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Archive for the ‘Fotos’ Category

[El viaje es una tregua]

1
El viaje es una tregua,
un alto en el camino.
Es un grato paréntesis
en nuestro deambular.

En ningún sitio estamos.
El punto de partida
pertenece al pasado
y si el coche está en marcha,
es que no hemos llegado.

2
Es sentir en el pecho
un calor agradable.
Es la serenidad
con tanto afán buscada.

Descansados, tranquilos,
el corazón alegre,
abolimos lo feo.
Y las preocupaciones
se debilitan, pierden
su abusivo poder.

3
De estos grandes regalos
con que el viaje nos colma,
hay uno por encima
de todos los demás.

Viajar es evadirse,
salirse de uno mismo,
olvidarse del yo
en el que estamos presos.

Estar dentro de un coche
a punto de arrancar
es lo más estupendo
que nos puede pasar.

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Palmitos “La oscuridad avanza en la misma medida en que el misterio retrocede”.
Numerosos fieles arrugaron el ceño. La alocución del sacerdote no era de su gusto. Pensaban que debía limitarse a cumplir con los ritos establecidos.
Para unos pocos, sin embargo, esas palabras estaban repletas de sentido. Cada uno de ellos, según su capacidad, había observado ese progreso y ese repliegue.
El sacerdote vestía una túnica de lino con una cenefa dorada. En una mano tenía una rama de mirto.
En lugar de rendir honores a la imagen que tenía a sus espaldas, hablaba otra vez de la oscuridad. Estaba haciéndose viejo o estaba perdiendo la cabeza. Tal vez ambas cosas.
El sacerdote se esforzaba por encontrar el tono y la expresión certeros que lograsen despertar a la multitud congregada en el templo.
Prudentemente se abstenía de aludir a las criaturas demoniacas empeñadas en destruir los deseos de salvación que alberga el corazón humano, y que constituyen su mayor tesoro.
Se preguntaba cómo podía explicar que el misterio está fuera y está dentro, nos rodea y nos conforma.
No sólo estaba en peligro su cargo sacerdotal sino su propia vida.
Sabía que estaba en el punto de mira de algunos lugartenientes.
Desafiar al poder implicaba asumir la contingencia del sacrificio.
“Hay que detener el avance de las tinieblas. Si no actuamos, nos engullirán. Debemos preservar el misterio del que venimos y al que vamos. El misterio es la garantía de nuestra condición de seres humanos. La otra opción es convertirnos en patéticos comparsas o en desalmados esbirros”.

 
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15 de diciembre de 2012 05115 de diciembre de 2012 05615 de diciembre de 2012 06715 de diciembre de 2012 06315 de diciembre de 2012 06415 de diciembre de 2012 06515 de diciembre de 2012 057

 

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Mercedes

OrzaSabía dónde encontrarla. Así que no perdí el tiempo buscándola por la casa ni preguntando a nadie.
Me dirigí directamente al rincón donde ella se refugiaba con un libro.
Allí estaba, en efecto, junto al ventanal, sentada en una silla baja, colocada de forma que la luz natural diese de lleno sobre las páginas de la novela.
“Vengo a hablar contigo. Quiero consultarte una cosa” dije.
Pareció no oírme. Estaba embebida en la lectura. Por fin, levantó la cabeza y me miró. En sus ojos había un fondo de tristeza.
Mercedes era menuda y tenía el pelo rizado. Iba por el mundo sin hacerse notar.
Entrecerró el libro, se quitó las gafas y me miró largamente, como si no me conociera.
“Quería preguntarte una cosa” repetí.
Mercedes era callada y tenía tendencia a ensimismarse. Era una gran profesional de la cerámica.
Desvió la mirada hacia el ventanal y contempló la calle con sus naranjos y sus estatuas.
No le gustaba salir ni relacionarse. Su vida social se reducía a lo estrictamente necesario. Prefería pasear por el campo. También era amante de las tradiciones, aunque no participase en ellas, y anteponía la vida familiar a otros intereses.
Basándome en comentarios suyos, siempre de pasada, deduje que Mercedes había tenido una infancia intensa.
Ese día estaba más reconcentrada que de costumbre. Tras disfrutar de la hermosa perspectiva de la calle, fijó de nuevo sus ojos en mí y me planteó la cuestión que le rondaba por la cabeza.
“Gabriel, ¿por qué seré tan rara?”
Mi respuesta fue inmediata y categórica: “Tú no eres rara. Los raros son los demás”.
Mercedes esbozó una sonrisa y dijo: “¿Qué querías preguntarme?”.

 

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Diciembre - EncinasDiciembre - Encinas

 

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Hoyo de proporciones gigantescas,
cuyo borde recorro con cuidado,
en su fondo de sombras erizado
una legión de sirenas dantescas

y otros seres de facciones simiescas,
bufones de uniforme remendado,
me hacen señas de que acuda a su lado
mientras realizan piruetas grotescas.

Miro a mi alrededor con desespero
buscando una razón, un asidero,
que me aparte de ese hondón infernal.

Sólo los campos de labranza veo,
los parduscos terrones al oreo,
como la urdimbre de humilde sayal.

Hoyo de proporciones...

 

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El mugrón Se estremeció. ¿Era el inicio de una crisis? Un simple temblor podía estar motivado por múltiples circunstancias.
Lo malo era que empezase a escuchar voces. Se quedó quieto y aguzó el oído. Sólo se escuchaba el murmullo de los árboles.
¿De qué árboles?
Ese rumor eran voces. Sí, eran los cantores que entonaban un himno.
Él había formado parte del coro. También él había repetido a menudo “santo”, antes de que esta palabra se convirtiera en un conmutador que apagaba las luces y lo dejaba a merced de fuerzas irracionales.
Luego el pánico se apoderaba de él. Ese pánico era la antesala de la manifestación.
Ya sólo cabía esperar que el terror no lo desintegrara.
El tallo emergió de las tinieblas, donde estaba enterrado.
Experimentó una conmoción. Y también furia a causa de su impotencia.
El mugrón se fue acercando con el propósito de penetrar por su boca y arraigar en su interior.
El inmundo retoño se detuvo cuando llegó frente al hombre, esperando que éste se arrodillase para proceder al injerto. Pero él no estaba dispuesto a inclinarse ante ese emisario del infierno que lo miraba sin ojos y lo conminaba sin palabras.
El silencio y la oscuridad se espesaron.
El hombre dejó de debatirse.
Pálido y desmadejado, yacía en el suelo como un guerrero caído tras duro combate.

 

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Sultán

SultánSultánSultán

 

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DumpingMiró a su cariacontecida hermana Irene y le explicó: “Hay personas que tienen una gran capacidad de dramatización. Se tuercen el dedo meñique, y digo se tuercen, y te cuentan una novela en cien capítulos. Tú, que te has roto una pierna y tienes que estar inmovilizada tres meses, despachas este asunto en cinco palabras.
“Lo siento. No estoy dispuesta a perder mi tiempo oyendo historias que me interesan poco o nada. Y no solamente eso sino que, además, me exponen a una pérdida de energía tan grande, a una sangría tan peligrosa que no veo razón alguna para semejante sacrificio.
“El gato se lo lleva al agua quienes están dotados de facundia y desprovistos de paciencia. A lo sumo, si son mínimamente educados, escuchan con una oreja mientras con la otra están pendientes de las conversaciones cercanas.
“Acuérdate de Catalina, que hablaba por los codos y reclamaba atención absoluta. Cuando alguien conseguía meter una cuña en su monólogo, ella no tenía empacho en volver la cabeza y mirar a las musarañas.
“De esta forma, y no voy a entrar en la cuestión de si su comportamiento era consciente o inconsciente porque ese dato es irrelevante en un adulto, te hacía sentir que lo que tú estabas contando carecía de importancia.
“Una vez me dijo mi marido: parece que rehúyes a Catalina. Y yo le respondí: no lo parece, la rehúyo, la temo más que a una vara verde.
“No te hagas ilusiones, Irene. Aunque trates de poner en práctica tus propios recursos y estrategias, las Catalinas de turno te acaban comiendo. Sus aventuras acaparan toda la pantalla. Se imponen con el peso de una montaña y las tuyas son un puñado de arena que el viento arrastra en menos que canta un gallo”.

 

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