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Atardecer

 

 

 

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Tengo tanto que hacer
a todas horas
que de dónde sacar
cinco minutos.

Tengo tanto que hacer
que acabo el día
mortalmente cansado.

Y después está la vida
social
(eso se sobreentiende)
que nos exige
estar siempre a la altura.
Y si bien nadie ignora,
por haberlo sufrido en carne propia,
que no hay mayor fastidio,
¿quién es el guapo que se planta?

Es difícil (imposible, diría)
encontrar ese tiempo necesario.

Lo curioso del caso
es que cinco minutos
pueden ser suficientes,
cinco minutos
sin peros ni evasivas,
sin dimes ni diretes,
sin rodeos ni engaños.

Lo curioso, lo trágico.

 

 

 

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Itálica

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa.

Rodrigo Caro

 

http://es.wikisource.org/wiki/Canci%C3%B3n_a_las_ruinas_de_It%C3%A1lica

 

 

 

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Dijo: “El día es una sucesión de desencuentros. Tan pronto como uno se levanta, uno empieza a correr de sí mismo. Raramente las dos partes de que una persona está compuesta, y no me refiero al cuerpo y al alma, sino a lo que somos y a lo que nos vemos obligados a ser, a nuestro ser profundo y a la agitada superficie, coinciden. Ambas están en perpetua fuga. Siempre una detrás de otra. O una quieta, a la expectativa, y la otra yendo de aquí para allá, como loca.
“Seguramente hay un miedo a encontrarse o una incapacidad o demasiadas barreras. Pero el caso es que esas dos partes permanecen desacopladas.
“El resultado es que uno está siempre fuera de sí, en el exterior, en lo que los demás esperan de ti, en lo que tú esperas de ti mismo.
“Vivimos con la mente puesta en otra cosa que no es la que estamos haciendo en ese momento, programándonos, concertando citas, realizando gestiones, hablando por teléfono, comprando o vendiendo.
“Vivimos simultaneando actividades, desatentados, proyectados hacia el mañana o atrapados en el ayer.
“¿Cuándo se produce el milagro de la reconciliación, aparte de al final de la jornada, al tendernos en la cama, cerrar los ojos, agotadas nuestras fuerzas, y entregarnos al sueño?
“Pero en este caso es a Morfeo a quien tenemos que dar las gracias. No es mérito nuestro sino suyo. Por lo demás, no sé si cabe hablar de encuentro o de rendición.
“Los encuentros de verdad son infrecuentes, sobrevienen de forma imprevista, a traición, en un descuido. Tal vez escuchando música, leyendo, escribiendo, dando un paseo, contemplando un paisaje…
Calló un momento. Luego preguntó: “¿En qué circunstancias acaecen los tuyos? ¿Cuándo encajan esas dos partes y sólo hay una? ¿Cuándo dejas de estar fraccionado y te recompones por entero? ¿Cuándo saboreas la felicidad de ser tú mismo?”

 

 

 

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Trajano

 

 

 

 

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Éramos tres mujeres y un servidor que íbamos en coche al trabajo. Cada día uno de nosotros llevaba el suyo. Así economizábamos y el viaje, presuntamente, se hacía más corto.
Por lo general hablo poco. Prefiero escuchar y contemplar el paisaje. Más lo segundo que lo primero. Mis compañeras, incluso por la mañana temprano, prefieren hablar. Siempre tienen que contar un montón de cosas.
En una ocasión abordaron el tema del feminismo. Como de costumbre, yo permanecía calladito en mi rincón, detrás de la conductora.
A bocajarro, de forma que me sentí violento, me preguntaron cuál era mi opinión sobre el aborto.
Les respondí lo que pensaba, que no era lo que ellas esperaban, y que no les gustó.
Se hizo un silencio embarazoso. Una de mis compañeras me miró de través, con una media sonrisa, y dijo: “Pero tú no eres una mujer”.
“Si lo fuera, sería la mujer barbuda” repliqué. Por desgracia su sentido del humor las había abandonado y ninguna celebró mi ocurrencia.

 

 

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22.-La belleza es la interrelación armoniosa de las partes de un conjunto y de éstas con la totalidad. Es la percepción de orden y sentido en las manifestaciones humanas y en los fenómenos de la naturaleza.
Aldous Huxley dice exactamente: “La belleza brota cuando las partes de un conjunto se relacionan unas con otras y con la totalidad, de tal manera que las aprehendemos en orden y con sentido” (p. 28, Sobre la divinidad, Kairós, 2000).
La belleza es una expresión de la subjetividad humana, pero eso no quiere decir que cualquier cosa, porque alguien lo afirme, sea bella. Ateniéndonos a la definición dada, desde el punto de vista estético y moral hay fealdades incontestables.
La belleza (centrada en el yo, en el sujeto) conforma junto con la bondad (centrada en las relaciones con los demás, en la sociedad) y la verdad (la dimensión objetiva de la realidad) la gran triada que debe presidir todos los actos humanos.
La verdad sobrepasa al yo y al nosotros, es decir, al ámbito de la subjetividad y de la intersubjetividad, erigiéndose en una exigencia de conocimiento más allá de cualquier contingencia. Tal vez habría que decir simple y llanamente en un imperativo de Absoluto.
Manifestaciones de la fealdad son el nihilismo, que es negación de orden y sentido, acompañada normalmente de furor destructivo, y el relativismo, que es una especie de nihilismo menos rabioso. En uno y en otro hay una tendencia de reducción a la nada, aunque a menudo ese objetivo se disfrace de necesidad de hacer “tabula rasa”, requisito indispensable para construir la sociedad perfecta y el individuo feliz. En la práctica, se ha demostrado repetidamente que movimientos de esa índole conducen al totalitarismo y a la cosificación del hombre.
El nihilismo es una negación directa de significados y valores. El relativismo actúa más insidiosamente. Amparándose en la obtención de beneficios inmediatos, revistiendo la apariencia de un proceso razonable, realiza su labor de zapa que persigue el mismo objetivo de demolición social e inflación del ego. Ciertamente, las actitudes relativistas tienen a su favor que, en efecto, a niveles pragmáticos el sentido común aconseja ser flexible y adaptable.
Si aceptamos que la belleza es orden y sentido, esas dos doctrinas, en las que la dimensión subjetiva adquiere un carácter monstruoso, son sumamente feas. Por su desproporción merecerían ser exhibidas en una caseta de feria. Por su ausencia de equilibrio entre las partes, pueden ser definidas como sinécdoques patológicas.
Entre bambalinas se mueve un ego tiránico que no tolera la más leve exigencia de objetividad, que no admite la más leve intromisión, un ego para quien su peor enemigo es todo aquello que lo sobrepasa. Su única aspiración es vivir sola y exclusivamente dentro de sí mismo, pretensión que arropa con discursos engañosos. Su meta es satisfacer sus deseos, que pueden traducirse en las aberraciones sadianas, por poner un caso extremo que ejerce una innegable atracción en ciertos ámbitos intelectuales.
Lógicamente, todo aquello que coarte, frustre o limite ese deseo pone de uñas y es visto como un ataque represor.
En última instancia, el nihilismo y el relativismo se pueden definir como la negación de lo Absoluto, que es el asiento, el lugar de origen de la triada a que se hacía mención anteriormente, la raíz y la fuente de todo.
Para esas doctrinas deletéreas, cualquier cosa puede ser bella. Basta con que alguien se empeñe y, puesto que sólo el sujeto existe, puesto que sólo la subjetividad es real, cómo rebatir esa afirmación. La única forma de hacerlo es, admitiendo la existencia de lo Absoluto y la realidad de la objetividad, remitirnos a esas instancias.
Para dichas doctrinas, la verdad es un cuento chino que depende de multitud de variables y condicionantes. La verdad es un transformista que, según el país y la época, adopta una forma u otra, todas auténticas o todas falsas, eso es algo imposible de averiguar y, en definitiva, irrelevante.
En cuanto a la bondad, tras un buen amasado, la reducen a buenismo, que es una pasta insustancial pero de venta inmediata, un barniz brillante sobre una puerta de melamina. Pero el respeto ha hecho mutis por el foro. El reconocimiento del otro como alguien que puede no compartir mis fijaciones no se contempla. El prójimo sólo es aceptado en la medida en que me refleja, en que me devuelve mi imagen. El prójimo es el espejo en que me miro para comprobar lo guay que soy.
Contemplando la imagen del planeta Tierra flotando en los espacios intersiderales, uno piensa que el ser humano es un milagro similar. ¿Cómo podría existir la Tierra sin ese vacío que le permite gravitar? ¿Cómo puede sobrevivir el ser humano sin ese trasfondo absoluto, que es de donde venimos y adonde regresamos?

 

 

 

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Azulejos (IV)

 

 

 

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Un laberinto sin fin
un laberinto sellado
sin entrada ni salida
letal y cuadriculado

Un terrible laberinto
de paredes encaladas
callejones pasadizos
de puertas siempre cerradas

Ajedrezado a cordel
vertical y paralelo
como el sueño de un geómetra
con fiebre borracho y lelo

Estrechuras progresivas
incontables vericuetos
aristas como cuchillos
cortantes ángulos rectos

El colmo del sinsentido
al aire libre construido

En el centro un corazón
debería haber al menos
un corazón una fuente
un refulgente lucero

Quién ha visto un laberinto
sin entrada ni salida
trazado con estilete
de la locura medida

Un laberinto mendaz
una mala digestión
en absoluto tan simple
como el huevo de Colón

Caribdis y Escila en uno
de Carracuca el terror
una invención delirante
un silencioso estridor

El colmo del sinsentido
al aire libre construido

 

 

 

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