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Desde que me levantaba de la cama hasta que me volvía a meter en ella, estaba expuesto a darme de bruces con un ademán, con una circunstancia e incluso con una inflexión de voz que me tiranizaban.
Tan desestabilizadores eran los descensos en picado como las ascensiones al séptimo cielo que un acto anodino podía desencadenar. Subir o bajar dependía, por cierto, de sutiles matices.
Un mohín de disgusto o un parpadeo de asombro bastaba para poner en marcha el mecanismo. El desastre, de uno u otro signo, sobrevenía indefectiblemente.
Este desarreglo era una fuente inagotable de problemas. Si alguien de modales desenvueltos captaba mi atención, mi actitud daba lugar a malentendidos. Lo que no era más que un involuntario ejercicio de observación pasaba por desmedida curiosidad o por descortesía.
Me dije que tenía que disimular, que corregir mi comportamiento y ajustarlo al de la mayoría.
Aprendí a mirar por el rabillo del ojo al borracho acodado en el mostrador del bar mientras yo mantenía una conversación. A manifestar interés mientras tomaba nota mental de los tics y de las muletillas de mi interlocutor. A hablar mientras asistía al espectáculo de unos dedos que se cruzaban y descruzaban como si tuvieran vida propia. A reír mientras contemplaba a una mujer de negro regando una maceta de claveles reventones.
Mis propósitos de enmienda fallaban y me quedaba como un pasmarote al paso de un retaco con ínfulas de gran señor.
En cuanto al impacto de una mueca de hastío o de una palabra hiriente, seguía siendo el mismo.
No tenía control sobre esos gestos que condensaban el desprecio, la mezquindad, el cansancio, la deferencia, la bondad, la estulticia, la timidez, el engreimiento…
Su exigüidad no afectaba a su eficacia. Un discreto remilgo era el último eslabón de una cadena. Una tosecita forzada abría las puertas de un calabozo. Un juramento entre dientes era el golpe de gracia.
Para liberarme de esa servidumbre me puse a etiquetar ademanes, a rotular situaciones, a registrar escuetamente en mi memoria una reacción, a buscar el título adecuado.

 

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27 de diciembre de 2012 04527 de diciembre de 2012 04427 de diciembre de 2012 04327 de diciembre de 2012 04227 de diciembre de 2012 04127 de diciembre de 2012 04027 de diciembre de 2012 03927 de diciembre de 2012 038

 

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Tégula romanaV
Miró en dirección a la ventana entrelarga que se transmutó en otra alta y más bien estrecha. Por ahí se asomaba Lucio al interior de la habitación, donde, sentado en un sillón de mimbre, estaba su abuelo envuelto en el sahumerio azul de las plantas aromáticas que quemaba en su pipa de barro.
Lucio no sentía la frialdad ni la sordidez de la cárcel. Sólo echaba de menos la luz, incluso la de las antorchas.
Pero este silencio y esta tranquilidad eran un regalo que los dioses le hacían. Cuando llegase el momento, despuntaría el alba.
Mientras tanto, por qué no abandonarse y disfrutar de esta plácida noche poblada de recuerdos.
No le molestaba siquiera esa punzada en el costado que le dificultaba la respiración.
¿No había escrito también el poeta: “En algún recodo de tu encierro / puede haber una luz, una hendidura”?
Tenía la impresión de que el camino hacia los dioses estaba expedito, e incluso de que volaba hacia ellos. No lo cercaban gruesos muros de mortero. Nada lo ataba.
La oscuridad se iba diluyendo. Por la ventana entraba la primera luz del día.
Lucio se volvió para comunicar a su vecino esta buena nueva. Para hablarle de esta noche apacible. De su alegría al contemplar ese leve resplandor.
Se volvió pero a su lado no había nadie.

 

Nota.-Los versos citados pertenecen al soneto “Para una versión del I King” de Jorge Luis Borges.

