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Jorge estaba sentado en el sillón. Su amigo, de pie, miraba a través de la ventana. Ambos volvieron la cabeza cuando entré.
Correspondí a su saludo con una sonrisa. Jorge me señaló una silla y dijo que, aprovechando la ausencia de mi padre, podríamos hablar con más libertad.
Me extrañó su actitud directa. Por lo general divagaba antes de abordar el tema. A lo mejor tenían prisa.
El colega de Jorge tomó la palabra. Acercándose a la mesa, en la que apoyó las manos, en un tono festivo hizo alusión a lo preocupados que estaban mis progenitores.
Me percaté de que esas inflexiones frívolas de su voz tenían por objeto ganarse mi confianza, establecer entre nosotros un lazo de complicidad.
Jorge me ofreció un cigarrillo y corroboró lo dicho por su amigo. Tenía que ser franco con ellos, sincerarme, no esconder nada.
Me pidieron que les informase de mis sesiones con el psicólogo, lo cual hice con brevedad. Cuando me preguntaron si las consideraba beneficiosas, respondí, tras vacilar unos segundos, que no. Si seguía yendo a la consulta del psicólogo, no era por voluntad propia sino para complacer a mis padres y, así, darme un respiro.
Eso no tenía nada de raro, afirmó el colega de Jorge. Añadió que las terapias variaban según las escuelas. Tal vez me convenía otra.
Al principio lo escuché con interés, pero en su disertación recurría a menudo a términos científicos y mi atención decayó.
Luego, al desgaire, me preguntó si fumaba hierba. Me pareció no haber oído bien. “¿Cómo?” “Que si fumas hierba” repitió llevándose los dedos a la boca y aspirando el humo de un porro imaginario.
Esa sucesión de gestos me hizo gracia. Jorge puntualizó: “Queremos saber si consumes algún tipo de droga” “No”.
Cuando se convencieron de que les decía la verdad, Jorge cruzó una mirada con su amigo, cuyo significado estaba claro para mí. Él sabía que yo no estaba enganchado.

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Sólo me apetecía hojear el periódico. La murria se había apoderado de mí. Era un sentimiento paralizante que, al removerlo, se intensificaba. De poco valían los análisis ni los exámenes de conciencia. Lo mejor era conservar la calma. Ni abandonarse ni resistirse. Dejarlo estar.
Esa marea que me inundaba, retrocedería. A la pleamar sucede la bajamar como a la noche el día.
Mi madre había golpeado la puerta de mi dormitorio con los nudillos para avisarme de que me estaban esperando.
“¿Estás ahí?” preguntó. “Sí” “Jorge y un amigo suyo acaban de llegar. Baja enseguida” “Sí”. Y me quedé escuchando cómo se alejaba.
Mi primera reacción fue desaparecer. Mi mente empezó a carburar. No estaba en condiciones de enfrentarme a Jorge y al otro.
Poseía mis propios recursos para remontar estos baches: la indiferencia ante los acontecimientos, el descenso de mi ritmo vital y, lo más difícil de conseguir, la aminoración del flujo mental.
Pensamientos caóticos y deslavazados se encadenaban sin fin como una burla o una maldición. Las ideas se desviaban de lo lógico a lo absurdo, de lo natural a lo grotesco, de lo divino a lo demoníaco.
Las emociones teñían de sombríos colores esa barahúnda.
A veces venía en mi auxilio un verso o una frase. Surgía del fondo de mi memoria y se ponía a revolotear dentro de mi cabeza, imponiendo su presencia, aventando esa sarta de disparates e incoherencias o dificultando su desarrollo y proliferación.
El trabajo que realizaba una simple cita de origen incierto, era titánico.
Mientras bajaba despacio los escalones, afloraron unas cuantas palabras en inglés. Cuando llegué ante la puerta del despacho, resonaban nítidamente en mi interior infundiéndome coraje. “Anywhere out of the world”…

