la voz: “Así se escribe la historia”. Era sin duda una politóloga “avant la lettre” que se rifarían los periódicos si todavía respirase.

Este culebrón seguirá ramificándose como una enredadora loca. El hombre de la paz estuvo en Barcelona para tomar nota del proceso y seguir su guerra que no sobrepasará la frontera hispano-francesa, más allá de la cual impera la cobardía.

Volviendo a Borges tras esta larga digresión que se ha colado lindamente en el artículo, hay que señalar que la política no le interesaba gran cosa, conceptuándola como una desgracia. No participó directamente en nada. Se mantuvo al margen, como más tarde haría Michel Tournier que ni siquiera se mezcló en el mediático Mayo del 68, aun estando allí en ese momento.

Pero el escritor francés (“Noblesse oblige”), en su última entrevista, se declara más bien de izquierda. En sus palabras no se detecta convicción sino concesión. De hecho, uno de sus amigos lo contradice y señala lo palmario, que Tournier no era ni de derecha ni de izquierda, que era alguien independiente. Sus días y sus fuerzas, al igual que Borges, los consagró a los libros. Un veinte sobre veinte se da Tournier en este ítem (el oficio) del marcador diseñado para calificar la propia existencia. Los otros cinco son el físico, la época, la familia, los amores y los recuerdos, en los que se puntúa menos generosamente, incluso poniéndose un cero en los dos últimos.

La literatura es absorbente. Borges y Tournier son dos buenos ejemplos de esta entrega que deja poco tiempo para otras actividades. Ninguno de los dos tuvo vida privada, aunque Borges se casara dos veces. La primera, cuando tenía sesenta y ocho años, con Elsa Astete Millán, y la segunda, por poderes, a los ochenta y seis, con María Kodama, en 1986, el mismo año de su defunción.

La fama se ha cebado en el argentino. Los críticos y los estudiosos hurgan en su intimidad donde cada vez hay menos espacios oscuros. Nada queda sin esculcar.

La inexorable luz de la gloria, que mira las entrañas y enumera las grietas,
de la gloria, que acaba por ajar la rosa que venera.

De esta maldición, afortunadamente, nos vamos a librar la mayoría de los que pululamos por WordPress.

El escéptico Borges, como no podía ser menos en un hombre tan leído, que tenía la certeza del carácter ilusorio de Dios, según le declaró a un periodista peruano, tuvo un último gesto difícil de interpretar. Tal vez fue la irreverencia con que se despidió de este mundo o tal vez fue la sincera plegaria que salió de sus labios en su lecho de muerte. No parece que ni ese momento ni ese lugar se presten a las “boutades”, aunque seguramente habrá más de un caso que ilustre esa macabra actitud burlona.

Sea como fuere, resulta paradójico que expirara rezando el Padrenuestro. Oración, eso sí, que pronunció en cinco lenguas: anglosajón, inglés antiguo, inglés, francés y español.

 

 

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La llamé sin obtener respuesta. Golpeé con los nudillos en la madera y grité el nombre de mi amiga que esta vez, desde el patio, dejó oír su voz opaca, de fumadora empedernida. Al poco tiempo apareció con un escobón en la mano. Me sobresalté al verla. Sus ojos, ya de por sí saltones, parecían a punto de salírsele de las órbitas. Le pregunté si se encontraba bien.

Y no, muy bien no estaba. Francamente alterada, trabucándose de lo ligera que hablaba, me comunicó que un gato se había colado en su casa, y que se negaba a irse. Se había subido a una repisa que tenía en el cuarto de la lavadora, y allí se había hecho fuerte, amenazándola con una zarpa cada vez que ella amagaba con darle un escobonazo. Ella le enseñaba el palo y el animal sus uñas puntiagudas. Y esa era la situación.

Pero lo que verdaderamente le ponía los pelos de punta era la mirada luciferina del gato. Sus pupilas se estrechaban hasta quedar reducidas a una delgada línea, luego se anchaban y redondeaban. Y así una y otra vez. Como si tratase de hipnotizarla. De hecho, Paqui sintió que la cabeza empezaba a darle vueltas.

Me pidió que la ayudase a expulsar al intruso. Le dije que tenía prisa. Ella insistió. Entre los dos podíamos librarnos de ese bandido en un periquete. Si no, tendría que llamar a un familiar o a los vecinos o a la Guardia Civil. De pensar que tenía que pasar la noche con el gato se moría. No pude negarme. Su estado de nervios no presagiaba nada bueno.

Nuestro trabajo nos costó echar al minino, pero lo conseguimos no sin llevarnos más de un susto. Paqui me dio las gracias y yo me fui precipitadamente tras comprobar la hora.

