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Tenía la costumbre de hablar sola, lo que era motivo de constantes bromas por parte de su marido que la había sorprendido innumerables veces entregada a sus divagaciones. Con los años esta tendencia se acentuó. Ya no era sólo don Zacarías, que por razones obvias había descubierto los soliloquios de su esposa hacía mucho tiempo, sino toda la familia y últimamente Juan Riego, Rufina y la hija de Maroto también quienes estaban al tanto de esa manía.

Esa tarde en que doña Rafaela madre se paseaba por el jardín, fue Rufina la testigo de su retahíla verbal y de sus gesticulaciones.

Absorta en el desarrollo de sus pensamientos, avanzaba la señora por el camino principal diciendo: “Lo primero que hay que hacer es arrancar la mala hierba y, si me apuran, incluso las flores. Dejar únicamente los árboles y las enredaderas, que eso tarda mucho en crecer”.

Doña Rafaela llegó al estanque romboidal que dividía el camino en dos brazos, los cuales se juntaban de nuevo al otro lado. “Y sobre todo” prosiguió monologando al tiempo que echaba un vistazo al interior del depósito medio lleno por la lluvia, cuyas paredes estaban cubiertas en gran parte de verdín, “¿dijeron que mañana saldrían otra vez a cazar perdices?”.

En el centro del estanque había un pato de cerámica con las alas abiertas y el pico levantado al cielo.

“Allí plantaría rosales rojos” y señaló con el dedo el lugar elegido. Recorrió la pérgola de maderos despintados y ladrillos árabes. Luego entró en el merendero, rodeado parcialmente de una tela metálica que servía de soporte a una enredadera de caracolillos.

Su paseo acabó en el absceso que le había salido al jardín, y que era urgente extirpar.

“Las perdices las puedo hacer rellenas de pasas… ¿o las escabecho? ¿Quién está ahí?”.

Rufina cavaba las habichuelas. Doña Rafaela madre dio media vuelta y regresó al camino que, por su otro extremo, desembocaba en una plazoleta a orillas del río, donde tres bancos de hierro enmohecían irremediablemente.

 

 

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El hermano de Emma

Pasa su tiempo dando órdenes contradictorias. “La pérgola la quiero aquí”. Y al día siguiente dice: “Aquí no. Más allá”. Y si el marido protesta alegando que una pérgola no se monta y desmonta tan fácilmente, ella argumenta: “¿Es que no se puede cambiar de opinión?”. La hermana del marido dice a propósito de éste: “Es un bendito”. Y añade: “No sé cómo aguanta”.
“Los arbitrarios y frecuentes cambios de opinión son la norma” explica Emma que aprecia poco a su cuñada, a quien considera caprichosa y dominante. “Y siempre ha sido así. Antes con más disimulo y una vez que han caído las máscaras abierta y claramente”.
“Se pasa el día acostada” prosigue. “¿Está mala?” “Por favor. Goza de más buena salud que tú y yo juntos. Porque es una vaga. Antes trabajaba en una oficina, pero desde que se jubiló, no da un palo al agua. No hace ni ganas de comer, lo cual no quiere decir que no coma.
“Por la mañana, no desayuna hasta que uno de sus hijos le lleva el pan recién hecho. Entonces se pone la bata enguatada y se prepara el desayuno que incluye necesariamente mermelada de arándanos, porque si no, según ella, no es un desayuno. Lo toma, se asoma a la puerta del jardín y le dice a mi hermano: La pérgola un poco más allá. Va al cuarto de baño, se cepilla los dientes, hace sus necesidades, se acicala y, con un libro o una revista en la mano se dirige al sofá donde se tiende, tapándose hasta la cintura con la manta de patchwork que ella mismo hizo en un arrebato de laboriosidad, ya superado y olvidado. Y allí espera a que le lleven noticias su marido o sus hijos, a los que indicará puntualmente qué tienen o qué no tienen que hacer”.
“Se ve que no la estimas demasiado” “¿Estás de coña? ¿Quién puede no digo estimar sino sobrellevar a semejante déspota?” “Al parecer su marido y sus hijos” “Ya te he dicho que mi hermano es un santo varón. No quiero calificarlo de otra manera” “Eres muy considerada. A él se ve que le tienes afecto”.
“Otra de sus especialidades” prosigue y yo sobreentiendo que está hablando de nuevo de su cuñada, “es el tiempo atmosférico. En esa casa es ella quien decide cuándo hace frío o calor actuándose en consecuencia. ¡La de catarros que lleva pasados mi hermano a cuenta de esos decretos climatológicos!” “¿Qué quieres que te diga?” “Que los tiene bien merecidos”.
“Un día explotó” “¿Quién o qué?” “Mi hermano naturalmente” “No le faltan motivos” “Le sobran”.
“Pues me llamó por teléfono” “¿Te llamó tu hermano para contarte que había peleado con su mujer?” “Hoy estás espeso. Me llamó mi cuñada para contarme que su marido se había enfadado con ella. Le resultaba inaudito. No lo comprendía. Parecía sinceramente asombrada” “Y aprovechaste la ocasión” “Me la estaba sirviendo en bandeja de plata”. “¿Y bien?” “La dejé que se explayara. Si perpleja estaba ella, más lo estaba yo escuchando sus razones. Cuando acabó, repliqué lo más fríamente que pude: ¿De verdad te extraña que ese émulo de Job se haya puesto del revés?”

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