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Posts Tagged ‘relativismo’

30 de mayo de 2015 034100.-La realidad está sujeta a interpretación. Todo lo está. Pero hay interpretaciones disparatadas, tendenciosas, malignas, traídas por los pelos. Hay interpretaciones que sólo demuestran que su autor desconoce el tema o no ha leído el libro o ha recorrido las líneas a salto de mata porque antes de empezar ya sabía cuáles iban a ser sus conclusiones.

La interpretación tiene sus límites. No es una viña sin vallado donde se entra y se sale a su antojo. No es una coartada para imponer su punto de vista. Para camuflar lo que, en el mejor de los casos, no es más que una opinión, probablemente ni siquiera respetable.

La interpretación no es tampoco una ciudad sitiada que los invasores saquean sin contemplaciones. De esta forma se la arruina pero en absoluto se la conoce.

Nadie puede afirmar, aunque la economía juegue un papel importante, que “El mercader de Venecia” es el relato de una transacción mercantil. O que “Otelo” es un alegato contra el racismo.

Ciertamente la hermenéutica es el campo donde el relativismo y los intereses sesgados hacen su agosto. La única manera de evitar esos desmanes, de poner coto a esas razias, es remitiéndose y sometiéndose a la verdad, que no es tarea fácil conquistar, y a cuya aproximación debemos aplicarnos.

Esto quiere decir que hay intérpretes que se acercan más a ella, que la honran más que aquellos para quienes esa señora ni siquiera existe, para quienes con sólo escuchar su nombre les entra la risa floja.

Para Platón no había dudas al respecto. La verdad, la belleza, la bondad, etc. son Ideas de las que participan todas las cosas de este mundo en mayor o menor medida. Esa referencia arquetípica es la que permite salir del atolladero de los subjetivismos furibundos y de las manipulaciones vergonzosas. La que permite establecer una jerarquía legítima y no meter en el mismo saco una visión infantiloide o infame de la realidad con otra compleja y profunda, realmente desveladora.

Si prescindimos de lo absoluto, lo que nos queda es lo relativo, ese río revuelto donde los pescadores más cucos llenarán sus redes en beneficio propio. Es decir, donde los intérpretes más desaprensivos impondrán su ley.

La única forma de evitar semejante desaguisado no es la coincidencia de opiniones sino el acatamiento de la verdad, que quizá no sea de este mundo pero que es el faro que impide su naufragio.

 

 

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30.- Es corriente escuchar que cada uno tiene su verdad. Con ello se quiere decir seguramente que cada uno tiene su propia experiencia de la vida, construyendo a partir de ella una praxis, unas directrices que marcan líneas de comportamiento y de pensamiento. Una experiencia personal que sirve de base y punto de referencia para relacionarse con los demás y con el entorno.

Esta realidad es innegable y, además, no puede ser de otra manera. Somos hijos de nuestra experiencia y quien no se ciñe a ella tiene escasas posibilidades de madurar. Uno parte de sus propios datos para pergeñar su visión del mundo.

Pero de constatar este hecho a afirmar que ésa es la verdad hay un trecho muy largo. Una engañosa identificación y una confusión de términos sólo explicables desde el relativismo.

Si se plantea la verdad como una cuestión tan extremadamente subjetiva, nos topamos con contradicciones insalvables. Porque fulano me hizo una canallada, concluyo que es un malnacido. Pero otra persona a la que ese mismo individuo ha tratado amablemente, afirmará que es un ángel. ¿Cómo calibrar la bondad o la maldad de fulano, pues dependiendo de a quien se pregunte las respuestas no sólo serán diferentes sino opuestas? Una solución, por supuesto, es afirmar que se trata de conceptos vacíos (como los de belleza, justicia y tantos más), que cada cual rellena “ad libitum”. Otra variante es la que mantiene que fulano es las dos cosas: malo para mí y bueno para ti. Con semejante planteamiento hablar de verdad es cuando menos chistoso.

Si pensamos en Hitler o en cualquier otro psicópata renombrado, esas verdades con minúscula, aparte de caer por su propio peso, se revelan lastimosamente miopes. Que Eva Braun tuviese en alta estima al Führer, que le regalaba flores y bombones, no cambia en nada la catadura moral del encausado ni justifica el menor de sus crímenes.

No hay que poner en duda que para esta mujer y para todos los seguidores del dictador alemán, éste era un hombre fuera de lo común, un genial estratega, alguien digno de confianza y admiración. No hace falta consignar todo el mal del que fue artífice. El daño y el dolor que provocó son inconmensurables.
Si nos atenemos a las pequeñas verdades, habría que aceptar la de Eva Braun, puesto que ella, basándose en su propia experiencia, ha construido una imagen verdadera del Führer. ¿O tendría que ser Eva Braun la que debería modificar su visión y admitir que estaba equivocada?

