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Posts Tagged ‘perdices’

23
Don Justino golpeó la mesa con la fusta y dijo: “Estoy harto de perdices, ¡harto!”. Doña Rafaela madre, secundada por la hija de Maroto, las preparaba esta vez en salsa de almendras.

“Estoy harto de perdices y harto de cortijo” repitió don Justino. Su madre, espumadera en ristre, era la reencarnación de Palas Atenea en un lamentable estado de abatimiento. Parecía que estaba librando una batalla de incierto final.

“Vosotros podéis hacer lo que os plazca. Yo regreso a Sevilla mañana mismo”.

El benjamín de la familia tenía un carácter impetuoso, en ocasiones violento. Informó a su madre que el aire puro del campo lo asfixiaba, que la llaneza de la gente no era más que malicia e hipocresía, que se aburría soberanamente.

Doña Rafaela escuchaba las razones de su hijo mientras freía las perdices.

“Aparte de eso” prosiguió don Justino, “estamos en abril. La Semana Santa está a la vuelta de la esquina. Y detrás viene la Feria”.

Don Justino se puso un punto colérico al suministrar esos datos, como si alguien le impidiese partir y la cercanía de tales festejos volviese insoportable esa perspectiva.

“Además, además…”

Doña Rafaela madre dejó de remover la carne en la sartén y miró a su hijo.

“¡Estoy hasta la coronilla de comer perdices!”.

24
“En Las Hilandarias no se habla de otra cosa, prima”.

Rufina, sentada enfrente, se mantenía erguida no por una cuestión de dignidad sino porque la vaqueta de la capota se había calentado y su contacto quemaba.

“Arrea a la bestia, Maroto, que no vamos a llegar nunca” “El animal no puede” respondió sacudiendo las riendas sin que por ello la mula acelerase el paso.

Se licuaba el alquitrán de la carretera y reverberaban los rastrojos. La calima difuminaba el teso de las lomas.

La prima de Rufina, una mujer rolliza, transpiraba por la frente, las axilas y el pecho. También tenía húmedo el reborde del labio superior. Intentaba en vano provocar refrescantes corrientes de aire con un aventador de palma. Pero era tal el bochorno que sólo conseguía sudar aún más.

“¿Se casaron?” “No, no se casaron”.

“No se casaron pero viven juntos” puntualizó Maroto que tenía una colilla apagada en la comisura de los labios.

“Claro” dijo la prima de Rufina, “necesitan una dispensa del arzobispo o del Papa” “Me parece que entre tío y sobrina no dan ese permiso”.

Maroto rió, tosió y escupió la colilla por encima de las ancas de la mula. La conversación que mantenían las mujeres le resultaba divertida.

Rufina enderezó con la pierna una de las cestas que, con el vaivén del carruaje, estaba resbalando y amenazaba con desparramar su contenido.

Relucía el pelaje de la bestia que, con la cabeza gacha, subía una cuesta.

“¿Todo el día se llevan dentro de la casa?”.

Los pasajeros de la calesa respiraban pausadamente, absorbiendo pequeñas cantidades de aire.

“Al anochecer, cuando refresca, salen a dar un paseo. Luego se sientan un rato en la terraza”.

La prima de Rufina, cansada de luchar contra el destino, dejó caer la mano con el improvisado abanico en su falda. Su curiosidad era comparable al calor reinante. Así que siguió indagando más detalles.

 

 

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21
Tenía la costumbre de hablar sola, lo que era motivo de constantes bromas por parte de su marido que la había sorprendido innumerables veces entregada a sus divagaciones. Con los años esta tendencia se acentuó. Ya no era sólo don Zacarías, que por razones obvias había descubierto los soliloquios de su esposa hacía mucho tiempo, sino toda la familia y últimamente Juan Riego, Rufina y la hija de Maroto también quienes estaban al tanto de esa manía.

Esa tarde en que doña Rafaela madre se paseaba por el jardín, fue Rufina la testigo de su retahíla verbal y de sus gesticulaciones.

Absorta en el desarrollo de sus pensamientos, avanzaba la señora por el camino principal diciendo: “Lo primero que hay que hacer es arrancar la mala hierba y, si me apuran, incluso las flores. Dejar únicamente los árboles y las enredaderas, que eso tarda mucho en crecer”.

Doña Rafaela llegó al estanque romboidal que dividía el camino en dos brazos, los cuales se juntaban de nuevo al otro lado. “Y sobre todo” prosiguió monologando al tiempo que echaba un vistazo al interior del depósito medio lleno por la lluvia, cuyas paredes estaban cubiertas en gran parte de verdín, “¿dijeron que mañana saldrían otra vez a cazar perdices?”.

