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Caminos (XVIII)

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20

El profundo barranco estaba formado por dos laderas abruptas, una de las cuales se angulaba por ambos extremos. Visto desde arriba, este vasto hoyo parecía una mina a cielo abierto o la boca de un pozo descomunal.

Encajonado entre rocas desprendidas de las pendientes, corría un arroyo cuyo caudal iba en aumento. En el barranco, donde entraba con dificultad, se convertía en un pavoroso hervidero a causa de la estrechez y los bloques de piedra. En este tramo el arroyo crecido se transformaba en rabión.

Una vez ganada la salida, la impetuosa corriente se aquietaba y no infundía ese temor reverencial que inspiraba su paso por el despeñadero.

Durante la época seca, este lugar no era más que una hondonada donde se amontonaban los berruecos sobre los que tomaban el sol las lagartijas. Un recinto inhóspito donde apenas subsistían vestigios de humedad. En contraposición a esta imagen de inocuidad, la que ahora presentaba, entre mugidos y borbotones de espuma, era sobrecogedora.

Las laderas del barranco estaban casi desprovistas de vegetación. Tan sólo matas dispersas de jara y aulaga y algunos chaparros esmirriados habían logrado enraizar en ese terreno escarpado y pobre.

El Mercedes cayó de lado. Tras estrellarse, dio varias vueltas hasta quedar detenido por un peñasco. Al poco tiempo empezó a girar suavemente, como si alguien lo estuviera empujando con delicadeza, y siguió rodando hasta abajo donde chocó contra las rocas, inmovilizándose definitivamente.

El coche quedó volcado de la parte del conductor. Yo estaba conmocionado pero no había perdido el conocimiento. Aunque no las veía, cerca de mí sentía las aguas del torrente y, sobre todo, un dolor punzante en la columna vertebral.

El limpiaparabrisas no funcionaba pero el cristal estaba intacto. Una lasitud, que podría calificar de agradable, se adueñó de mí.

Esta semiinconsciencia trajo consigo una relativización de mi estado. Me había despeñado. El fragor del arroyo desbordado era una cansina melopea que se entremezclaba con la del aguacero.

Tal vez tuviese uno o varios huesos rotos. Tal vez estuviese herido.

El sopor me iba ganando. No podía ni quería luchar contra esa flojedad. Sobre el cristal las gotas de agua se fundían unas con otras creando sinuosos regueros. Estos chorros se entrecruzaban formando un diagrama en perpetua transformación.

El cristal se fue empañando y esa maraña de líneas empezó a difuminarse.

 

 

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19

Eché el freno de mano, abroché los botones con un ancla de mi chaquetón y abrí la puerta presionando con el codo. De prisa y corriendo, como en una de esas secuencias aceleradas del cine mudo, salí del coche, descorrí el cerrojo de la cancela y tiré de ella. Luego, empujándola, abrí la segunda cancela, que era un armazón de tablas sujeto con un pestillo.

Por fortuna no soplaba viento. Así que no había peligro de que se cerrasen solas. Cuando regresé al vehículo, tenía las perneras empapadas.

Me alisé el pelo con las manos y fui a sacar el pañuelo del bolsillo del pantalón para secarme la cara. Pero un potente haz de luz me encandiló.

Arrugando los ojos, vi avanzar a todo gas un coche, probablemente un todoterreno. Los faros altos despedían ráfagas intensas. El conductor traía puesta la larga. A pesar de que yo tenía encendidas las luces y debía haber advertido mi presencia, no redujo la velocidad.

Tuve un ataque de pánico. Yo estaba en mitad del camino y ese insensato conducía como si no hubiese nadie. La embestida iba a ser frontal.

Quité el freno de mano, metí la marcha atrás y aceleré.

Las ruedas rebotaron en la cuneta. Como consecuencia del salto perdí durante unos segundo el control del volante.

De pronto me vi patinando en la pendiente que acababa en el barranco. El agua y la tierra habían formado una resbaladiza capa de lodo. Los hierbajos no contaban para nada.

Di varios volantazos que no evitaron el derrape. El Mercedes, trazando un garabato sobre el barro, se precipitó en el vacío.

Y fui tragado por la negrura de la noche. “Llamadme Jonás” pensé.

Las tinieblas me engulleron. Me hundí en ellas pesadamente, llevado por la inercia de la caída. Una certeza me asistía: tarde o temprano tocaría fondo. Tarde o temprano el coche se estrellaría.