El callejón de la Pimienta, angosto y arqueado, tenía varios tramos sumidos en la penumbra. Siempre que me adentraba en él, experimentaba respeto. Sus casas viejas, su mala iluminación, la hierba que crecía entre los adoquines, me trasladaban a una época pretérita. En realidad era como si esa calleja estuviese fuera del tiempo. Y las tardes de los domingos esa impresión se incrementaba. El callejón de la Pimienta era un mundo en sí mismo, con sus propias leyes, con su propia dinámica, a las que tenía que someterse el transeúnte que lo recorría.

En la primera bocacalle giré a la izquierda. Estaba en Capitán Valiente, con sus casas altas y estrechas, con un único balcón en la fachada, en una de las cuales vivía mi abuela.

Cuando llegué, la puerta estaba cerrada y la casa a oscuras. Ni en la planta alta ni en la baja había una sola rendija por donde se escapase un rayo de luz. No lo podía creer. Aunque era evidente que no había nadie, llamé con la aldaba. Los golpes resonaron en el interior. Luego me retiré y me quedé en mitad de la calle mirando la puerta y el balcón, comprendiendo que mi abuela, en vista de mi retraso, con la firmeza que la caracteriza, se había ido en autobús a Sevilla.

 

 

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En cuanto salí del cine, me dirigí a casa de mi abuela. El coche lo había aparcado en la plaza de la Alhóndiga, cerca de su domicilio.

Iba a buen paso. Cuando llegué a la altura de El Zorro Azul, no pude evitar echar un vistazo. Mis amigos suelen frecuentar este bar, aquí nos reunimos y tomamos una copa. A veces mantenemos tertulias animadas, otras veces dejamos transcurrir los minutos en un agradable silencio hasta que uno de nosotros hace una observación chistosa y soltamos la carcajada.

El bar estaba lleno de humo. Había bastantes clientes pero ningún amigo mío. Me asomé a la parte izquierda del local, que tiene forma de ele. El dueño, desde la barra, me saludó con la mano. Le devolví el gesto y me fui.

Luego cogí por la calle Enanos y, a pesar de que ya era de noche y hacía frío, por increíble que parezca, encontré a Isabelita a la puerta de su casa.

Subida en el umbral, sus ojos quedaban a la altura de los míos. Mide un metro cincuenta. Por eso le gusta colocarse en una posición ventajosa que le permita mirar al otro sin tener que levantar la cabeza.

Isabelita está escuchimizada. Ella misma reconoce que no come casi nada. Su rostro de rasgos afilados trasluce la astucia y la perspicacia. Es una mujer inteligente y culta cuya charla me encanta. Al verme me dijo: “¿Qué haces tú por aquí?”.

Respondí y me detuve un momento a hablar con Isabelita. A ella le gusta pegar la hebra y a mí me gusta escuchar su verbo chispeante y sus reflexiones sobre lo divino y lo humano. Le interesa tanto el cotilleo como la filosofía. Le pregunté si seguía leyendo a Platón y me dijo que en eso estaba. Había descubierto a este pensador tardíamente y ahora le dedicaba gran parte de su tiempo libre. Me invitó a entrar para leerme y comentarme algunos pasajes del Fedón, que era su diálogo favorito, junto con La República.

Me excusé. Le expliqué que debía llevar a mi abuela a Sevilla, y quedamos para otro día. Nos despedimos. Ella se metió en su casa y yo seguí mi camino.

Pero más adelante, justo en la esquina del callejón de la Pimienta, me paré de nuevo. La puerta de Paqui estaba abierta, lo cual me extrañó. Ella vive sola y es muy cauta. Esa imprudencia no era propia de ella.

 

 

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Mi hermana Luisa se había ido a trabajar al extranjero y hacía mucho tiempo que no teníamos noticias suyas. No respondía a nuestras cartas ni a nuestras llamadas telefónicas. Mis padres estaban preocupados y me pidieron que fuera a visitarla para ver qué pasaba, para averiguar a qué se debía su silencio.

Se marchó sin necesidad, sin una razón de peso. Un día nos comunicó que había decidido irse, que iba a probar suerte en otra tierra. Esto no era una explicación sino un simple anuncio de sus intenciones. Y a renglón seguido hizo las maletas y cogió el tren.

La propuesta de mis padres me causó una gran contrariedad. No sentía el menor deseo de hacer un viaje tan largo. Soy sedentario. Un simple desplazamiento a Sevilla, que está a treinta kilómetros de Las Hilandarias, me supone un notable esfuerzo. No quería ir, pero tampoco podía negarme.

