1
Hay en Las Hilandarias una casona de muros encalados, con escasas y altas ventanas a la calle que están siempre cerradas.
En uno de los ángulos de este edificio se levanta una torre cuadrangular, maciza, rematada en una veleta con la primera letra de los puntos cardinales.
Esta casona es conocida como “el palacio”. Se entra por un portalón gris tachonado de clavos negros. Está situada en el casco antiguo del pueblo.
Desde la torre se contempla la campiña que se extiende ante ella como una inmensa alfombra parda surcada por las franjas grises de las carreteras de Besoto y Conquista, y limitada a la derecha por la lejana cenefa del río Tremedal.
2
Crucé el pueblo con mi mochila azul y negra donde llevo lo que me hace falta: cuadernos, libros, bolígrafos…
Marchaba aspirando el aire con olor a jara de los haces que almacenan en los patios de las tahonas para ser quemados en los hornos.
Marchaba disfrutando de la transparencia y quietud de las mañanas estivales de Las Hilandarias.
La idea me la sugirió Perindola que conoce todos los recovecos y secretos del pueblo. No tengo interés en responsabilizar a nadie, ni siquiera a ese zascandil irredento.
Necesitaba un lugar tranquilo donde realizar mi labor y “el palacio” lo era.
3
Las estancias son espléndidas: de techo alto, amplias, con baldosas blancas y negras formando dibujos geométricos. Las ventanas de postigos entreabiertos dan a un patio central adoquinado con un pozo y un pilar.
Frías y en penumbra, recorro las habitaciones a pasos lentos, como si temiera despertar a alguien.
Hay muebles antiguos, espejos de marcos de madera tallada, jarrones de porcelana, candelabros, cortinas de damasco, consolas con tapas de mármol…
Ante una mesa de caoba con un paño de terciopelo verde y un relicario de cobre dorado, me rindo a la evidencia de que no hay ningún sitio adecuado para ponerme a trabajar.
Sigo adentrándome en “el palacio” con sus paredes llenas de cuadros de motivos cinegéticos y religiosos, con sillas tapizadas, sofás y sillones de cuero…Con ese silencio más propio de un museo que de una vivienda.
Me noto tenso. Comprendo que allí no podré concentrarme, que allí no pinto nada.
Doy media vuelta y desando las desangeladas estancias. Cuando cruzo el patio, el calor del sol reanima mi cuerpo y reconforta mi espíritu.

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Palacio deshabitado de vida, pero habitado por la obra del hombre.
Texto que se presta a varias interpretaciones: la materia sin espíritu, quizá.
Gran abrazo, Antonio, sobra decirte que me gustó mucho.
Gracias por tu atinado comentario (en particular la primera línea). No hablo del mío, pero la grandeza de los textos literarios se mide por las interpretaciones a que pueden dan lugar, que en algunos casos son innumerables. Ahí radica su grandeza y su riqueza.
Ahí va la mía sobre este cuento del que también soy autor.
El protagonista va buscando un lugar donde trabajar, donde inspirarse trabajando. Siguiendo el consejo de un amigo suyo, se dirige al «palacio», una casona antigua del pueblo. Se lo recomendó porque, lógicamente, se trata de un lugar lleno de historias que podía facilitar el trabajo creativo.
Pero no fue así. El protagonista lo encontró frío, desangelado, más parecido a un museo que a una casa. A pesar de sus cuadros, de su mobiliario, de sus adornos, no se sintió acogido ni inspirado.
Comprendió, y por eso dio media vuelta y se fue, que debía conformarse con una visita, de la que guardaría un recuerdo que más tarde podía traducir literariamente. Más tarde podía escribir sobre ese «palacio» pero fuera de él. De ese «palacio» que ya formaba parte de su imaginario personal.
El relato no cuenta una experiencia fallida o frustrada, sino un simple error de cáculo del protagonista por prestar oidos a ese amigo suyo un tanto liante. El «palacio» bien merecía una visita. Fue, la hizo y regresó con sus papeles y bolígrafos. Un abrazo.
Suele suceder con frecuencia el motivo de esta anécdota, Antonio. Escuchar a veces a otros en vez de a uno mismo, lleva a errar el camino.
Gracias por tu luz sobre tu relato. Otro abrazo, Antonio.
«Frías y en penumbra, recorro las habitaciones a pasos lentos, como si temiera despertar a alguien.»
Me gustan mucho los sitios que te incitan a eso, a andar con delicadeza y tener todos los sentidos ejercitados, a estar consciente de la historia y del paso del tiempo. Y ese abrazo del sol al final, cuando sales -o logras salir 😉 de estos sitios, se vuelve aún más especial…
Lo primero es el pan con aceite, tomate y unas lonchitas de jamón serrano. Me alegro de que estés otra vez por aquí. Lectores de tu sensibilidad, como lo demuestran las líneas en que glosas la cita del relato, no abundan. De eso se trata: de ser consciente y receptivo. O como se dice en francés: «vivre les yeux ouverts». Feliz fin de semana.
El Sol es necesario para reconfortar el espíritu y los silencios apetecidos. Tu recorrer por los senderos emocionales y físicos son espléndidos, Antonio, con tu narrativa vemos ambos de manera casi real por no decir real que poco le falta.
Nunca deben faltar los cuadernos y bolígrafos por si aparecen las Musas.
El Sol es necesario, pero éste que tenemos hoy en Sevilla derrite el asfalto. Los días luminosos y frescos son los mejores para recorrer esos senderos a los que aludes, pertrechado naturalmente de las herramientas propias del oficio, para que las Musas no nos pillen desprevenidos.
Gracias por la apreciación crítica y por la canción de Sarah Mclachlan.