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Dulzura de las tardes invernales
al amor de la lluvia y el brasero,
cuando el viento se vuelve mensajero
de verdades ignotas y cabales.

Lentos atardeceres estivales,
vuestra gloria radiante yo venero,
cuando moroso el resplandor postrero
pone fuego en vidrieras y cristales.

Del otoño azuleando en el estero
y embalsamando el aire con sus sales,
me llegan su tibieza y su tempero.

Iridiscentes luces cenitales
confluyen e iluminan por entero
tulipanes, glicinias y rosales.

 

 

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Jean Paul

Me encontré con él en la ermita, adonde solía ir y sentarse en el banco de madera que hay a la entrada.
Me invitó a que ocupase un lugar a su lado. Jean Paul es un viejecito canoso, de aspecto bonachón. En el pueblo dicen de él que es poca cosa. No sé exactamente a qué se refieren, si a su endeble constitución física o a su esmerada educación.
Como es una de las escasas personas de mi entorno que escucha realmente, me puse a hablar del tema al que venía dándole vueltas en la cabeza: el problema de la hinchazón del yo, de ese afán de protagonismo que dificulta una relación fluida.
Todos estamos deseosos de contar películas en las que somos el actor principal y los demás son meros comparsas cuya única finalidad es favorecer el lucimiento de la “vedette”.
Ignoro los motivos que impulsaron a Jean Paul a establecerse en el pueblo, pero sé que fue oblato en un convento benedictino, donde pasó varios años antes de regresar al mundo.
No cuesta trabajo imaginárselo haciendo vida monástica, que es la que hace aquí en definitiva.
En su marcado acento francés me dijo: “Transfórmalo todo”. Me pareció que salía por peteneras. Yo no le estaba contando nada personal sino que más bien divagaba.
Tras mi elucubración, sin embargo, él había percibido una heridita sangrante.
Por lo general, las intelectualizaciones tienen su origen en conflictos concretos para los que la solución no es nunca esos montajes mentales, aunque ciertamente son un escape para los introvertidos.
“Transfórmalo todo” “¿Cómo?” “Tú sabes cómo”.
Luego me contó la historia de la ermita, una pequeña y hermosa construcción del siglo XIV, de formas sencillas y armoniosas, sin pretensiones arquitectónicas ni ornamentales. Como Jean Paul señaló, este santuario no engañaba a nadie.
Por eso, supongo, es por lo que a él le gusta pasear hasta este lugar tranquilo, en las afueras, y sentarse en el banco de madera.

 
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No malentiendas mis palabras. No estoy emitiendo ningún veredicto.
No estoy diciendo que sea buena ni mala. Estoy diciendo que con ella yo no soy yo.
Para mi bochorno, me descubro tratando de complacerla y, en consecuencia, haciendo concesiones.
Ya tengo una madre con la que tener tales miramientos.
No me digas que es buena. No conozco a nadie que sepa clavar el aguijón con más pericia en las partes mollares. Es buena si cumples las condiciones que establece.
Pero, sobre todo, yo no soy yo. Para mi bochorno, me descubro tratando de jugar a su juego, de bailar al son que toca, temiendo ser pillado en falta, porque si algo la fastidia, te lo hace pagar. No negarás que no perdona ni una.
Una madre es suficiente. No quiero ir contra mí mismo. No quiero decir ni hacer cosas de las que voy a arrepentirme.
No quiero mirarme al espejo y comprobar que ése no soy yo, que ése que refleja el cristal es una máscara.
No estoy emitiendo ningún veredicto. Tal vez mis palabras deban entenderse como una defensa. Si te place, interprétalas así.
Sé lo que me conviene y lo que atenta a mi integridad.
A estas alturas no estoy para hacer concesiones ni tampoco para que las hagan conmigo. Si no congeniamos, no pasa nada.
Hace tiempo que llegué a la conclusión de que la piedra angular de las relaciones humanas es el respeto.
Eso fue precisamente lo que me dijo mi abuela cuando me casé. Y ella vivió tantas penalidades que sus opiniones tienen para mí el valor del oro puro.
Dijo: “Para que un matrimonio funcione, el marido tiene que respetar a la mujer, y la mujer al marido”.

