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El profundo barranco estaba formado por dos laderas abruptas, una de las cuales se angulaba por ambos extremos. Visto desde arriba, este vasto hoyo parecía una mina a cielo abierto o la boca de un pozo descomunal.

Encajonado entre rocas desprendidas de las pendientes, corría un arroyo cuyo caudal iba en aumento. En el barranco, donde entraba con dificultad, se convertía en un pavoroso hervidero a causa de la estrechez y los bloques de piedra. En este tramo el arroyo crecido se transformaba en rabión.

Una vez ganada la salida, la impetuosa corriente se aquietaba y no infundía ese temor reverencial que inspiraba su paso por el despeñadero.

Durante la época seca, este lugar no era más que una hondonada donde se amontonaban los berruecos sobre los que tomaban el sol las lagartijas. Un recinto inhóspito donde apenas subsistían vestigios de humedad. En contraposición a esta imagen de inocuidad, la que ahora presentaba, entre mugidos y borbotones de espuma, era sobrecogedora.

Las laderas del barranco estaban casi desprovistas de vegetación. Tan sólo matas dispersas de jara y aulaga y algunos chaparros esmirriados habían logrado enraizar en ese terreno escarpado y pobre.

El Mercedes cayó de lado. Tras estrellarse, dio varias vueltas hasta quedar detenido por un peñasco. Al poco tiempo empezó a girar suavemente, como si alguien lo estuviera empujando con delicadeza, y siguió rodando hasta abajo donde chocó contra las rocas, inmovilizándose definitivamente.

El coche quedó volcado de la parte del conductor. Yo estaba conmocionado pero no había perdido el conocimiento. Aunque no las veía, cerca de mí sentía las aguas del torrente y, sobre todo, un dolor punzante en la columna vertebral.

El limpiaparabrisas no funcionaba pero el cristal estaba intacto. Una lasitud, que podría calificar de agradable, se adueñó de mí.

Esta semiinconsciencia trajo consigo una relativización de mi estado. Me había despeñado. El fragor del arroyo desbordado era una cansina melopea que se entremezclaba con la del aguacero.

Tal vez tuviese uno o varios huesos rotos. Tal vez estuviese herido.

El sopor me iba ganando. No podía ni quería luchar contra esa flojedad. Sobre el cristal las gotas de agua se fundían unas con otras creando sinuosos regueros. Estos chorros se entrecruzaban formando un diagrama en perpetua transformación.

El cristal se fue empañando y esa maraña de líneas empezó a difuminarse.

 

 

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