Cada uno tiene su pequeña verdad para andar por casa, pero hay círculos más amplios en los que esa visión limitada naufraga. Retrotraerlo todo al ámbito subjetivo no sólo supone un empobrecimiento, es sobre todo una traición a la exigencia de objetividad y ecuanimidad, que es en lo que consiste la verdad.

La verdad no es un subproducto de mis preferencias, sino la marea que las desborda y pone de manifiesto su inanidad. Y ésta es la puerta de salida de embrollos y laberintos, la vía de apertura a una visión superior e integradora.

Si, por el contrario, nos encastillamos en las pequeñas verdades, el proceso se invierte. Nuestra percepción de la realidad será un trasunto de nuestras limitaciones. Cada vez más mezquinos y estrechos de miras, rechazaremos todo lo que cuestione nuestros planteamientos.

Las pequeñas verdades son indicaciones prácticas, aplicables en el día a día, siempre sujetas a críticas y reformulaciones, pero absolutizarlas, elevarlas a la categoría de verdad es, como queda dicho, una burla.

Se produce entonces un hundimiento, una implosión de valores que no tienen donde sostenerse. Es un medio seguro de andar a trancazos unos con otros.

La dimensión trascendente de la verdad es la que nos permite vivir, precisamente por sobrepasarnos, por no tener nada que ver con nuestros afectos y aversiones a los que tan obstinadamente nos aferramos.

 

 

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25.- Dice Emma a su amiga Lupe: “Primera premisa del silogismo: Todas tenemos que lidiar un toro. Segunda premisa: En la vida se paga un precio por todo. Conclusión: Hay que bandearse lo mejor que se pueda y se sepa.
“Todas las reses no son iguales de bravas. Ya me entiendes: hay problemas grandes, problemas medianos, problemas pequeños y pamplinas.
“Yo no soy relativista. No pienso que todo vale, que todo está permitido, que la vida es demasiado corta para privarse de nada. El famoso “a vivir que son dos días”.
“Soy incapaz de liarme la manta a la cabeza y decir a todo que sí, que es como se afianzan las imágenes dabuten.
“La segunda premisa también se podría enunciar así: Por todo se paga un peaje en la vida.
“Tras la fachada, que es lo que a ti te sirve de argumento para negarle a esa persona el derecho a quejarse, y si se atreve a ello, a criticarla acerbamente, tras la fachada, digo, están las habitaciones de la casa que no conoces.
“A pesar de no ser taurina, la metáfora del toreo me gusta porque es gráfica y eficaz. Así pues, voy a seguir con ella.
“El arte del toreo nos concierne a todas. Por supuesto, los toros no son iguales, pero incluso el más manso nos puede coger y darnos un revolcón. E incluso empitonarnos.
“A fulana, según me cuentas, todo le ha venido rodado. No pongo en duda que ha tenido muchas facilidades y comodidades. No pongas en duda tú tampoco que estará lidiando los toros que han salido del chiquero expresamente para ella.

 

 

 

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23.- “¡Qué aburrida me tienes con ese estribillo!” dice Emma a su amiga Lupe. “No, todo no da igual. Mi situación económica y social es mejor que la tuya. Objetivamente lo es y se puede demostrar sin dificultad. Incluso has dicho en más de una ocasión que estarías dispuesta a cambiar tu situación por la mía.
“Lo mismo ocurre en otras parcelas de la vida. ¿Por qué no habría de dar igual en cuestiones de dinero y de prestigio, y sí en otras? ¿Tal vez por el simple hecho de que tú a las primeras les concedes importancia y a las segundas no?
“Es mentira que todo da igual. El factor económico es relevante. La tierra es la que nos sostiene. Pero sobre la tierra está el cielo. Conviene no olvidar ese detalle”.

24.- Cansada del radicalismo lacrimógeno de Lupe, Emma le replica: “Me miras y sientes un ramalazo de envidia, de sana envidia, dices, aunque eso sea una contradicción en los términos, un ridículo oxímoron.
“Pero tú lo aceptas todo. Todo lo ves bien. En tu ancha manga cabe cualquier disparate. Todo lo ves bien. Todo lo aceptas. Salvo que mi situación económica y social sea mejor que la tuya. Ante eso te rebelas, sientes una sana envidia. Todo no está bien. Ni para mí ni para ti.
“No quieras engañarte. Tú no eres tonta. Está también la cuestión de que no todo lo que reluce es oro. Cada una sabe dónde le aprieta el zapato. Incluso las antirrelativistas de buena posición tenemos problemas.
“Ocurre, desde luego, que sólo vemos lo que queremos ver, la parte buena, la que suscita envidia. La parte mala no nos interesa. Si nos llegan noticias de ella, nos apresuramos a aguarlas, a rebajar el tono, a menospreciarlas.
“Todas tenemos problemas aunque todos los problemas no sean iguales. Los hay de verdad y de mentira. Grandes, medianos y pequeños. Ocurre como con las enfermedades. Todas tenemos achaques, pero no vamos a comparar un cáncer con una torcedura de tobillo, por muy dolorosa que sea.
“No dudes de que a cada una le ha tocado su ración de sufrimiento. Y es injusto infravalorarla o desdeñarla porque la nuestra es mayor y nos ciega”.