Cuando se me presenta un conflicto de esta índole, un choque de intereses, un problema que no sé cómo resolver, una papeleta difícil, acudo a mi abuela, que es una mujer con mucha experiencia de la vida y abundantes recursos, con determinación, capaz de hacer frente a cualquier eventualidad, indoblegable, trabajadora, independiente.

Le planteé mi dilema y no tuvo el menor inconveniente en sustituirme. Ella haría ese viaje en mi lugar, se entrevistaría con su nieta, que se llama como ella y que ha heredado numerosos rasgos de su carácter, y luego informaría a mis padres.

Sólo me puso una condición: que la llevase en coche a Sevilla. No era mucho pedir. Así que acepté encantado.

El día de su partida era domingo. El tren salía por la tarde de la estación de Plaza de Armas. Como estaba tranquilo y satisfecho, tuve la ocurrencia de ir al cine, a la primera sesión, por supuesto. Había tres: a las cinco, a las siete y a las nueve. Calculé que tendría tiempo de hacer las dos cosas.

Era una tarde tristona de invierno. Una tarde buena para ver una película o para quedarse en casa, al calor del brasero, leyendo un libro, jugando al parchís o de cháchara con los amigos.

Estaba nublado, pero no había caído una gota de agua. Las calles estaban solitarias. Siempre he pensado que las tardes dominicales tienen un toque opresivo, como si en ellas se concentraran los años vividos, no sólo los míos, sino los de todos los habitantes del pueblo, incluidos los que ya han muerto. Esas tardes tienen un regusto antiguo y un color cenizoso que ponen de manifiesto la misteriosa dimensión de la existencia.

 

 

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                                     II
Ese día llegó. Mi madre se levantó temprano, mucho antes de que amaneciese, y me preparó tortas de arroz. Amasó la harina con agua y, sobre las piedras del hogar, coció tres tortas que envolvió en un paño limpio. Ese era mi condumio para el camino.
Tengo grabada en la memoria la imagen de mi madre vestida con su sari bermellón, amasando la harina y dándole forma a las tortas con las manos, al lado del fuego. Esa imagen me ha acompañado en todas mis andanzas.
Mi madre no salió a la puerta a despedirme. De hecho, no nos despedimos. Yo pensaba regresar, mi madre esperaba volver a verme. Decir adiós nos pareció un gesto de mal augurio. Ambos somos además bastante inexpresivos.
Mi abuela me había aleccionado bien con sus historias. Pero tuve que aprender por mí mismo, dolorosamente, que la victoria no es el objetivo, ni tampoco los placeres, a los que se entregaban mis compañeros, los cuales me increpaban cuando me abstenía de participar en sus francachelas.
En los momentos difíciles, cuando era insultado por mi comportamiento extraño, me acordaba de mi madre y de sus tortas de arroz. Veía su figura con nitidez, inclinada sobre el fuego o mezclando el agua y la harina en una artesa. A su alrededor bullían las tinieblas, en cuyo centro ella destacaba como una divinidad.
El desaliento hizo presa en mí. Muchas veces me sentí abatido. Conocí los embates del miedo. No creo, sin embargo, haberme comportado nunca como un cobarde. Las enseñanzas de mi abuela estaban ahí para cortarme la retirada.
Poco a poco aprendí lo que ella me repetía: “Lo importante es combatir”. Combatir sin pensar en las ganancias o en los resultados de nuestras acciones. Eso era lo que el dios Krisna había aconsejado a mi homónimo.
La felicidad es una quimera. En cuanto a la paz, se consigue si uno obra desinteresadamente.

III

Soy moreno. Mi piel es oscura. Durante mucho tiempo no entendí por qué me llamaron Arjuna, por qué mi abuela insistió en que me pusieran el nombre de uno de los hijos de Pandu. El nombre de un príncipe. El blanco. El resplandeciente.
Mi madre tenía más fe en los Deva que en los príncipes de esta tierra. Ella habría preferido que me llamasen de otra forma, pero acató la decisión de su suegra. El mundo de mi madre estaba poblado de ángeles y demonios. Del de mi abuela esos seres estaban ausentes.
En la guerra fui un arquero lo bastante hábil para cumplir mi cometido honestamente y para sobrevivir. A veces me felicitaron por mi destreza. No estoy orgulloso de haber disparado flechas incendiarias, que son las más devastadoras, pero tuve que hacerlo cuando me lo ordenaban. Entonces me encomendaba al dios Agni y cumplía con mi deber.
Tal vez me habría gustado ser poeta y ensalzar la gloria de Brahma cuyos días duran cuatro mil trescientos millones de años. Recrear los avatares de Visnú ante un atento auditorio. Cantar la belleza de las flores de loto que tanto gustaban a mi madre, y que iba a cortar a los ríos y estanques donde crecían para adornar los altares o nuestra propia choza. Contar las infinitas historias que genera la Rueda de la Vida en su incesante girar.
Cada uno es lo que tiene que ser, lo que le toca ser. Esas palabras encierran una sabiduría que la mayoría de la gente rechaza, que yo mismo he tardado mucho tiempo en comprender.
La ignorancia nos impulsa a rebelarnos. Nuestra grandeza radica en aceptar nuestro destino.