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Mi actitud reconcentrada era mayor si cabe. Aunque acudía con regularidad a mi cita semanal con el psicólogo, no experimentaba mejoría.
Mi padre llamó a Jorge y éste a un colega suyo que ya había estado en casa anteriormente.
Por dos razones barruntaba que pronto habría cónclave. En primer lugar porque nadie venía a importunarme alegando interés por mi estado de salud. La libertad y la paz de que disfrutaba me tenían escamado.
En segundo lugar porque escuché por casualidad un comentario de mi padre referente al dinero que costaban mis sesiones con el psicólogo. No había signos de restablecimiento, que era lo menos que se podía esperar. Sabía que mi problema exigía un largo proceso terapéutico. Así y todo, no comprendía cómo al cabo de varios meses de visitas mi comportamiento no había variado un ápice, por no decir que había empeorado.
Desde que oí esas consideraciones, estuve vigilante. No quería estar presente en la dichosa reunión. No quería que me sometieran a un nuevo interrogatorio. No quería exponerme a su curiosidad aunque estuviese legitimada por el afecto y la preocupación.
Un domingo por la mañana, que estaba hojeando el periódico en mi cuarto, mi madre vino a buscarme. Jorge y su amigo me aguardaban abajo, en el despacho de mi padre.
Para divisar la calle, me sentaba junto al balcón. De esta forma, en cuanto los descubriese, dispondría de tiempo suficiente para quitarme de en medio. Contaba además con que aparecerían por la tarde, a la hora del café, como la primera vez. En ese momento ni siquiera estaba sentado en el sillón sino a la mesa camilla.
Mis padres se enfadarían si no me entrevistaba con ellos. Tras sopesar los pros y los contras de una fuga a la desesperada, decidí que era preferible no enredar la madeja todavía más.

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Un gran escritor es el que desvela la realidad por medio de las palabras. Todos tenemos barruntos de cuál es la naturaleza profunda de las cosas, pero sólo cuando la vemos objetivada gracias al saber hacer de un narrador tomamos plena conciencia de ella. Nuestra vaga intuición se ve confirmada al recibir este espaldarazo.
Esto ocurre, y no se puede decir sencillamente pues de sencillo no tiene nada, porque el escritor ha encontrado la forma idónea de expresión que conviene a esa parcela de la realidad social o individual. Ha dado en la tecla. Y como es de bien nacido ser agradecido, hay que reconocer que ese logro va a ser difícil de superar. Ahí está para posteriores comparaciones y consideraciones ya que, por derecho propio, se ha convertido en un punto de referencia.
Ése es el mérito de Josep Pla cuando habla del tan traído y llevado como probablemente sobrevalorado arte de escuchar, con un excelente cartel que pocos se atreven a cuestionar. Entre esos pocos se cuenta el escritor ampurdanés que, sin pelos en la lengua, analiza ese alabado e incluso mitificado ejercicio que tanto fastidio produce en el noventa y cinco por ciento de los casos.
El arte de escuchar, además de lesivo, supone una pérdida de tiempo de la que uno acaba arrepintiéndose amargamente, pero esto no quita para que goce de una fama a la altura de los tiempos.
Irónico y socarrón, Pla tira de la manta y deja ver lo que hay debajo. Recurriendo a la paradoja, afirmando cuando niega y negando cuando afirma, dándoles la vuelta a las palabras y colocándolas boca arriba o boca abajo, Pla radiografía el fenómeno y la estrategia de la escucha aireando las motivaciones “non sanctas” del oyente y del hablante.
Pla no se llama a engaño. Con su pragmatismo y su realismo a prueba de buenismo y demás estulticias, llama al pan pan y al vino vino.
En su exposición sobre este tema no utiliza la palabra diálogo, tal vez porque, como confirma la experiencia, se trata de una quimera.
Normalmente no hay diálogo, sino que uno habla y otro escucha. En el análisis de este hecho Pla se luce.
El alto precio pagado por el oyente sólo tiene sentido si a cambio obtiene algo.
Este pasaje de maestría literaria, que se encuentra en la entrada del 2 de abril, es uno de tantos de El cuaderno gris, donde se suceden sin dar respiro al lector.
Habla Enric Frigola, propietario que ha vivido en Estados Unidos, y profesor de idiomas en la Escuela de la villa:
“Se ha de escuchar a quien conviene. Eso sí: hay que escuchar bien o al menos dar la impresión de que se escucha bien. Se ha de dar la impresión de adhesión activa a la persona que habla. Se puede tener el pensamiento donde se quiera, pero se ha de dar la sensación de presencia y de adhesión a la persona que habla. Esto último es bastante sencillo: consiste en mantener una cierta vivacidad en los ojos, mirar de una manera tierna y solícita y hacer, mientras tanto, con la cabeza, los movimientos de asentimiento paralelos a las cosas que la otra persona va formulando. También es muy útil decir de vez en cuando: “¿Quiere hacer el favor de repetir lo que decía hace un momento? ¿Tendría la amabilidad de aclararme el concepto a que aludía hace un instante?”. Los hombres quieren que los escuchen. Es lo que les gusta más. Les gusta más que el dinero, que las mujeres y que comer y beber bien. Un hombre escuchado se convierte en un presuntuoso absolutamente feliz. (…) El sistema (…) establecido naturalmente entre los hombres, y entre los hombres y las mujeres, se basa en la adulación –en el gusto físico que da el hecho de sentirse adulado- y la forma más activa y disimulada (es decir, más eterna) de la adulación es saber escuchar de una manera natural, activa y discreta. Contribuye mucho a llegar a esta naturalidad no cometer la tontería de mostrar lo que uno sabe realmente. Los propios conocimientos –si es que se tiene alguno- se han de saber disimular hasta el punto justo; sin caer, en cambio, en el extremo de acentuar demasiado la propia estupidez… (…)
El arte de escuchar (…) es terriblemente cansado y vale realmente la pena (…) ahorrarse tener que practicarlo. A mi entender, la forma más concreta y agradable de la independencia es poder vivir sin necesidad de escuchar a nadie”.

