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Posts Tagged ‘discreción’

283.-Un conocido que no es santo de nuestra devoción proclamó en tono petulante que él no perdía el tiempo yendo al cine ni leyendo libros, que él prefería vivir la vida.

No solté una carcajada de milagro. Me contuve porque estaba presente su mujer, a quien nos une una larga amistad, y que además está siempre dispuesta a acompañarnos a ver una película.

Este hombre no es inculto ni le faltan luces. Tiene una carrera universitaria, si bien es verdad que no la ejerce, y ha viajado por el ancho mundo lo suficiente para quitarse el pelo de la dehesa.

Se trata, pues, de un zoquete vocacional, de alguien que cree estar de vuelta de todo, considerando esa pose la prueba irrefutable de lo mucho que sabe. Este dómine mira a los demás con una provocadora sonrisita de superioridad.

A Emma le cae fatal. Según ella, nos lanzó una indirecta. Nos daba a entender que nosotros no vivíamos la vida, o que la vivíamos parcialmente, desde luego no con la intensidad requerida.

Casi siempre habla con segunda intención. Cuando uno entra en el juego, que es su objetivo, él se lo pasa pipa escandalizando.

“¿Qué es para él vivir la vida?” me preguntó Emma de regreso a casa. “Sentarse en la terraza de un bar y pasar las horas en charla anodina, bebiendo y mirando a la gente.

“Esa actitud no es rara. Sin llegar a su grotesca complacencia hay quienes piensan como él: que leer un libro o ver una película son formas secundarias, incluso espurias, de vivir la vida, la cual se merece una zambullida de cabeza.

“Una de las tesis del pensamiento dominante es la intensidad. Más vale vivir treinta años a toda velocidad que una larga vida desacelerada. La verdad es que no logro captar el concepto en profundidad, a lo mejor porque carece de ella, y por más vueltas que le dé, al ser plano, no puedo descubrir nada.

“Esa intensidad se consigue, al parecer, no parando de hacer cosas y teniendo una agenda social que no dé respiro. Estamos en las antípodas del “beatus ille”.

“La tranquilidad y la discreción son valores a la baja. Ocupaciones como la lectura o sentarse en la butaca de un cine son signos de pasividad. Por eso el marido de nuestra amiga, que se cree un hombre de acción, ironiza cuando nos oye hablar de literatura o de películas.

“Salir, alternar, copear, viajar, comprar, vender, negociar…eso es vivir la vida, si no me equivoco” “A simple vista resulta cansado” replicó Emma. “Yo diría agotador”.

“El hecho es” proseguí “que otros comportamientos son subestimados y suscitan la misericordia desdeñosa de esos aventureros con un componente histérico o compulsivo más o menos marcado.

“La intensidad existencial no tiene nada que ver con el ajetreo. Más bien es una predisposición o una apertura que te permite gozar de lo que estás haciendo en ese momento: leer, escuchar música o regar las macetas del jardín”.

“Siento curiosidad por saber en qué invierte su tiempo el interfecto cuando hace una pausa en su ir y venir” “Cuando no está correteando o durmiendo, se dedica al bricolaje”.

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115.-Abordamos un tema recurrente, un tema que, como el Guadiana, desaparece y aparece al cabo de cierto tiempo, que acude sin necesidad de llamarlo. Todo lo cual es ya de por sí significativo.

Ambos coincidimos en que todo el mundo tiene problemas. Ambos admitimos también que estos son variados, de forma que no es posible meterlos en el mismo saco so pena de incurrir en una torpeza o en una injusticia.

Hay quien, pelando una naranja, se hace una heridita y la vende como si fuese una operación a corazón abierto. Y hay quien tiene un problema gordo que expone parcamente, sin avasallar ni monopolizar la conversación. Este es el caso de las personas discretas, de las que rehúyen los protagonismos y a las que incomodan los alardes.

Un observador superficial puede sacar la errónea conclusión de que quien se ha hecho la rajita en la yema del pulgar las está pasando canutas, de que está atravesando por un duro momento, de que el destino se ha ensañado con ella.

Un observador atento descubrirá que sólo tiene una gran capacidad fabuladora, la cual pone al servicio de su deseo de ser el centro, de suscitar la admiración, de demostrar su entereza y su valía por soportar el corte sin una queja y arreglárselas ella sola, pues no había nadie más en casa.

Lo que hay en el fondo de esa actitud es un espíritu de vendedor que, sea como sea, quiere colocar su producto, aunque se trate de una birria en comparación con lo que puede ofrecer el otro, es decir, el competidor.

Emma, que pertenece al grupo de los observadores sagaces, confiesa sin rodeos que ella no está por la labor de escuchar historias de heriditas.

Esos montajes hiperbólicos la ponen de mal humor. Esos autobombos la endemonian y el riesgo de que suelte una fresca aumenta en proporción directa al sahumerio.

Pero lo que sobrelleva peor es que esos mitómanos con sordera selectiva, esos narradores con debilidad por los exornos y las florituras, esos mercaderes de crónicas maravillosas, sublimes, inasequibles, provocan daños colaterales en el oyente que, aun conociendo el percal, tiende a sentirse empequeñecido, a considerar que su vida nunca alcanzará la altura de la del chalán.

Y a esto Emma se niega de plano. Su vida será más bonita o más fea, más novelesca o más anodina, pero es la suya y no está dispuesta a devaluarla por prestar oídos a un ególatra.

“O sea” concluyo, “prefieres mi compañía, que soy más calladito. Y cuando se me ocurre contar algo, la cuerda se me acaba rápido”.

 

 

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XXIV
Su falta de respeto es sólo comparable
a su incapacidad para la discreción.
Intemperante, zafio, es la glotonería
el emblema, la piedra angular de su vida.

Es todo un espectáculo contemplar al mentado
comiendo todo aquello que no debe comer:
las grasas, lo picante, las salsas muy espesas,
los guisos, las frituras, comiendo a dos carrillos,
hipando, farfullando, espurreando alimentos,
un hilillo de pringue
por la barbilla abajo, feliz, congestionado,
sosteniendo en la mano un hueso rechupado.

Después de ser testigo de tanta incontinencia,
por supuesto uno queda vacunado a conciencia.

 

 

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