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Posts Tagged ‘Sevilla’


Para enfrentarme a la rutina diaria, uno de los pocos recursos de que disponía era crear historias. Los resultados de esta treta para burlar a la chata realidad circundante no siempre eran satisfactorios. A veces la historia que estaba montando perdía de sopetón todo su encanto.
Hilaba historias apasionantes e inverosímiles. Historias descabelladas. Historias para ser susurradas al oído de alguien. Historias subversivas, eróticas, sin pies ni cabeza. Fabulosas historias de tesoros escondidos. Historias realistas en las que el detalle se cuidaba al máximo. Historias ambientadas en Sevilla o en Pernambuco. Historias en las que aparecían cientos de personajes cuyas vidas se entrecruzaban por un momento. Historias centradas en una sola voz o en la recreación del siglo de Pericles. Historias vanguardistas con latas de conservas vacías que rellenaba de ocultas significaciones. Conmovedoras historias con o sin moraleja. Historias divinas y humanas. Historias que incluían un descenso a los infiernos o un ascenso a los cielos. Historias al estilo de Lovecraft. Historias futuristas cuya acción transcurría en el planeta BXZ 27853. Historias preñadas de presagios. Historias familiares, pueblerinas, efímeras, sugerentes.
Como Penélope tejiendo y destejiendo sin cesar el mismo velo, así yo, para combatir el tedio, forjaba historias que no me era necesario deshacer al amparo de la oscuridad, pues ellas solas, con mayor o menor prontitud, cual pompas de jabón, estallaban.
El trabajo de Penélope y el mío coincidían en otro aspecto. Ambos aspirábamos a engañar. Ella a sus numerosos pretendientes, yo al tiempo. Ella, con su tela inacabable. Yo, con mis infinitas historias.

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Un viernes por la tarde, Guzmán, de madre viuda, salió de su casa en Sevilla, donde vivía haciendo su santa voluntad, “cebado a torreznos, molletes y mantequillas y sopas de miel rosada, mirado y adorado más que hijo de mercader de Toledo”.

Aun así, decidió partir alentado por “el deseo de ver mundo”. Su destino era Italia. En San Lázaro, una ermita a la salida de la ciudad, pasa su primera noche en el poyo del portal.

Al día siguiente tiene el aprendiz de pícaro su primera malaventura en una venta, a la que  llegó cansado y sudoroso. Pero, sobre todo, muerto de hambre.
En la venta “no había sino sólo huevos. No tan malo si lo fueran: que a la bellaca de la ventera, con el mucho calor o que la zorra le matase la gallina, se quedaron empollados y por no perderlo todo los iba encajando con los otros buenos. No lo hizo así conmigo, que cuales ella me los dio, le pague Dios la buena obra”.

La ventera mezclaba los huevos buenos con los empollados y los servía a los clientes. Pero con Guzmán, por parecerle “un Juan de buen alma”, no se tomó esa molestia.

El muchacho, a quien ladraba el estómago, no hizo ascos al comistrajo a pesar de sentir entre los dientes  el crujido de los huesecillos de los polluelos, “que era hacerme como cosquillas en las encías”.

Guzmán siguió su camino sin poder quitarse de la cabeza el castañeteo de los huevos en la boca. Por desgracia, el malestar fue en aumento. Cuanto más se acordaba de la tortilla, del aceite negro “que parecía de suelos de candiles”, de la sartén pringosa y de la ventera de ojos legañosos, más se le revolvían las tripas.

La náusea subió de punto y, entre un rosario de eructos, arrojó íntegro el contenido de su estómago. Incluso creyó oír, en mitad de los jadeos y los trasudores de la vomitona, un piar de pollitos, seguramente felices por haber recobrado la libertad.

Sentado junto al vallado de unas viñas, reflexiona amargamente, arrepentido de su partida.

