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Posts Tagged ‘Siglo de Oro’

1965

I

¿Nunca lo sospechaste? ¿Nunca llegaron a escamarte mis atenciones? Siempre que te veía te decía adiós, te daba los buenos días, las buenas noches. Era algo superior a mí.

Se me formaba un nudo en la garganta, el corazón me latía más aprisa, una amplia sonrisa se instalaba en mis labios.

Siempre que me cruzaba contigo, te saludaba cortésmente, me detenía incluso. Luego volvía la cabeza y observaba cómo te alejabas.

Hubo un tiempo en que albergué esperanzas.

No sabes cuántas veces te he acechado por esas esquinas, cuántas veces he provocado un encuentro con visos de fortuito, cuántas veces he regresado sombrío a casa no ya por no haberte dirigido la palabra (durante meses me bastaron los buenos días, las buenas noches), sino por haberte hurtado a mi mirada.

Jamás dejé que me impresionara tu fragilidad. Tus peinados del año de la pera, tus vestidos justamente a la altura de las rodillas, tus abrigos pasados de moda, tus zapatos de medio tacón me parecían un disfraz.

En casa me encerraba en mi cuarto, que recorría a zancadas, y me ponía a fumar un cigarrillo tras otro. Me llenaba la cabeza de imágenes. Me cansaba, me echaba en la cama, me volvía a levantar. Iba a vaciar el cenicero lleno de colillas. Me sentaba en una silla y encendía otro cigarrillo.

Me despertaba con mal gusto de boca, con la sábana y la manta hechas un revoltijo, calenturiento.

Todo esto que te digo es cierto. No exagero nada.

Ahora pienso de diferente manera. El tiempo no pasa en balde. Tengo que reconocer, no obstante, que aquella fue una época feliz. A ver si me entiendes. Era joven y confiado. Estaba convencido de que, con desear algo de corazón, uno acabaría por conseguirlo.

En fin, como el enfermo que se habitúa al ritmo de vida que le impone su dolencia, y del pinchazo matinal hasta el almuerzo cuenta con cuatro horas que invierte en leer una comedia de Lope de Vega, pues aprovecha su reposo obligatorio para conocer el Siglo de Oro, y en efecto la lee, no sólo por cumplir el programa que se ha trazado, sino por placer, sonriendo irónicamente de vez en cuando, y luego almuerza y sestea un rato antes de ponerse a descifrar al Góngora de las Soledades, nada más y nada menos, perdiéndose en esa intrincada maraña sintáctica, enderezando hipérbatos con la ayuda de una cuartilla y un bolígrafo, maravillándose de la maleabilidad del lenguaje en las manos del poeta cordobés, el cual se complace en distorsionarlo, estirarlo, opacarlo, reflejo de un tiempo descabellado, borracho de sí mismo, reflejo de una vida atormentada, de grandes ambiciones literarias, y el esfuerzo mental que realiza no el autor de la Fábula de Polifemo y Galatea, sino nuestro enfermo desemboca en migraña, y tiene que dejar el libro que pone debajo de la cama, y hunde la cabeza en la almohada, cierra los ojos permaneciendo así hasta que le traen la cena, tras la cual escucha un poco de música para relajarse, así yo he vivido en las catacumbas tratando de aprovechar en la medida de lo posible mi estancia en tan oscuro lugar para explorar ese submundo, esos pasillos oscuros que, como los versos de don Luis, son un universo aparte, y al igual que nuestro enfermo que quiere sanar y respirar el aire del exterior y pasear por las calles y olvidarse de las inyecciones y de los comprimidos, también yo deseo dar carpetazo a este asunto, verme libre de tu influjo, conjurar tus poderes.

 

 

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I

133.-Me pregunta Emma: “¿Qué es lo más difícil de conseguir para un ser humano?” “La ecuanimidad. No dejarse arrastrar por sus demonios que siempre están al acecho, a la espera de que se abra la menor rendija para colarse por ella y hacer de las suyas. Atenerse a la verdad aunque esta no favorezca e incluso cree problemas personales, de los que todos rehuimos. No enzarzarse (verbo sumamente expresivo que me encanta) en discusiones inútiles que sólo generan malestar. No mantener actitudes despectivas o de superioridad respecto a los demás, no pensar que se está por encima de nadie, ser respetuoso. Encarnar el ideal expuesto es la meta más difícil de conseguir”.

Y añado: “Soy consciente de que esa conversión es una tarea que nos desborda. Los logros son parciales y siempre sujetos a retrocesos. El fracaso de ese cambio lo constatamos a diario en nuestras relaciones con el prójimo. Una y otra vez caemos en nuestras trampas, somos presa de la impaciencia o de la cólera, pisoteamos nuestros sanos propósitos por bagatelas que no resisten un somero análisis.

“Esta lucha individual es la más importante de cuantas podemos emprender. Probablemente también la más menospreciada, la que pocas personas se plantean por considerar que la solución está fuera de ellas mismas.

“Por un motivo u otro, casi todos desistimos e, invocando a Rita la Cantaora, el Tato o Sananes el de las tortas, seguimos haciendo nuestra vida de siempre que representa lo malo conocido. De lo bueno por conocer quedan encargados los antedichos.

“Preferimos vivir a salto de mata, procurando tal vez mantener la compostura, conscientes de que la muerte nos sorprenderá tan modorros como vinimos al mundo. De que ningún cambio profundo se va a producir en nosotros. De que esa otra persona auténtica y transparente con la que hemos soñado no es más que una entelequia”.

“Sí” coincide Emma, “nuestros demonios son eficaces. El peor de todos, a mi juicio, el más artero, es el amor propio que deriva fácilmente en soberbia. La honrilla tiene una larga tradición en la literatura española. Es uno de los temas principales en el Siglo de Oro y, con otros disfraces, no deja de aparecer por todos lados.

“Si a ese puntillo que nos pierde sumamos las situaciones de desgaste, el cansancio cotidiano, el choque de intereses, las presiones, hay que reconocer que los demonios lo tienen a huevo. Sería necesario tener nervios de acero para salir victorioso de sus acometidas”.

“Y que conste” puntualizo “que no estamos hablando de santidad sino de ecuanimidad, de una altura de miras que nos permita andar sin estar tropezando continuamente. Pero esto es tan arduo que son numerosos los que optan por intentar reformar la sociedad antes que intentar reformarse ellos mismos.

“Piensan que el mal está fuera donde, por cierto, también está, e incapaces de vencerlo en su interior o totalmente en sus manos, se aplican a meter en vereda a sus semejantes. El razonamiento puede ser más o menos este: Puesto que yo ni puedo ni quiero cambiar, haré lo posible para que los demás se acomoden a mis expectativas.

 

 

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