 

 

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18

La desazón se había esfumado. Me alejé sin prisa. No soplaba viento. No se oía el grito de ninguna ave nocturna. Sólo el aguacero. Arrullado por su sonsonete y por las revoluciones del motor emprendí el camino de vuelta.

Eran más de las doce. La noche era una inmensa cúpula de azabache donde, pulida y resplandeciente, bailaba la diosa Kali.

Los faros del Mercedes hacían emerger de las tinieblas a los alcornoques haciendo guardia en los lugares asignados sobre el tapiz verdeante.

Incluso bajo una lluvia recia era agradable el recorrido desde la casa a la salida de la finca. Uno se olvidaba de que también se iba acercando al barranco. El camino estaba trazado en sentido convergente. La doble cancela era el punto más próximo al despeñadero.

Los dueños de Orozuz eran conscientes del peligro que suponía la ubicación de la doble cancela. Su traslado más adentro planteaba un problema de difícil solución debido al mal entendimiento con los vecinos.

Entre la doble cancela y el barranco había poca distancia. La cuneta, que estaba encharcada, y una estrecha franja de tierra en declive. En esta pendiente crecían borrajas y jaramagos.

La casa había quedado atrás. Tan lejana y extraña como si perteneciera a otro planeta. El limpiaparabrisas funcionaba a tope. La visibilidad era aceptable. En cuanto divisé la doble cancela, reduje la velocidad.

Paré y me quedé mirando con irritación el doble cerramiento espléndidamente iluminado por los faros del coche.

Debía reconocer que las quejas y las pullas de Elena estaban justificadas. Fueron ella y Reme quienes salieron siempre. Una sostenía el paraguas y la otra abría y cerraba las cancelas. Alegando que era el conductor, me quedaba en el coche.

Era un fastidio tener que bajar. Ahora más que antes. Y esta misma operación debía repetirla otras dos veces.

Ante mí se alzaba una cancela metálica formada por un tablero rectangular pintado de verde, de cuya esquina superior derecha partía una barra semejante a una hipotenusa hasta el extremo del poste. Se abría obligatoriamente hacia dentro, pues, pegada a ella, había otra que era necesario empujar en dirección contraria.

Esta sucesión de dobles cancelas tenía una difícil explicación. La desavenencia entre vecinos no parecía razón suficiente para perpetrar ese disparate. En total había que franquear seis cerramientos.

No era tarea baladí llegar o salir de Orozuz. A propósito del nombre del alcornocal tuvimos, por cierto, la única conversación durante el viaje. No nos poníamos de acuerdo sobre su significado. Para Elena no tenía ninguno. Reme lo descompuso en “oro” y “azul”. La zeta final la achacaba a la pronunciación andaluza.

Apunté que se trataba del nombre de una planta también llamada regaliz. Al unísono me replicaron que eso era una chuchería de color negro.

 

 

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                                         IV
La solución que plugo al Altísimo, fue enviarle un grupo de beduinos que conocían el desierto como la palma de su mano, y que le indicaron dónde estaba el yébel.
Estos nómadas de túnicas y mantos blancos, con la cabeza envuelta en turbantes azules o rojos, le dijeron lo que él ya sabía: que debía seguir andando en dirección sur. Y añadieron lo que él necesitaba saber: debía llegar a un gran cauce seco y pedregoso. “¿Un barranco?” preguntó Esdras. Los beduinos gesticularon y rieron. No entendían esa palabra, pero respondieron que sí.
Tras cruzar el “uadi” seco, más allá, al oeste, se encontraba el Sinaí.
Esdras siguió adelante pero no tan de prisa como hasta ahora, controlando su ansiedad, que seguía acechando.
Poco después se desencadenó un vendaval que lo obligó a interrumpir la marcha.
Esdras lo interpretó como una señal. Su angustia se había transformado en ese viento huracanado cuya fuerza era superior a la del camello y a la suya, pero que, si conseguían soportar sus embates, desaparecería, se desvanecería en ese espacio vacío comprendido entre el cielo y la tierra.
El vendaval se arremolinó alrededor de ellos, se convirtió en un torbellino que amenazaba con engullirlos, pero resistieron, tuvieron suerte, y la fatal absorción no se produjo.
Cuando el viento se fue, Esdras y el camello se pusieron en pie, y continuaron hacia el Sinaí, cuya mole se dibujó pronto en el horizonte.

 

 

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