 

 

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                                         I
Me llamo Arjuna, como el príncipe. Yo soy de piel tostada y pelo negro como el ébano. Nada de resplandeciente tiene mi aspecto. Soy normal en todos los sentidos, es decir, vulgar, como la mayoría de los seres humanos que conozco.
Mis primeros recuerdos tienen a mi abuela y a mi madre como protagonistas. La primera me contaba historias de guerra, de enfrentamientos entre grandes señores. Decía que la vida era así. Decía: “La vida es eso”.
Sus relatos estaban llenos de trompetas sonando que convocaban a los soldados para la batalla, que los enardecía e incitaba a ser valientes. De tambores cuyos redobles impedían pensar en la familia, en el terruño, en todo lo que dejaban atrás. De cuernos cuyo sonido no puedo escuchar sin un estremecimiento. De los sonidos de la guerra.
Para tranquilizarme mi abuela me decía que me pintaba esos cuadros para fortalecer mi espíritu.
Mi madre no participaba. Escuchaba y seguía faenando al lado del fogón. Mi madre era una mujer callada que tenía un gran respeto a su suegra. A veces la descubría mirándome de una manera especial, como si yo la apenase, como si, sabiendo lo que me esperaba, quisiera cambiarse por mí.
Pero nadie puede vivir la vida de otro. Cada uno tiene que vivir su propia vida. Y cuanto antes acepte esta verdad, mejor que mejor. Las dilaciones sólo enredan todavía más lo que ya de por sí es complicado.
Las dos mujeres tenían razón. Mi abuela con sus palabras y mi madre con su silencio. Yo quería a las dos. Sentía que la primera me empujaba, y que la segunda me retenía. Era consciente de esa doble maniobra contradictoria. Mi abuela, que había perdido a su hijo en una de esas refriegas sangrientas, a mi padre, actuaba así movida por su conciencia del deber. Para ella el deber era lo primero, lo más importante. Cuando ella afirmaba que había que asumir sin vacilar nuestras responsabilidades, mi madre, aunque pensase otra cosa, aunque le hubiese gustado matizar, rebajar el tono perentorio de ese dictamen, aunque yo advirtiese su incomodidad, no se atrevía a replicar a su suegra.
No hablaba porque su propia conciencia del deber no le permitía tomarse semejante libertad.

 

 

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No malentiendas mis palabras. No estoy emitiendo ningún veredicto.
No estoy diciendo que sea buena ni mala. Estoy diciendo que con ella yo no soy yo.
Para mi bochorno, me descubro tratando de complacerla y, en consecuencia, haciendo concesiones.
Ya tengo una madre con la que tener tales miramientos.
No me digas que es buena. No conozco a nadie que sepa clavar el aguijón con más pericia en las partes mollares. Es buena si cumples las condiciones que establece.
Pero, sobre todo, yo no soy yo. Para mi bochorno, me descubro tratando de jugar a su juego, de bailar al son que toca, temiendo ser pillado en falta, porque si algo la fastidia, te lo hace pagar. No negarás que no perdona ni una.
Una madre es suficiente. No quiero ir contra mí mismo. No quiero decir ni hacer cosas de las que voy a arrepentirme.
No quiero mirarme al espejo y comprobar que ése no soy yo, que ése que refleja el cristal es una máscara.
No estoy emitiendo ningún veredicto. Tal vez mis palabras deban entenderse como una defensa. Si te place, interprétalas así.
Sé lo que me conviene y lo que atenta a mi integridad.
A estas alturas no estoy para hacer concesiones ni tampoco para que las hagan conmigo. Si no congeniamos, no pasa nada.
Hace tiempo que llegué a la conclusión de que la piedra angular de las relaciones humanas es el respeto.
Eso fue precisamente lo que me dijo mi abuela cuando me casé. Y ella vivió tantas penalidades que sus opiniones tienen para mí el valor del oro puro.
Dijo: “Para que un matrimonio funcione, el marido tiene que respetar a la mujer, y la mujer al marido”.

 

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