Feeds:
Entradas
Comentarios

                                   I
Sito se aplicó a soliviantar a unos y a otros hasta que consiguió su objetivo. En una discoteca de Besoto daban una fiesta bárbara.
Con los ojos chispeantes y en un patente estado de agitación, Sito no paraba de preguntar: ¿quién tiene coche? ¿cuántos somos? ¿cabemos todos? Explicaba exultante que la discoteca estaba situada en una casona antigua, lo cual le daba un toque especial, haciéndola diferente de los demás establecimientos de su género.
No puedo decir que me contagiara su alborozo, pero como todo el mundo parecía encantado, también yo me sumé a la iniciativa.
“Nos tenemos que ir ya” repetía Sito coreado por otro insensato que lo apoyaba incondicionalmente.
Era tarde. La consigna era seguir al primer vehículo, en el que iba Sito, único conocedor de la ubicación exacta del local nocturno. No podíamos perderlo de vista, sobre todo cuando entrásemos en el pueblo.
Había poco tráfico. En el cielo resplandecía una luna amarillenta en cuarto creciente.
Durante el camino se cantaba, se contaba chistes, se hablaba compulsivamente. Como iba conduciendo, me mantenía al margen de ese guirigay, salvo cuando entonaban “En el coche de papá” viéndome obligado entonces a dar un par de bocinazos.
Como en la parte antigua de Besoto, donde se encontraba la casona, era imposible aparcar, dejamos los coches en un barrio cercano, desde donde nos dirigimos a nuestra meta armando jaleo a pesar de lo avanzado de la hora.
Esta situación me ponía violento. Mis compañeros no paraban de soltar risotadas y de dar voces. Si alguien rogaba que se guardase silencio, esa prudente petición enconaba los ánimos y el resultado era más lamentable.
“Al menos, que lleguemos pronto” pensaba para mis adentros.
En la entrada había dos focos iluminando un panel rectangular pintado de negro y dorado donde se inscribía el nombre de la discoteca. Desde fuera sólo se oía un murmullo apagado. Entramos en el zaguán en el que había una cabina acristalada donde vendían los tiques. Detrás había un cortinón de terciopelo granate entre cuyos pliegues se hallaba camuflado el portero.
Desde luego aquello parecía lo que era: la planta baja de un caserón de gruesos muros y habitaciones más bien destartaladas con muebles antiguos y fotos desvaídas de color sepia.
Sito estaba radiante. Encendiendo el enésimo cigarrillo, con la satisfacción pintada en el rostro, nos preguntó: “¿A que no esperabais esto? ¿A que es superoriginal?”.
Dada la perplejidad reinante, el mentecato que le seguía el juego formuló la objeción que a todos nos bullía en la cabeza: “Pero esto no es una discoteca”. Sito, aspirando con fruición el humo del pitillo, repitió triunfante: “¿A que es una chulada?”.
La sala de baile estaba en el sótano, adonde se llegaba por una escalera de ladrillos desgastados. Agarrados al pasamano, en fila india, iniciamos el descenso al sanctasanctórum.
Conforme bajábamos, se iba desvelando a nuestros ojos el mundo colorista y alborotado de un gran cubo de vidrio insonorizado que ocupaba la mayor parte del subterráneo.
Mis compañeros se precipitaron en su interior, desperdigándose por todas partes. Yo entré también pero me quedé a un lado, cerca del disc-jockey. La pista estaba llena. Allí dentro la música era atronadora. Decidí acercarme al bar y tomar una copa, pero lo pensé mejor, di media vuelta y me fui.

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

 

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Este libro es un trabajo de depuración y sublimación que se traduce en ochenta y un poemas de palabras precisas donde confluyen la profundidad y la belleza. Sin duda, estamos aludiendo a la esencia misma de la poesía, que no es otra cosa que la aprehensión de la belleza en las múltiples manifestaciones de lo efímero, el desvelamiento de la profundidad en la incesante sucesión de momentos fugitivos, aparentemente tan similares unos a otros, intercambiables, incluso los que han sido marcados por la tinta de un nefasto acontecimiento, pero cuya intensidad empieza a difuminarse, a adquirir ese tono desvaído, ese color sepia con que el tiempo los uniforma. Para contrarrestar ese efecto erosivo, ese trabajo de zapa, esa acción propia de las voraces termitas que amenazan con abatir el edificio de cimientos más firmes nació la literatura, cuya condensación máxima es la poesía.

Ernesto Cisneros Rivera presenta en su poemario un amplio repertorio –en una forma tan rigurosa como el haikú, que es una composición que no admite concesiones ni desfallecimientos– de esas capturas poéticas que fijan y descubren la realidad al mismo tiempo. Lo cual equivale a decir que proporcionan al lector tanto un placer estético como un aporte intelectual que amplía su visión del mundo.

Utilizando el árbol como una metáfora del ser humano, de eso se trata: de hundir las raíces en la tierra nutricia y de desplegar las ramas bajo la inmensidad del cielo.