 

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Tégula romanaIV
Podían haberlos exilado o condenado a un castigo público para que se divirtiese la plebe. Ni siquiera respetaron su derecho a una ejecución privada.
Su suerte, si de tal cosa cabía hablar, era que no los echarían a las fieras ni los descuartizarían. Morirían por decapitación que, según afirman, es un final rápido e indoloro.
Su arresto se produjo en la taberna adonde había ido por razones diferentes a las alegadas en el juicio. No estaba allí para encontrarse con ningún conjurado ni tampoco para comer.
Mientras esperaba, había pedido vino mezclado con resina y un plato de mariscos, esto último no para él sino para quien debía llegar de un momento a otro.
Aguardaba con impaciencia a un esclavo que le traía un mensaje de Aurelia Estacio.
Él no había intervenido en ninguna conspiración. Ciertamente le habían propuesto participar en los cambios que se avecinaban, pero él había declinado la oferta. No era ambicioso ni tenía intereses políticos.
Sus delitos eran ser amigo de Cecilio Estacio, uno de los jefes, y, aunque se mantuvo escrupulosamente al margen, saber lo que se estaba fraguando.
Esos dos cargos le habían valido un veredicto de traición. Al ajusticiamiento había que añadir la afrenta póstuma de que su cabeza se expusiese a la entrada de la ciudad.

 
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Tégula romana III
A su llegada, el bullicio de Roma lo aturdió, así como también la residencia de los Estacio, cuyo austero exterior no dejaba adivinar sus mármoles y sus estucos, sus pinturas y sus mosaicos, sus candeleros y lampadarios de bronce distribuidos por todas las habitaciones.
Lucio llevaba la mitad de la tésera de plata que el patricio había dado a su padre en señal de amistad.
Viejo y enfermo, de hecho moriría poco después, Fabricio lo llamó “hijo” y le presentó a sus nuevos hermanos, Cecilio y Aurelia.
¿Faltaba mucho para que amaneciese? No se escuchaba el rechinar de las ruedas de los carros recorriendo las mal pavimentadas calles, ni el entrechocar de los cascos de los caballos, ni los juramentos de los conductores y de los jinetes.
Lucio dirigió la mirada hacia la ventana entrelarga, a ras del techo, que daba a la vía Tiburtina, por donde entraban el rumor de la ciudad y la claridad del día.
Cuando el juez dictó sentencia y los reos fueron conducidos a la cárcel, Lucio tuvo la oportunidad de ver desde fuera esa abertura enrejada, que era la única ventilación del subterráneo donde permanecerían encerrados hasta su ejecución.

 

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Tégula romanaII
Sus primeros años de vida habían transcurrido en Itálica, donde nació y de donde no tenía que haber salido.
Allí conoció a Fabricio Estacio, el padre de Cecilio y de Aurelia. Él y el resto de los comensales llegaron a la casa sobre las cuatro de la tarde. Se descalzaron y dos esclavos, antes de conducirlos al comedor, les lavaron y les secaron los pies.
Los invitados se acomodaron en los triclinios cubiertos con una blanca tela de lino.
Lucio, desde la puerta, estuvo contemplando el banquete hasta que su madre, con un gesto de la mano, le ordenó que se fuese.
Entonces corrió a ver a su abuelo, que estaba fumando su pipa de barro. El humo del espliego ascendía de la cazoleta impregnando con su aroma la atmósfera del cuarto.
Le contó lo que había visto y oído. Y le preguntó por qué no le permitían echarse en uno de los divanes y participar en el convite. Su abuelo, un hombre sumamente callado, siguió expeliendo bocanadas azules.
Si no fuera por el lugar donde se hallaba, podría afirmar que la noche estaba siendo perfecta.
En cierto momento creyó percibir la respiración anhelosa de Furio, otro conjurado, que parecía una burlesca parodia de la pasión amorosa. O el resuello de un corredor agotado. Pero cuando aplicó el oído, el jadeo se desvaneció.
Una vez, Furio estuvo a punto de morir asfixiado. Convertido en descontrolada flauta, su pecho emitía silbidos cada vez más rápidos y agudos.
Este silencio era propicio a la reflexión y a los balances. “El camino es fatal como la flecha” era el verso final del poema. Y tuvo que darle la razón al vate ciego. La verdad de su vida se resumía en esa escueta frase. O tal vez la verdad de la vida a secas.