Guzmán sería vengado por mano de un par de bergantes, a los que la vieja “desdentada, boquisumida, hundidos los ojos, desgreñada y puerca” también trató de engañar. Los mozos le ajustaron las cuentas, dejándola “toda enharinada como barbo para frito”.

Guzmán de Alfarache (1599), Mateo Alemán

 

 

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La Bicha


Monstruo que sostiene la escalera del púlpito de la iglesia de la Caridad.

 

 

 

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                                    10
Estudié, ingresé en la administración pública y me instalé en Sevilla sin que el sueño dejara de aflorar regularmente, produciéndome siempre idéntica consternación.
Para poner fin a esta situación, una idea me rondaba la cabeza desde hacía tiempo, pero me sentía incapaz de ponerla en práctica.
Estaba convencido de que carecía de facultades artísticas. Así pues, por temor a meterme en camisa de once varas, pospuse este proyecto sine die, no por desidia sino por inseguridad.
Y acabé resignándome a que la solución me viniese de fuera. Incluso creí encontrarla en un compañero de trabajo.

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Alejandro Monzón había estudiado Bellas Artes, era pintor y había realizado varias exposiciones.
Era una persona insustancial que soltaba risotadas sin ton ni son, siempre empeñada en mostrarse alegre como si de una obligación se tratara.
Pensé que no le importaría ayudarme. Por mi parte, estaba dispuesto a pagar su trabajo.
Se negó a aceptar mi dinero, pero creo que si hubiese insistido un poco más, habría cambiado de opinión.
Reconozco que su manoteo y sus carcajadas extemporáneas me daban mala espina. Y, sobre todo, su atención dispersa que, pese a sus cabezadas de asentimiento, me hacía dudar de que me estuviese escuchando realmente.
Cuando me enseñó el boceto, mis sospechas se confirmaron.
Traté de disimular mi decepción. Lo que estaba contemplando, a pesar de las indicaciones que le había dado, sólo tenía un lejano parecido con lo que le había encargado.

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Me matriculé en una academia de dibujo, adonde iba tres tardes por semana.
El profesor, Carlos Pineda, tenía fama de cuentista. Era un pintor que no había logrado introducirse en los circuitos comerciales y, por razones de subsistencia, se veía abocado a dar clases.
Pero la enseñanza no le atraía y bien que se le notaba.
A las explicaciones técnicas, las inevitables repeticiones y las tediosas correcciones, prefería las disquisiciones sobre el Arte.
Aunque suplía la profesionalidad con una buena dosis de cara dura, es justo reconocer que, cuando se ponía a divagar, decía cosas interesantes.
Uno de sus ritornelos favoritos versaba sobre nuestra mediatizada visión del mundo y de nosotros mismos. Para recuperar las formas y los colores originales o verdaderos se hacía necesario un proceso que él llamaba de “purificación de la mirada”.

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El segundo año, cuando ya había alcanzado cierta pericia, expuse a Carlos el proyecto que quería realizar.
Le pareció una idea original y quiso saber la razón, en el caso de que hubiera alguna, por la que había escogido ese motivo.
Dije lo primero que se me vino a la cabeza:
−Conjurar un sueño recurrente.

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Titulé la obra “El escudo de armas”, que, lógicamente, consistía en un emblema de una gran sencillez, sin adornos exteriores como coronas, collares o banderas.
Tampoco inscribí ninguna divisa aunque pasé un tiempo buscando y, de hecho, disponía de varias.
Mi intención era que primara la estilización y que la composición fuera sobria y equilibrada.
Tuve que hacer y tirar muchos bocetos antes de lograr mi propósito.
Sobre un fondo negro, mirando a la izquierda, pinté de perfil dos lagartijas de cabeza triangular y afilada, ojos vivos y una larga cola curvada, una debajo de otra, enmarcadas en un borde ajedrezado de escaques azules y argentados.
Cuando Carlos me pidió una descripción del cuadro, respondí:
−Dos lagartijas de plata en campo de sable.

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Sevilla

Muelle de la Sal, Guadalquivir y calle Betis

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