Es arduo elegir entre los veintisiete cantos, las veintisiete marinas y los restantes veintisiete haikús, que suman en total ochenta y un poemas. Supongo que no es una casualidad que, desde el punto de vista numérico, este libro esté presidido por el nueve.

Ésta es mi personal y arriesgada selección que, en definitiva, sólo es una invitación, palabra cara al autor, a sumergirse en la lectura de «Cantos, marinas y otros haikús”.

 

CANTO XVI

Lo necesario,
lo único, en verdad,
es el silencio.

MARINA IV

Crestas de espuma.
Ondulaciones verdes.
Fluir eterno.

COLIBRÍ

Iridiscencias.
Frenético aleteo.
Sólo un suspiro.

 

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

                                 II
Fue el sabelotodo de su marido quien le dio la clave para salir de ese atolladero, para seguir avanzando en la dirección correcta. Isaac estaba leyendo un libro sobre el origen de las religiones donde se decía que el hombre primitivo descubrió pronto el valor trascendente de los gestos. Este hecho constituía un denominador común de todas las manifestaciones religiosas.
Cuando Isaac hizo este comentario en el tono afectado que le granjeaba tantas antipatías, Laura lo miró con la esperanza reflejada en el rostro.
Su marido siguió hablando de ceremonias y rituales en los que los gestos ponían a los mortales en contacto con la divinidad. No eran movimientos gratuitos y proliferantes sino precisos y escuetos. No se expandían en todas las direcciones como una plaga sin control sino que se encaminaban a un fin.
El mundo profano se servía también de este poder santificador de los gestos como era dable observar en el acto de colocación de la primera piedra de un edificio civil o en la ceremonia de los Oscar, sin olvidar las tomas de posesión de cargos importantes, las aperturas solemnes de congresos y senados, los juegos florales y los juegos olímpicos o la peregrinación al mausoleo de Lenin.
En todas esas celebraciones, los gestos se elevaban a un nivel superior de significación, se santificaban.
Fuera civil o religioso, en cualquier ceremonial subyacía el mismo espíritu y dominaba la misma pretensión de neutralizar el sinsentido de la mímica y frenar su tendencia al desdoblamiento.
Laura reflexionó largamente sobre este asunto. Le iba en ello la cordura, la posibilidad de escapar a un destino de autómata o replicante, la vacuna contra la tentación teatrera.
Sospechaba que la erradicación total de las crisis era un sueño. Le bastaba con que la irracionalidad gesticuladora se mantuviese dentro de unos límites tolerables.
A veces, en la calle, en una tienda o en el autobús, un inesperado ademán la desestabilizaba, una pasmarotada abría las puertas del absurdo y sobrevenía la enajenación. Y en ocasiones la náusea. La terrible náusea que se instalaba en la boca del estómago.
Pero siguió esforzándose en ver las caras tras las caretas, en descubrir individuos en lugar de monigotes, en acogerse a la liturgia como un medio de preservar su integridad psíquica y sacralizar la existencia.

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

                                 I
El percance ocurrió en un bar lleno de gente, adonde había ido con su pandilla a tomar un refresco. Estaba sentada con sus amigos, sin participar en la conversación general. Miró en torno de ella y descubrió inopinadamente, como si de un ataque a traición se tratara, que todo el mundo hacía gestos artificiales, movimientos afectados y ridículos. Cualquier rastro de espontaneidad había desaparecido. Ese espectáculo la dejó con la boca abierta.
Los labios se estiraban y redondeaban caprichosamente. Los ojos disparaban guiños a diestro y siniestro. Y las caras se descomponían en un amplio repertorio de espantosas muecas.
Cómo no se había dado cuenta antes de la autonomía de los gestos. Todos los presentes estaban parasitados por tics, cuyo poder radicaba en que eran menospreciados o ignorados. Esa inconsciencia contribuía a que los visajes proliferasen como una red cada vez más tupida que recubría y apresaba a las víctimas.
Hasta ese momento, Laura había observado que la risa no solía tener un motivo claro. Lo mismo ocurría con ese ridículo manoteo, seguido o subrayado de absurdas contorsiones, de remilgos, de aspavientos propios de quien está ahuyentando a un animal.
Laura estaba pasmada. Sus amigos la miraron extrañados y le preguntaron si se sentía bien.

