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¿Inventamos los días?
Circulan los rumores
Como nubes de insectos
Hay quien tiene certezas
Absolutas
Hay también quien prorrumpe
En sollozos
Si tropieza
En una leve duda
Ciertamente
Los días nos inventan

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XVIII
Había algo que no encajaba en ese grupo de niños sentados en corro. Uno de ellos, con una correa en la mano, daba vueltas por fuera del círculo entonando una canción monótona. De vez en cuando hacía amago de depositar la correa a espaldas de uno de los participantes, los cuales pasaban las manos por detrás para comprobar si habían sido elegidos, y librarse de las nefastas consecuencias si no se habían percatado.
Este detalle constituía el núcleo del juego haciendo que se trastocasen los papeles. El que giraba, si no ponía cuidado, corría el riesgo de pasar de verdugo a víctima.
Acompañándose de la misma letanía y vigilando el comportamiento de sus compañeros, a los que estaba prohibido cualquier movimiento que no fuese el de los brazos con el fin señalado, el dueño de la correa esperaba el momento adecuado de desprenderse de ella.
El que daba vueltas aceleró y se detuvo detrás del chaval cuyo cuerpo sobresalía más a pesar de estar más agachado que ninguno. Cogiendo la correa que había dejado detrás a una considerable distancia, y al grito de “¡levanta!”, empezó a zurrarle.
El zangolotino, que había tanteado el terreno a sus espaldas hacía escasos segundos, no comprendía por qué sus dedos no habían tropezado con la tira de cuero. Como no era el momento de ponerse a pensar, se puso en pie y echó a correr, seguido del otro que le arreaba sañudos azotes. Así recorrieron el círculo humano hasta llegar al punto de partida, sentándose apresuradamente el zangolotino en su sitio, con lo que puso fin a la paliza.
Le picaban las posaderas, los muslos y la espalda, pero no hizo ningún comentario. Ni siquiera se rascó. Más grande que la comezón era su miedo a ser conceptuado de blandengue.
Tenía razones para protestar, no siendo la menor, como todos habían sido testigos, el encarnizamiento de que había sido objeto.
No obstante, prefirió callar y, cuando sus compañeros le preguntaron si estaba dolorido, respondió alardeando de lo contrario.

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XVII
Un vozarrón espantoso, más propio de un tenor en decadencia que de un chaval, provocó la hilaridad de los presentes que se pusieron a imitarlo y a hacer payasadas.
Desfigurando la cara, gesticulando grotescamente, como si eso fuera condición indispensable para emitir sonidos engolados, los chiquillos lo rodearon y le castigaron los oídos con las frases más descabelladas y surrealistas.
El zangolotino no sabía si reír o permanecer serio. Cuando habló, no pretendió en modo alguno sorprender a sus compañeros con esa voz aguardentosa. A decir verdad, estaba tan asombrado como los demás.
Uno de los niños empezó a andar como un autómata. Tuvo un éxito inmediato. Todos pusieron rígidos brazos y piernas, y extraviaron la mirada describiendo círculos de los que él era el centro.
En lugar de enfurruñarse por servir de chacota, estiró las extremidades y se convirtió en otro muñeco mecánico.
Como esos engendros poseían el don de la palabra ahuecada, el zangolotino, esta vez con plena conciencia del alboroto que se organizaría, se puso a parlotear.

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Los tordos vuelan
a ras del agua
a borbotones
sale la lava
de los volcanes
el mar restalla
el mar se estrella
y luego brama
en los rompientes
no entiendo nada

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XV
Había anochecido. A medida que transcurría el tiempo, el zangolotino iba perdiendo la confianza en los otros. Con seguridad habría sufrido un ataque de nervios, de hecho empezaba a faltarle el aliento, si no llega a ser por la intervención de dos hombres que regresaban a sus casas.
Cuando los adultos aparecieron, prevalecía la opinión de que había que ir a buscar a un herrero para que, con el utensilio adecuado, doblase o cortase el barrote. A nadie se le escapaba, empero, las dificultades de esa propuesta.
Los hombres se acercaron e identificaron al niño atrapado moviendo la cabeza en señal de desaprobación. Después de asustar a la concurrencia, que ya lo estaba, con dar parte a la guardia civil, al alcalde e incluso al juez de paz, y soltar un sermón condenando ciertos juegos que podían desembocar, y ahí tenían la prueba, en desgracias personales, pusieron manos a la obra.
Uno de los adultos aseguró que si había entrado, tenía que salir.
Primero estudiaron con detenimiento la situación e intercambiaron impresiones. Luego empezaron a manipular al imprudente recurriendo a la maña más que a la fuerza, pues no se trataba de desmembrarlo sino de liberarlo.
El otro adulto, que había escuchado un retazo de la discusión de los chiquillos, comentó con sorna que harían bien en ir a buscar una sierra, un serrucho o una segueta. Necesitarían cualquiera de esas herramientas no para cortar el hierro sino las orejas de ese mocoso, las cuales eran el obstáculo para que saliese la cabeza, como el vientre lo era para que entrase todo el cuerpo.
Los compadres, colocados al lado del niño, con la punta de los dedos, pegaron las orejas encarnadas y calientes al cráneo. Luego uno de ellos apoyó su mano libre en la coronilla y empujó suavemente.
Aplausos y gritos de júbilo rubricaron el éxito del rescate todavía incompleto. Pero lo más difícil ya estaba hecho.

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