En el centro del estanque había un pato de cerámica con las alas abiertas y el pico levantado al cielo.

“Allí plantaría rosales rojos” y señaló con el dedo el lugar elegido. Recorrió la pérgola de maderos despintados y ladrillos árabes. Luego entró en el merendero, rodeado parcialmente de una tela metálica que servía de soporte a una enredadera de caracolillos.

Su paseo acabó en el absceso que le había salido al jardín, y que era urgente extirpar.

“Las perdices las puedo hacer rellenas de pasas… ¿o las escabecho? ¿Quién está ahí?”.

Rufina cavaba las habichuelas. Doña Rafaela madre dio media vuelta y regresó al camino que, por su otro extremo, desembocaba en una plazoleta a orillas del río, donde tres bancos de hierro enmohecían irremediablemente.

 

 

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18
Doña Rafaela madre, malhumorada por la ausencia de su hija, malhumorada sobre todo por haber sido Rufina, con la sequedad que le era propia, quien la informase al respecto, se metió en la cocina a preparar las aves.

No se sentía con suficiente autoridad para reprocharle sus inoportunas salidas, máxime cuando la sugerencia de cazar perdices había partido de ella.

Tironeada por dos fuerzas contrapuestas (la satisfacción de su deseo gastronómico y el disgusto por el comportamiento de su hija), se desahogaba con la de Maroto, a la que encomendó el pelado de las perdices y a la que llamaba inútil cada vez que una pluma, planeando dulcemente, caía al suelo.

Sin prestar atención al aceite hirviendo que saltaba a cada nueva acometida, arrojaba los ajos y las cebollas picados a la sartén. En ese azaroso estado de ánimo hacía el sofrito.

En esto, un inocente plumón grisáceo empezó a balancearse en el vacío. Se mecía morosamente, retardando lo más posible la hora del aterrizaje.

Doña Rafaela madre, que echaba los tomates y los pimientos troceados en la sartén como quien siembra trigo a voleo, se disponía a reprender otra vez a su pinche cuando una gota de aceite saltó y, convertida en enfurecido halcón, fue a posarse en el dorso de la mano de la cocinera, donde clavó sin piedad sus no por diminutas menos lacerantes garras.

La breve pero dolorosamente llagada doña Rafaela madre soltó la espumadera y, en un arrebato de presciencia a toro pasado, declaró: “¡Si yo lo sabía!”.

19
Don Justino se entretenía paseando a caballo. Esa mañana recorrió la parte oeste de las tierras de su tío.

Pinturero jinete en manso alazán, llevaba una fusta de cuero trenzado que no usaba nunca, y que sujetaba en la axila, como había visto hacer a un galán cinematográfico.

No le gustaba forzar a su montura. Si esta se detenía a mordisquear la hierba del camino, don Justino condescendía graciosamente. Apoyando las manos en el borrén, aprovechaba la ocasión para disfrutar del paisaje.

Don Justino se sentía importante cuando cabalgaba. Era en lo que invertía su ocio. Cuando el caballo levantaba la cabeza, el jinete recogía las riendas y lo espoleaba con delicadeza.

A menudo el cuadrúpedo volvía a pararse un poco más allá para seguir degustando las mismas o diferentes hierbas.

En su paseo matinal don Justino había llegado a la linde de la haza de girasoles, donde la cuadrilla, sin dejar de trabajar, echaba frecuentes vistazos al gallardo sobrino del amo, el cual, absorbida su atención por el alazán que seguía refregando placenteramente, más que comiendo, los belfos por la hierba, no se percató de la burlesca curiosidad que suscitaba.

Cuando el caballero, francamente fastidiado, volvió la cabeza y caló la actitud socarrona de los, en apariencia, indiferentes peones, tiró de la brida con rudeza logrando que el noble bruto se pusiera en marcha.

El animal adoptó un trote cochinero de lo más incómodo sin que el jinete se resolviera a hacerlo cambiar de paso por temor a que, en tan comprometida situación, empezara otra vez a juguetear con los tallos tiernos y las florecillas.

Así pues, ofreciendo una estampa más lastimera que airosa, con la fusta bajo el brazo, enhiesto en la silla, don Justino regresó a casa.

Descabalgó en el patio de las cuadras y le dio el caballo a Maroto. El estómago le bailaba y tenía dolorida la entrepierna.

Al entrar en la cocina encontró a su madre con el brazo en alto y la mano extendida. Le entraron ganas de preguntarle si se había afiliado al fascio, pero su rostro alterado lo disuadió de hacerse el chistoso. Tampoco él estaba para bromas.

 

 

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