 

 

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22.-La belleza es la interrelación armoniosa de las partes de un conjunto y de éstas con la totalidad. Es la percepción de orden y sentido en las manifestaciones humanas y en los fenómenos de la naturaleza.
Aldous Huxley dice exactamente: “La belleza brota cuando las partes de un conjunto se relacionan unas con otras y con la totalidad, de tal manera que las aprehendemos en orden y con sentido” (p. 28, Sobre la divinidad, Kairós, 2000).
La belleza es una expresión de la subjetividad humana, pero eso no quiere decir que cualquier cosa, porque alguien lo afirme, sea bella. Ateniéndonos a la definición dada, desde el punto de vista estético y moral hay fealdades incontestables.
La belleza (centrada en el yo, en el sujeto) conforma junto con la bondad (centrada en las relaciones con los demás, en la sociedad) y la verdad (la dimensión objetiva de la realidad) la gran triada que debe presidir todos los actos humanos.
La verdad sobrepasa al yo y al nosotros, es decir, al ámbito de la subjetividad y de la intersubjetividad, erigiéndose en una exigencia de conocimiento más allá de cualquier contingencia. Tal vez habría que decir simple y llanamente en un imperativo de Absoluto.
Manifestaciones de la fealdad son el nihilismo, que es negación de orden y sentido, acompañada normalmente de furor destructivo, y el relativismo, que es una especie de nihilismo menos rabioso. En uno y en otro hay una tendencia de reducción a la nada, aunque a menudo ese objetivo se disfrace de necesidad de hacer “tabula rasa”, requisito indispensable para construir la sociedad perfecta y el individuo feliz. En la práctica, se ha demostrado repetidamente que movimientos de esa índole conducen al totalitarismo y a la cosificación del hombre.
El nihilismo es una negación directa de significados y valores. El relativismo actúa más insidiosamente. Amparándose en la obtención de beneficios inmediatos, revistiendo la apariencia de un proceso razonable, realiza su labor de zapa que persigue el mismo objetivo de demolición social e inflación del ego. Ciertamente, las actitudes relativistas tienen a su favor que, en efecto, a niveles pragmáticos el sentido común aconseja ser flexible y adaptable.
Si aceptamos que la belleza es orden y sentido, esas dos doctrinas, en las que la dimensión subjetiva adquiere un carácter monstruoso, son sumamente feas. Por su desproporción merecerían ser exhibidas en una caseta de feria. Por su ausencia de equilibrio entre las partes, pueden ser definidas como sinécdoques patológicas.
Entre bambalinas se mueve un ego tiránico que no tolera la más leve exigencia de objetividad, que no admite la más leve intromisión, un ego para quien su peor enemigo es todo aquello que lo sobrepasa. Su única aspiración es vivir sola y exclusivamente dentro de sí mismo, pretensión que arropa con discursos engañosos. Su meta es satisfacer sus deseos, que pueden traducirse en las aberraciones sadianas, por poner un caso extremo que ejerce una innegable atracción en ciertos ámbitos intelectuales.
Lógicamente, todo aquello que coarte, frustre o limite ese deseo pone de uñas y es visto como un ataque represor.
En última instancia, el nihilismo y el relativismo se pueden definir como la negación de lo Absoluto, que es el asiento, el lugar de origen de la triada a que se hacía mención anteriormente, la raíz y la fuente de todo.
Para esas doctrinas deletéreas, cualquier cosa puede ser bella. Basta con que alguien se empeñe y, puesto que sólo el sujeto existe, puesto que sólo la subjetividad es real, cómo rebatir esa afirmación. La única forma de hacerlo es, admitiendo la existencia de lo Absoluto y la realidad de la objetividad, remitirnos a esas instancias.
Para dichas doctrinas, la verdad es un cuento chino que depende de multitud de variables y condicionantes. La verdad es un transformista que, según el país y la época, adopta una forma u otra, todas auténticas o todas falsas, eso es algo imposible de averiguar y, en definitiva, irrelevante.
En cuanto a la bondad, tras un buen amasado, la reducen a buenismo, que es una pasta insustancial pero de venta inmediata, un barniz brillante sobre una puerta de melamina. Pero el respeto ha hecho mutis por el foro. El reconocimiento del otro como alguien que puede no compartir mis fijaciones no se contempla. El prójimo sólo es aceptado en la medida en que me refleja, en que me devuelve mi imagen. El prójimo es el espejo en que me miro para comprobar lo guay que soy.
Contemplando la imagen del planeta Tierra flotando en los espacios intersiderales, uno piensa que el ser humano es un milagro similar. ¿Cómo podría existir la Tierra sin ese vacío que le permite gravitar? ¿Cómo puede sobrevivir el ser humano sin ese trasfondo absoluto, que es de donde venimos y adonde regresamos?

 

 

 

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