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Posts Tagged ‘el Mercedes’

30

Tardaron poco tiempo en regresar. Habían ido a buscar unas parihuelas. A renglón seguido se aplicaron a la dificultosa tarea de sacarme del coche. Moncho entró y se colocó de pie en el asiento del copiloto. Chencho abrió la puerta del conductor. Eran fuertes y hábiles.

Como no ignoraba que los accidentados con una fractura, máxime si era de columna, debían permanecer in situ hasta la llegada de un médico, me asusté cuando los enanos empezaron a manipularme.

La punzada en la espalda persistía pero no pasó nada. Me sentí feliz de dejar el habitáculo donde había permanecido durante la noche. Y me reanimé cuando la lluvia me mojó la cara.

Los enanos, como supe posteriormente, eran unos expertos que tenían asignada esta tarea de rescate.

Las aguas lamían las ruedas del Mercedes. Mis camilleros, que calzaban botas altas, tuvieron que chapotear. Estaban tan concentrados en su trabajo que parecían no darse cuenta.

Moncho me cogió por las axilas y Chencho por las corvas. Sin brusquedades me sacaron del vehículo, lo rodearon y me tendieron en las parihuelas.

Acostado en ellas, contemplé el arroyo embravecido y espumeante cuyo caudal aumentaba a ojos vistas. Moncho me cubrió con una manta de estameña, abrigada y rasposa, por la que resbalaba el agua sin empaparla.

Dijo: “De buena te has librado”. Si el temporal proseguía, el coche se anegaría. Incluso podía ser arrastrado por la corriente.

Miré con indiferencia ese armatoste pintado en un tono café con leche. Más leche que café según la apreciación zumbona de Elena.

En absoluto apenado por abandonar el Mercedes a su suerte, dirigí mi atención al arroyo salido de madre y convertido en una fuerza ciega.

Con sus manos pequeñas de dedos morcillones, Moncho y Chencho asieron las varas de las parihuelas. Las levantaron sin esfuerzo y se pusieron en marcha.

Ni siquiera para un par de robustos enanos era tarea fácil andar por la empinada ladera del barranco. Podía ver la cara de Chencho que, aunque no rezongase, no lo estaba pasando bien. Durante el camino, que fue largo, apenas despegó los labios. De los dos era el más reservado.

Recorrimos un tramo de pizarras que puso a prueba la pericia de mis camilleros. Las lajas crujían bajo sus pies que ellos sabían cómo colocar para no salir rodando.

Avanzando por entre unos chaparros que habían arraigado en ese lugar, llegamos hasta una banda de tierra sin matorral.

Esta pista en declive estaba llena de guijarros. Avanzamos despacio. Cuando el terreno se puso impracticable, los enanos descendieron de lado hasta la orilla del arroyo desbordado, cuyo curso remontábamos.

 

 

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29

Recostado en el asiento, con los brazos pegados al cuerpo, cerró los ojos e inspiró profundamente. Pronto su respiración se hizo imperceptible. En su rostro quedaba la huella de una leve sonrisa.

Mi joven pasajero se convirtió en la imagen del sosiego. No iba a realizar nuevos pases mágicos. Más parecía que descabezaría un sueño. Pero deseché esa idea. Me había ofrecido su ayuda y estaba cumpliendo su palabra.

Si había logrado que esa luz descarnada se replegase, era seguro que podía ejecutar otros prodigios.

Quizá él fuera, en efecto, mi salvador. Nada tenía que perder. Nada podía hacer por mí mismo. Mi malestar había remitido también.

Dejé de observar al niño y miré al frente. Incrustado en las entrañas de esa incandescencia, distinguí un punto negro que luchaba por hacerse un hueco.

La manchita redondeada fue agrandándose. Aumentó tanto de tamaño que debí rectificar. No era de color negro sino azul marino.

El azul de una noche serena que toca a su fin.

Ese ojo de buey siguió creciendo y aclarándose hasta desembocar en el cielo de un día despejado.

Me quedé dormido. Cuando me desperté, la punzada en la espalda era más fuerte. Era como si me estuviesen clavando un objeto puntiagudo en la columna vertebral. Era un dolor intenso y localizado pero no insoportable.

Un resplandor grisáceo había desplazado a la oscuridad nocturna. Había amanecido. Las nubes densas y bajas descargaban con perseverancia.

Me puse a examinar de nuevo los signos que los regueros de agua trazaban en el parabrisas.

El corazón me dio un vuelco cuando vi dos caras pegadas al cristal de la ventanilla. Lo limpiaron con las manos. Luego, haciendo visera con ellas, miraron dentro del coche. Tras estudiar la situación, se pusieron a hablar.

Uno de ellos abrió la puerta y anunció: “Me llamo Moncho y este es Chencho. Vamos a sacarte de aquí”. Se expresó con tal rotundidad que no me cupo duda.