 

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Cabriolas y retruécanos
Cuando Isidro, el médico, llegó al pueblo, Isidoro, el practicante, llevaba varios años viviendo allí. De hecho, era ya una institución.
Isidoro no andaba. Danzaba. Daba pasitos que concluía apoyándose en la punta del pie con tanto garbo que parecía un bailarín a punto de saltar trenzando las piernas. Cuando estaba contento, el impulso ascendente se acentuaba.
Los vecinos se paraban y se volvían para verlo alejarse creciendo y decreciendo al compás de la marcha.
A esto hay que añadir las reverencias que prodigaba a manera de saludo, rubricadas con una sonrisa que dejaba al descubierto sus dientes renegridos.
Los jóvenes, más influenciables, empezaron a imitar sus andares y sus genuflexiones, que se pusieron de moda.
Por razones de su profesión, a una de las primeras personas que conoció Isidro fue a Isidoro, que lo ayudó a buscar alojamiento y lo introdujo en los círculos selectos del pueblo.
Cuando la mujer de Isidoro preguntó al flamante doctor si estaba casado, una respuesta de lo más chusca por parte de Isidro, soltero todavía pero con novia, la hizo reír hasta las lágrimas.
Tanto ella como su marido se percataron de que Isidro era “un cachondo mental”.
Desde luego, hablar con él era una aventura. Nunca se sabía por dónde iba a salir. Capaz de sacarle punta a la frase más anodina, era igualmente hábil tergiversando declaraciones ajenas.
La mayoría lo tenía por ingenio y una minoría crítica por vicio. En cualquier caso, parecía tratarse de una segunda naturaleza que escapaba al control del galeno.
Isidro mantenía que, a quienes chocaba esa saludable práctica de estar haciendo chistes todo el santo día, no tenían sentido del humor.
Lo cierto era que el ritmo impuesto por el médico poca gente lo podía resistir. Lo cual no fue óbice para que, como a su colega sanitario, le saliera una pléyade de admiradores que, con los ojos puestos en su modelo, cultivaban el arte de la ingeniosidad. Incluso en algunos ambientes se llegó al tácito acuerdo de no expresarse con naturalidad so pena de descalificación inmediata.
Isidro e Isidoro, que hicieron buenas migas, revolucionaron las costumbres del pueblo, imponiendo un estilo en consonancia con sus acusadas personalidades.
Este proceso se desarrolló ante la mirada atónita de los pocos vecinos que lograron no sucumbir a la gracia de unos andares ni al hechizo de una ocurrencia.

 

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Tras cada título se agazapaba una historia. Este recurso, en cuya eficacia confiaba, se convirtió en un arma de doble filo.
Me tranquilizaba y me liberaba encontrar el epígrafe adecuado, pero esa frase lacónica, a veces una sola palabra, en la que inyectaba un proyecto o una idea, empezaba a hincharse, exigiendo mimos y cuidados cual preñada primeriza, reclamando que velase por ella hasta el momento en que la criatura estuviese en el mundo.
Persiguiendo el objetivo opuesto me estaba creando nuevas ataduras.
Traté de solucionar este problema. No estaba dispuesto a ceder. Lo que pedía de mí era una dedicación exclusiva.
Para colmo, otro imponderable entró en liza, complicando el hallazgo de una salida satisfactoria.
Un día, con la mayor naturalidad, el proceso que yo tenía por unidireccional se invirtió. Este descubrimiento me dejó perplejo.
Siempre había ido del gesto cansino, de la mueca de disgusto, de la mirada somnolienta o de la reacción airada al marbete donde se indicaba la nota distintiva o la simple anotación del hecho.
Ahora comprobaba que una fortuita concatenación de palabras tenía el mismo poder de sugestión y captación de mi voluntad.
Ateniéndome solamente a las consecuencias, ambas clases de elementos no se diferenciaban.
Recordé una antigua afición que tal vez pudiera serme útil en esta coyuntura.
La lectura de los catálogos de libros constituía un ejercicio que siempre me había resultado placentero.
Esas listas en las que se consignaban el nombre del autor, el título de la obra, el número de páginas, el precio y un resumen o un extracto saciaban mi curiosidad. Casi nunca compraba el libro sobre el que, a partir de los datos expuestos, había dejado volar mi imaginación.
Podía utilizar este mismo método. Para ahorrar tiempo y esfuerzo ¿no sería suficiente hacer, al modo de las editoriales, una simple presentación? ¿No podía compendiar lo que evocaba un título en algunas líneas o, a lo sumo, en una página?

 

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Chimenea

 

 

 

 

 

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