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XXII
Antes de abandonar este innoble museo,
es preciso pasar por la postrera sala.
Bien quisiera evitar esta visita y dar
aquí por acabado este abyecto muestrario.
Mas para ver la luz y respirar el aire,
para salir al fin de este dédalo oscuro,
refugio de fantasmas, madriguera de endriagos,
vivero de murciélagos, escondrijo de ratas,
lugar de voces y ecos resonando sin tregua
como una maldición, sentina, lupanar,
submundo, pandemónium, por aquí hay que pasar.

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En la chimenea ardía un buen fuego que no caldeaba el espacio único formado por el salón y el comedor. En la primera pieza la temperatura era elevada, incluso se subían los colores en la cercanía del hogar. En la segunda subsistía un toque de frialdad.
Al entrar el efecto fue deslumbrante. Los alrededores de la casa estaban a oscuras. Bajamos del coche, dimos una carrera por la gravilla que crujía bajo nuestros pies, y subimos raudos los dos escalones del porche. Un farol de hierro forjado colgaba del techo. Entre las dos ventanas había una angarilla con sus cántaros. Ante la puerta, a modo de felpudo, había una estera redonda de esparto.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue un museo de artes suntuarias. Mariana, la dueña, nos recibió amablemente. Nos agradeció de corazón que hubiésemos venido, máxime con este tiempo. También Rafael, su marido, y los otros invitados se pusieron en pie, pero ellos esperaron a que nosotros nos acercásemos para cruzar los saludos de rigor.
La chimenea estaba construida con ladrillos moriscos. Para la repisa habían aprovechado una gruesa viga de madera no completamente desbastada y barnizada de oscuro. La impronta de elegante rusticidad no pasaba desapercibida a nadie.
Mariana tenía buen gusto y una innegable inclinación por el lujo. Así lo demostraban el sofá y los sillones de terciopelo de color miel, la mesa baja de palisandro con incrustaciones de bronce y la alfombra persa.
Durante el viaje, cuando Elena había condescendido a hablar, su tono de voz había sido neutro, apagado. En cuanto entramos en la casa, recuperó el suyo habitual.
Se situó junto al fuego porque, según explicó, tenía el cuerpo cortado. Cualquiera pensaría que había pasado frío en el coche. O tal vez era una alusión a las tres veces que ella y Reme habían bajado para abrir las cancelas.
Permaneció un rato con las manos extendidas hacia las llamas, ante el guardafuego de cantoneras doradas tras el cual crepitaba la leña que cubría el tronco trashoguero.
Yo me senté en uno de los mullidos sillones de color miel. Alonso mantenía con Olaya una de esas charlas insustanciales que me ponían a prueba. Y eso era lo que me esperaba el resto de la noche.

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XXI
En la casa de fieras, unas rugen, aúllan,
otras silban, rebuznan, cacarean, maúllan.
Todas se identifican por un sonido propio,
menos una que escapa
a este fácil recurso de catalogación.
Sacar los pies del plato es uno de sus vicios
que podemos contar entre los más discretos.
Sentado en un rincón de su apestosa jaula,
este engendro nos mira, nos escruta y arroja
por entre los barrotes un gargajo verdoso
que a nuestros pies cae.
Entonces este cruce de hiena y arrendajo
nos enseña los dientes, amarillos de sarro,
y emite una risita.
Si piensa que ha hecho gracia, nuevos escupitajos
lanzará hasta que al fin uno vaya a parar
a un zapato, al pernil.
Qué jolgorio en la jaula. El bicho no da saltos.
Es demasiado torpe para hacer monerías.
Pero reirá de nuevo, retemblando los pliegues
de su fláccida piel.

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La casa estaba situada en el centro de un vasto alcornocal. Reme y Elena tomaron esos árboles por encinas. Las corregí, pero no me creyeron. Quien las sacó de su error fue el dueño de Orozuz que añadió, con una sonrisa de suficiencia, que esa confusión era frecuente en los habitantes de ciudad. Elena se apresuró a confesar “nuestra” ignorancia al respecto.
Incluso en esa noche lluviosa eran patentes la singularidad y la belleza de ese lugar. La residencia solariega se erigía en un calvero. La finca se extendía por una meseta que, por uno de sus lados, acababa en un abrupto barranco.
Desde la última doble cancela, el camino describía suaves curvas entre los alcornoques talados. Sus ramas se alzaban como robustos brazos. La propiedad estaba limpia de maleza. Todo eso evidenciaba el celo que los dueños ponían en su cuidado. De hecho, se tenía la impresión de haber salido de la sierra, donde la vegetación era densa.
En esa planicie desbrozada, aparte de los árboles, sólo destacaban algunos peñascos solitarios incrustados en la tierra. Brevemente, los faros del coche iluminaron también un amontonamiento de rocas en los confines de la dehesa tapizada de hierba.
Esa verde extensión recordaba una sementera cuyos tiernos tallos despuntaban pujantes y uniformes. Recordaba un campo de trigo o de cebada.
Reme comentó que una de las consecuencias de la lluvia era el barro. Yo no dije nada. Elena, que iba encogida en el asiento trasero, tampoco. Luego, apartando la mirada del cristal, masculló: “Espero que tengan encendida la chimenea”. No tardamos en llegar a uno de los laterales de la casa, donde había dos coches aparcados.

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XX
Pequeño, relamido,
un muñeco parece de frágil porcelana,
bueno para adornar,
para hacer más coqueto, un rincón de la casa.
Pero nada más lejos de la cruel realidad.
Porque este renacuajo de contrita actitud
y de andares frailunos es pequeño, de acuerdo,
pero también perverso.
Este ser diminuto
que cualquiera confunde, cuando va por la calle,
a la pared pegado, con una sabandija,
alberga en su interior un gran estercolero.

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