-o-

Años más tarde, Isaac, su esposo, un hombre muy leído que tenía respuesta para todo, y que lo que no sabía se lo inventaba, le explicó el significado y la evolución de ese fenómeno gestual. Se trataba, según él, de una manifestación inherente al género humano, que ella había sufrido de forma singular, exacerbada.
Esas crisis gesticuleras, así las llamaba él, no eran privativas de Laura. Cualquiera estaba expuesto a sufrirlas en mayor o menor medida.
Para dotar de sentido a los ademanes había que integrarlos en una unidad superior. Él los comparaba a palabras aisladas que había que contextualizar. Y también a versos sueltos que había que integrar en un poema.
Esos mohines y garabatos que enajenaban a Laura eran las notas con las que se podía componer un adagio, una sonata, una barcarola. También un simple pasacalles, una charanga. O incluso una ópera.
Tras esta explicación, Laura dejó de visualizar gestos aislados y rebeldes, logrando encadenarlos y formar con ellos un personaje. Pero la individualidad de hombres y mujeres seguía diluyéndose y confundiéndose en una sustancia indiferenciada.
Había aprendido a identificar bufones, fantoches, galanes, títeres, graciosos y farsantes, a distinguir a los protagonistas de los comparsas, a los arlequines de los polichinelas, a establecer grados de histrionismo e impostura.
Laura había dado un gran paso en la comprensión de los gestos, pero su imagen de la sociedad seguía siendo igualmente depresiva.
Había comprendido que la vida comunitaria era una representación. Una escenificación pautada sobre esquemas cómicos, trágicos o una mezcla de ambos.
A pesar de estos avances, Laura seguía sufriendo crisis de estupefacción, a veces atenuadas y controlables, pero en otras ocasiones tan devastadoras como en sus años adolescentes.

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

 

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Tal vez en un recodo te asalte la verdad
como una partida de rudos bandoleros
que aparecen de pronto en mitad del camino
y apuntando el trabuco al pecho del viajero
lo despojan de todo y lo dejan en cueros

Aterido temblando frente a frente a tu suerte
en algún descampado así podrías verte

 

 

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Paisaje (XV)

 

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

28.-Es una cantinela monótona, un ritornelo machacón, una muletilla que surge por doquier, eso de que hay que vivir en el aquí y en el ahora, como si se pudiera vivir en otra parte.
Se mire como se mire y nos pongamos como nos pongamos, no queda otro remedio que atenernos a esas coordenadas. Ya estemos sanos o enfermos, ya seamos inteligentes o estúpidos, ricos o pobres, guapos o feos, ya tengamos o no tengamos ilusiones, ya estemos atravesando una buena o una mala racha, todos vivimos en el aquí y en el ahora, nos guste o no nos guste.
Repetir una y otra vez esa consigna, como si ésa fuera la panacea universal, la solución a todos los problemas, no conduce a ningún sitio. Es solamente una pejiguera más, la confirmación de que Perogrullo anda suelto.
El aquí y el ahora es una realidad tan rotunda, tan axiomática como afirmar que el todo es mayor que las partes. Así que cuando se recomienda ubicarse en la intersección de esos dos ejes, se está incurriendo en una obviedad.
Una gran falacia es identificar el tan cacareado aquí y ahora con el presente, que es otra cosa.
El presente es un periodo de la vida que corresponde a la infancia, es decir, a la edad de la inocencia. El pasado y el futuro, que son otras formas del presente, corresponden a otras etapas cronológicas del ser humano.
El pasado y el futuro no son abstracciones o quimeras sino manifestaciones vivenciales del presente. Afirmar de ellos que son falsos o engañosos es un ataque al presente, un intento de empobrecerlo o mutilarlo. De hecho, una negación del presente que quedaría reducido a ese aquí y ahora de nuestros pecados.
El pasado y el futuro son extensiones, proyecciones, dimensiones del presente, que es el lugar de convivencia de las edades del hombre, donde todas se dan cita, donde todas se manifiestan y hacen valer sus derechos. La riqueza y la complejidad del presente están en relación directa con esos aportes de distintas fuentes.
El presente de Proust estuvo constituido en su madurez por un análisis minucioso de su pasado, una recreación tan vasta y prolija que cualquiera puede rentabilizar su presente con la lectura de “En busca del tiempo perdido”. Por supuesto, es una tarea que hay que tomarse con calma. Se podría decir que Proust vivió un presente impregnado de pasado.
Otros escritores o simples ciudadanos colman el suyo de planes, proyectos y utopías, orientándolo hacia el futuro, imprimiéndole ese tono. Muchos ejemplos se podrían poner al respecto, sobre todo en el campo de las reformas sociales. La formulación de leyes y la creación de las condiciones necesarias para los cambios son los medios utilizados para propiciar el advenimiento de un rutilante porvenir.
El trabajo de Proust y el de los ciudadanos comprometidos tienen en común que se realizan en la edad adulta, que es a la que pertenecen el pasado y el futuro.
El presente sin mezcla de otros elementos, el más puro, es el de la infancia. San Mateo cuenta que Jesucristo puso un niño en medio de sus discípulos, y les dijo: “Yo os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 18,3).
Cabe interpretar el Reino de los Cielos como el presente eterno, quedando el pasado y el futuro no abolidos sino subsumidos en esa totalidad trascendente.
Si nos atenemos a la enseñanza evangélica, no habría que dar la matraca con el aquí y el ahora, que tan a menudo no es más que un camuflaje del rancio “carpe diem”, sino insistir en la necesidad de volvernos como niños, de ser niños de nuevo para vivir realmente en plenitud.

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported