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Archive for abril 2019

Tolmo hendido

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El rasgo más destacado de esta novela es su calidad pictórica, no sólo porque hay episodios que están inspirados en cuadros o son su descripción. La técnica narrativa consiste en elegir los colores, trazar las líneas, plasmar la quietud propia del arte de Tiziano. Una vez que los ojos del lector se han paseado por el lienzo, una vez que se han recreado en el estatismo de la escena, los personajes se ponen en movimiento, hablan, intrigan, respiran…

Se tiene la impresión de que los cuadros contenían esos pasajes. Lo que ha hecho el autor, que no es poco, es extraerlos, sacarlos a la luz. Se pueden citar bastantes ejemplos de este recurso. Entre otros, la llegada de Pier Francesco Orsini al palacio de los Médicis cuando Hipólito se dispone a salir de caza, la coronación imperial de Carlos V y la descripción de Venecia.

La historia que se cuenta en Bomarzo es la del monstruoso ego de Pier Francesco Orsini, Vicino, que niega a los demás, los ignora o los utiliza para sus fines.

El corcovado y sensible duque Orsini, debido tal vez a la fatal conjunción de su deformidad física y de su exquisitez artística, es incapaz de salir de sí mismo, de su orgullo, de su mezquindad, de su soberbia, e ir al encuentro de sus semejantes, de verlos como personas y no como proyecciones suyas o como meros instrumentos.

El carácter de este príncipe contrahecho se pone de manifiesto en su demencial deseo de omnipotencia que es el motor de sus acciones. Vicino quiere vencer a la muerte.

Si el objetivo del ser humano es aceptar su vida y profundizar en el conocimiento de sí mismo y del mundo, la del noble italiano es un tiro errado. La suya, que acaba cuando creía hallarse un paso de lograr la inmortalidad, se resume en un apartamiento progresivo de esa meta.

La inmortalidad, o su sucedáneo literario, se la proporciona esta obra. No es la vida eterna sino un premio de consolación. Cada vez que alguien se adentre en los vericuetos de Bomarzo, Pier Francesco Orsini renacerá y el recuerdo de sus andanzas y melancolías perdurará en la memoria del lector.

El autor de “El unicornio” y “Misteriosa Buenos Aires” ha creado un personaje de un narcisismo insuperable. Su “motto” podría ser. “Soy especialísimo. A demostrarlo aplicaré todos mis esfuerzos”.

“Florencia se me brindó en sus calles (…). Los comerciantes se interpelaban delante de sus tiendas; hervía el mujerío en los mercados; la pasión del juego afloraba por doquier, en los grupos que estimulaban a los ajedrecistas y a los que arrojaban los dados con seco golpe; y la pasión de la música lo envolvía todo, con un ondulante sonar de clavicémbalos, de órganos, de violas, laúdes, arpas, cuernos, trombones y violoncelos que se mezclaban al rumor de las charlas. La gente discutía y reía por cualquier cosa, soplando sobre los géneros que se ofrecían en venta, derrochando burlas. Por una esquina desembocaban abanderados de corporaciones que acudían a una asamblea, y el Agnus Dei en campo de azur de los peleteros y el carnero blanco en campo de gules de los laneros, se agitaban rozando las cornisas. Pasaba una cortesana, seria, aristocrática, como una señora principal, en una enjaezada mula, seguida por un cortejo que incluía a patricios y prelados jóvenes, y los curiosos quedaban boquiabiertos ante la gracia del porte de la meretriz, mientras su nombre corría de labio en labio. Un paje llevaba su papagayo, como si fuera un halcón, y otro un monito perfumado de ámbar y azahar”.

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XXX

Esta fue la segunda estación de un viacrucis jalonado, para mayor similitud e irreverencia, de una caída de tu tío que, entre el calor y los vapores del alcohol que empezaban a nublarle el entendimiento y la visión, tropezó con un adoquín suelto.

El traspié lo obligó a arrodillarse y colocar las manos en el suelo para evitar quedar tendido cuan gordo y largo era.

Su amigo se había detenido a mirar un escaparate donde exponían artículos deportivos. Quería comprar una raqueta de tenis para practicar este deporte y rebajar la grasa que había acumulado en la región abdominal desde que se casó.

Para eliminar lo que tu tío calificaba socarronamente de “curva de la felicidad”, que en su caso no estaba justificada puesto que permanecía anclado en el celibato y sin intención de abandonarlo.

Su amigo, que se había rezagado, no tuvo apenas la oportunidad de contemplarlo en tan comprometida postura. Tu tío se levantó con una agilidad impropia de su volumen. El otro se acercó presuroso y solícito, haciendo denodados esfuerzos por no soltar una carcajada.

Tu tío, con la cara contraída de dolor, se frotaba las rodillas a la par que musitaba una letanía de blasfemias y palabrotas. En pocos minutos hizo un recuento de los miembros de la Corte Celestial, sin olvidar a Dios Padre, y no para encomendarles su alma.

Su amigo se guardó de dar rienda suelta a su hilaridad. Ello le hubiese valido un anatema fulminante que se habría traducido en una ruptura total e irreversible de relaciones.

De cualquier forma, tu tío, desconfiado por naturaleza, sabiendo que él, en el pellejo del otro, se habría echado a reír, le lanzó una mirada asesina a fin de evitar tentaciones.