 

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In vincula (I)

Tégula romanaI
Su destino estaba sellado. Sólo podía encontrar una razón a su insólito bienestar: lo tranquila que había transcurrido la noche. Normalmente la pasaba escuchando lamentos y gemidos.
Por enfermedad, por hambre o por rutina, los prisioneros no paraban de quejarse. En la oscuridad los reconocía por sus sonidos. En el rincón de la derecha había uno cuyos golpes de tos perruna parecían emerger de una insondable profundidad cavernosa.
Las toses solían ser breves e iban acompañadas de expectoraciones. Algunos habían adquirido la costumbre de expulsar la flema en sonoros escupitajos. Expertos en esta técnica, competían entre sí y se comparaban a lanzadores de jabalina.
La música de fondo eran los ronquidos. Quinto Elio, uno de los conjurados, tronaba.
En estas condiciones él no podía dormir, si acaso trasponerse.
Al principio de la noche, Lucio Coruncario había recordado unos versos del vate ciego: “No te arredres. La ergástula es oscura, / la firme trama es de incesante hierro”.
Estos versos le habían servido de consuelo, pero la memoria se había negado a servirle la continuación. En cuanto dejara de esforzarse, aflorarían las certeras palabras.
En la cárcel se producían extraños fenómenos. Los días se desvertebraban, se confundían unos con otros, se entremezclaban promiscuamente.
Las horas acababan diluyéndose entre esos gruesos muros como los terrones de miel en la leche caliente que su madre le daba por la mañana.
Sin duda, Lucio se había adormilado. Flotando en las tinieblas de su encierro, había visto a su madre con su largo collar de cuentas de oro y cornalina, mirándolo afectuosa, envolviéndolo en su sonrisa.

Nota.-En esta entrada puedes leer el relato completo.

II
Sus primeros años de vida habían transcurrido en Itálica, donde nació y de donde no tenía que haber salido.
Allí conoció a Fabricio Estacio, el padre de Cecilio y de Aurelia. Él y el resto de los comensales llegaron a la casa sobre las cuatro de la tarde. Se descalzaron y dos esclavos, antes de conducirlos al comedor, les lavaron y les secaron los pies.
Los invitados se acomodaron en los triclinios cubiertos con una blanca tela de lino.
Lucio, desde la puerta, estuvo contemplando el banquete hasta que su madre, con un gesto de la mano, le ordenó que se fuese.
Entonces corrió a ver a su abuelo, que estaba fumando su pipa de barro. El humo del espliego ascendía de la cazoleta impregnando con su aroma la atmósfera del cuarto.
Le contó lo que había visto y oído. Y le preguntó por qué no le permitían echarse en uno de los divanes y participar en el convite. Su abuelo, un hombre sumamente callado, siguió expeliendo bocanadas azules.
Si no fuera por el lugar donde se hallaba, podría afirmar que la noche estaba siendo perfecta.
En cierto momento creyó percibir la respiración anhelosa de Furio, otro conjurado, que parecía una burlesca parodia de la pasión amorosa. O el resuello de un corredor agotado. Pero cuando aplicó el oído, el jadeo se desvaneció.
Una vez, Furio estuvo a punto de morir asfixiado. Convertido en descontrolada flauta, su pecho emitía silbidos cada vez más rápidos y agudos.
Este silencio era propicio a la reflexión y a los balances. “El camino es fatal como la flecha” era el verso final del poema. Y tuvo que darle la razón al vate ciego. La verdad de su vida se resumía en esa escueta frase. O tal vez la verdad de la vida a secas.
III
A su llegada, el bullicio de Roma lo aturdió, así como también la residencia de los Estacio, cuyo austero exterior no dejaba adivinar sus mármoles y sus estucos, sus pinturas y sus mosaicos, sus candeleros y lampadarios de bronce distribuidos por todas las habitaciones.
Lucio llevaba la mitad de la tésera de plata que el patricio había dado a su padre en señal de amistad.
Viejo y enfermo, de hecho moriría poco después, Fabricio lo llamó “hijo” y le presentó a sus nuevos hermanos, Cecilio y Aurelia.
¿Faltaba mucho para que amaneciese? No se escuchaba el rechinar de las ruedas de los carros recorriendo las mal pavimentadas calles, ni el entrechocar de los cascos de los caballos, ni los juramentos de los conductores y de los jinetes.
Lucio dirigió la mirada hacia la ventana entrelarga, a ras del techo, que daba a la vía Tiburtina, por donde entraban el rumor de la ciudad y la claridad del día.
Cuando el juez dictó sentencia y los reos fueron conducidos a la cárcel, Lucio tuvo la oportunidad de ver desde fuera esa abertura enrejada, que era la única ventilación del subterráneo donde permanecerían encerrados hasta su ejecución.
IV
Podían haberlos exilado o condenado a un castigo público para que se divirtiese la plebe. Ni siquiera respetaron su derecho a una ejecución privada.
Su suerte, si de tal cosa cabía hablar, era que no los echarían a las fieras ni los descuartizarían. Morirían por decapitación que, según afirman, es un final rápido e indoloro.
Su arresto se produjo en la taberna adonde había ido por razones diferentes a las alegadas en el juicio. No estaba allí para encontrarse con ningún conjurado ni tampoco para comer.
Mientras esperaba, había pedido vino mezclado con resina y un plato de mariscos, esto último no para él sino para quien debía llegar de un momento a otro.
Aguardaba con impaciencia a un esclavo que le traía un mensaje de Aurelia Estacio.
Él no había intervenido en ninguna conspiración. Ciertamente le habían propuesto participar en los cambios que se avecinaban, pero él había declinado la oferta. No era ambicioso ni tenía intereses políticos.
Sus delitos eran ser amigo de Cecilio Estacio, uno de los jefes, y, aunque se mantuvo escrupulosamente al margen, saber lo que se estaba fraguando.
Esos dos cargos le habían valido un veredicto de traición. Al ajusticiamiento había que añadir la afrenta póstuma de que su cabeza se expusiese a la entrada de la ciudad.
V
Miró en dirección a la ventana entrelarga que se transmutó en otra alta y más bien estrecha. Por ahí se asomaba Lucio al interior de la habitación, donde, sentado en un sillón de mimbre, estaba su abuelo envuelto en el sahumerio azul de las plantas aromáticas que quemaba en su pipa de barro.
Lucio no sentía la frialdad ni la sordidez de la cárcel. Sólo echaba de menos la luz, incluso la de las antorchas.
Pero este silencio y esta tranquilidad eran un regalo que los dioses le hacían. Cuando llegase el momento, despuntaría el alba.
Mientras tanto, por qué no abandonarse y disfrutar de esta plácida noche poblada de recuerdos.
No le molestaba siquiera esa punzada en el costado que le dificultaba la respiración.
¿No había escrito también el poeta: “En algún recodo de tu encierro / puede haber una luz, una hendidura”?
Tenía la impresión de que el camino hacia los dioses estaba expedito, e incluso de que volaba hacia ellos. No lo cercaban gruesos muros de mortero. Nada lo ataba.
La oscuridad se iba diluyendo. Por la ventana entraba la primera luz del día.
Lucio se volvió para comunicar a su vecino esta buena nueva. Para hablarle de esta noche apacible. De su alegría al contemplar ese leve resplandor.
Se volvió pero a su lado no había nadie.

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Muro de niebla

 

 

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Ícaro

En el azul etéreo
elevándose siempre
con obstinado empeño

Batir de níveas alas
acercándose al sol
hundiéndose en el agua

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