Antes de pasar a la acción inspeccionaron el terreno. Eran dos enanos tocados con un sombrero. Pese a ir cubiertos hasta los tobillos con un tabardo, se apreciaba su robustez.

Una vez sopesados los pros y los contras del rescate, se asomaron al interior del Mercedes y asintieron con la cabeza, de lo que deduje que ambos habían llegado a idéntica conclusión. Sin dar ninguna explicación cerraron la puerta y se fueron.

 

 

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20

El profundo barranco estaba formado por dos laderas abruptas, una de las cuales se angulaba por ambos extremos. Visto desde arriba, este vasto hoyo parecía una mina a cielo abierto o la boca de un pozo descomunal.

Encajonado entre rocas desprendidas de las pendientes, corría un arroyo cuyo caudal iba en aumento. En el barranco, donde entraba con dificultad, se convertía en un pavoroso hervidero a causa de la estrechez y los bloques de piedra. En este tramo el arroyo crecido se transformaba en rabión.

Una vez ganada la salida, la impetuosa corriente se aquietaba y no infundía ese temor reverencial que inspiraba su paso por el despeñadero.

Durante la época seca, este lugar no era más que una hondonada donde se amontonaban los berruecos sobre los que tomaban el sol las lagartijas. Un recinto inhóspito donde apenas subsistían vestigios de humedad. En contraposición a esta imagen de inocuidad, la que ahora presentaba, entre mugidos y borbotones de espuma, era sobrecogedora.

Las laderas del barranco estaban casi desprovistas de vegetación. Tan sólo matas dispersas de jara y aulaga y algunos chaparros esmirriados habían logrado enraizar en ese terreno escarpado y pobre.

El Mercedes cayó de lado. Tras estrellarse, dio varias vueltas hasta quedar detenido por un peñasco. Al poco tiempo empezó a girar suavemente, como si alguien lo estuviera empujando con delicadeza, y siguió rodando hasta abajo donde chocó contra las rocas, inmovilizándose definitivamente.

El coche quedó volcado de la parte del conductor. Yo estaba conmocionado pero no había perdido el conocimiento. Aunque no las veía, cerca de mí sentía las aguas del torrente y, sobre todo, un dolor punzante en la columna vertebral.

El limpiaparabrisas no funcionaba pero el cristal estaba intacto. Una lasitud, que podría calificar de agradable, se adueñó de mí.

Esta semiinconsciencia trajo consigo una relativización de mi estado. Me había despeñado. El fragor del arroyo desbordado era una cansina melopea que se entremezclaba con la del aguacero.

Tal vez tuviese uno o varios huesos rotos. Tal vez estuviese herido.

El sopor me iba ganando. No podía ni quería luchar contra esa flojedad. Sobre el cristal las gotas de agua se fundían unas con otras creando sinuosos regueros. Estos chorros se entrecruzaban formando un diagrama en perpetua transformación.

El cristal se fue empañando y esa maraña de líneas empezó a difuminarse.

 

 

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19

Eché el freno de mano, abroché los botones con un ancla de mi chaquetón y abrí la puerta presionando con el codo. De prisa y corriendo, como en una de esas secuencias aceleradas del cine mudo, salí del coche, descorrí el cerrojo de la cancela y tiré de ella. Luego, empujándola, abrí la segunda cancela, que era un armazón de tablas sujeto con un pestillo.

Por fortuna no soplaba viento. Así que no había peligro de que se cerrasen solas. Cuando regresé al vehículo, tenía las perneras empapadas.

Me alisé el pelo con las manos y fui a sacar el pañuelo del bolsillo del pantalón para secarme la cara. Pero un potente haz de luz me encandiló.

Arrugando los ojos, vi avanzar a todo gas un coche, probablemente un todoterreno. Los faros altos despedían ráfagas intensas. El conductor traía puesta la larga. A pesar de que yo tenía encendidas las luces y debía haber advertido mi presencia, no redujo la velocidad.

Tuve un ataque de pánico. Yo estaba en mitad del camino y ese insensato conducía como si no hubiese nadie. La embestida iba a ser frontal.

Quité el freno de mano, metí la marcha atrás y aceleré.

Las ruedas rebotaron en la cuneta. Como consecuencia del salto perdí durante unos segundo el control del volante.

De pronto me vi patinando en la pendiente que acababa en el barranco. El agua y la tierra habían formado una resbaladiza capa de lodo. Los hierbajos no contaban para nada.

Di varios volantazos que no evitaron el derrape. El Mercedes, trazando un garabato sobre el barro, se precipitó en el vacío.

Y fui tragado por la negrura de la noche. “Llamadme Jonás” pensé.

Las tinieblas me engulleron. Me hundí en ellas pesadamente, llevado por la inercia de la caída. Una certeza me asistía: tarde o temprano tocaría fondo. Tarde o temprano el coche se estrellaría.

 

 

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