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El horizonte atisban
Infatigables
Las curtidas encinas

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Camino de la escuela había una vieja morera, a la que nos encaramábamos cada vez que pasábamos a su lado. Cuando la divisábamos, nos precipitábamos y trepábamos sin dificultad por su tronco nudoso e inclinado.
Había que tener cuidado con los guardias municipales que nos espantaban a gritos y nos amenazaban con sus cachiporras de cuero negro. En cuanto a los vecinos, no nos fastidiaban con monsergas cuando nos veían tirar nuestras carteras y ponernos en cola para subir al árbol.
Una de las redacciones que mandó don Tomás se titulaba “La naturaleza”. Mediaba la primavera. Ese año había sido muy lluvioso y la hierba crecía pujante por todas partes, incluso en las junturas de los adoquines. El campo estaba verde y florido.
El maestro pensó que era el momento adecuado para desarrollar ese tema. Según él, bastaba echar un vistazo a nuestro alrededor para inspirarnos.
Se equivocaba. La mayoría de los trabajos eran un cúmulo de tópicos manidos que él mismo nos había aconsejado evitar. El tema propuesto era tan amplio que se nos escapaba de las manos.
Don Tomás revisaba las redacciones mientras nosotros analizábamos frases morfológica y sintácticamente. Dentro de pocos minutos nos comunicaría el resultado de su selección. Esta espera nos ponía nerviosos.
Incluso Currito permanecía erguido y con los ojos bien abiertos trazando líneas debajo de las palabras y escribiendo una ese mayúscula si se trataba del sujeto de la oración o una ce y una de en el caso de que fuera el complemento directo.
Mis compañeros habían glosado la belleza primaveral, y ensalzado los múltiples dones de la Madre Naturaleza.
A mí se me ocurrió escribir sobre la vieja y maltratada morera. El tono de mi redacción no era lírico sino llano. De hecho, se trataba de una descripción. No ignoraba que este recurso era del agrado del maestro, pero me atormentaba la idea de haberme pasado de original, y de que mi trabajo fuera incluido en su lista de bodrios.
En esos momentos, mi redacción me parecía de una pobreza desoladora. ¿Qué decía en definitiva? ¿Que el árbol tenía la corteza resquebrajada y reseca? ¿Que su tronco estaba lleno de abultamientos que utilizábamos como escalones para llegar a la copa, y de oquedades en las que pululaban las hormigas y otros insectos? ¿Que sus hojas, que servían de alimento a los gusanos de seda, sólo festoneaban las ramas más altas mientras que las otras estaban peladas? ¿Que, por esa razón, pese a que la primavera estaba en su apogeo, la morera presentaba un aspecto otoñal? ¿Que esos penachos verdes y brillantes eran un conmovedor testimonio de vida?
Cuando don Tomás se levantó, tenía en la mano una sola redacción. Circunspecto y distante, nos observó durante unos segundos antes de hablar. No comprendí lo que decía. Los oídos me zumbaban un poco. Fue necesario que mi compañero me diese un toque con la rodilla.
Me puse en pie y me dirigí al estrado. El maestro me entregó mi composición y me pidió que la leyera en voz alta y clara.

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