Contuso y alterado el uno por el accidente sufrido, colorado y lloroso el otro por la risa contenida, entraron en una bodega más espaciosa que las anteriores. Detrás del mostrador se apilaban los barriles hasta el techo.

Renqueante y de un humor de perros, tu tío se dirigió a un velador y se sentó. Su amigo se disponía a hacer lo mismo, pero fue parado en seco por un gesto imperioso y por un mandato.

“Pide dos copas de manzanilla y un plato de jamón”. Y luego se masajeó las rodillas.

A la cháchara sucedió un retraimiento hosco que los comentarios de su amigo no lograban conjurar. Pero el vino que había contribuido a desatarles la lengua, obró el milagro de que tu tío se sobrepusiese y, esbozando una sonrisita, hiciese un chiste sobre el percance.

Seguía teniendo hambre. El plan ideado por él incluía una visita rápida a este establecimiento para degustar el pata negra y enseguida otra más reposada a un mesón.

Y allá se dirigieron enzarzados en otro debate. El dolor persistía. Las magulladas palmas de las manos le escocían. Pero, más que las molestias físicas, era un malestar ilocalizable lo que perturbaba a tu tío, haciendo que la situación fuera diferente.

Se podía pensar también que habían abordado todos los temas posibles de conversación, desde el estado de salud de las respectivas familias a una eventual conflagración entre rusos y norteamericanos.

Hubo una serie de paréntesis silenciosos que fueron alargándose progresivamente. Por último cada uno se abstrajo en sus pensamientos.

En el mesón pidieron pavías de bacalao. Un café solo fue el colofón de ese fortuito encuentro cuyo desarrollo me he complacido en referirte.

De nuevo en la calle los dos amigos se despidieron con un apretón de manos, al que tu tío añadió unas palmadas en el hombro.

Pero aquí no termina esta historia. Recordarás que ese sábado tu tío regresó a casa bien tarde.

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Heroicos peregrinos
que parten solitarios,
recorriendo países,
errando sin descanso,
invirtiendo en el viaje
el total de sus años.

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Día de viento (II)

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XXIX

Como el vino les abriese el apetito, tu tío decidió que lo mejor era ir a un bar famoso por sus tapas, situado en una calle cercana que desembocaba en Sierpes. Era también un local estrecho y oscuro. Sobre el mostrador estaban las bandejas con las especialidades de la casa. Las que necesitaban ser preparadas en la cocina eran anunciadas en carteles pegados a la pared donde se leía el nombre del plato y había un dibujo alusivo.

No había mucha gente. Los dos guardaron silencio mientras paseaban la mirada por las bandejas y los carteles. Antes de que su amigo dijera nada, tu tío lo instó a probar los pinchitos morunos porque pecado sería visitar ese bar y marcharse sin haber saboreado los cinco trozos de carne ensartados en una larga aguja y especiados a rabiar.

Tú, ni aunque perdieras el juicio, ingerirías esos guisos en los que abundan los pedazos de tocino, morcilla y carne de cerdo, en los que la guindilla y la pimienta ocupan un lugar relevante.

A tu tío, en cambio, le gustan con delirio lo picante, lo aceitoso, lo avinagrado, lo que conlleva una digestión pesada, lo que produce regüeldos sonoros y ventosidades malolientes.

Ante lo que tú retrocederías horrorizada, él se abalanza atracándose hasta sentirse al borde del colapso. Entonces se retira de la mesa, contempla con desdén a los que todavía están comiendo porque mastican más despacio y engullen con menos ansiedad, y los reprende.

Su voracidad es de las que hacen época. Sus amistades elogian esa faceta suya y hasta tratan de emularla.

El pinchito estaba en su punto. “Está bueno, ¿eh?” dijo tu tío. “Estupendo” “No sé tú pero yo estoy muerto de hambre. Vamos a pedir otro par” “De acuerdo” repitió el otro entre dientes porque en ese momento estaba desensartando el último cuadradito de carne.

Su amigo comentó que tendría que irse pronto porque su mujer y él estaban invitados a almorzar en casa de un pariente. Enarcando sus pobladas y corridas cejas, tu contrariado tío le indicó que telefoneara para comunicar que no podía ir.

“¿Qué excusa voy a dar?” “Excusa ninguna. Dices la verdad”. Tu tío aseguró que su mujer se haría cargo. Él la conocía desde niños y sabía a ciencia cierta que no se enfadaría. En fin, si era necesario, él mismo hablaría con ella.

Su amigo no estaba convencido. Tu tío insistió. “¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que nos veamos otra vez?”.

Le brillaban sus ojos enterrados en carne. Sin poder contenerse dejó escapar una risita.

Entre bromas y veras preguntó: “¿En tu casa quién manda?” “No es eso. Son los compromisos”.

Tu tío, al que tanto como una juerga y una ración de gambas al ajillo, que era lo que se disponía a pedir en cuanto resolviera este asunto, le gusta forzar la voluntad ajena, cambió diabólicamente de táctica. Dándose por vencido dijo: “Haz lo que te parezca”.

El otro, tocado en su amor propio, se dirigió al teléfono y, haciendo señas al camarero de que iba a llamar, marcó un número.

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