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3.-No se trata de lo que uno quiere, de esa amalgama de elucubraciones, deseos, ensoñaciones y buenos propósitos que afloran mientras damos un paseo o tomamos una copa, sino de lo que tiene que ser.
Ciertamente se parte de algo, de una idea, de una intuición, de un impulso que emerge, de una apertura a la creatividad, de un aldabonazo interior al que no se sabe si acudir y abrir la puerta para ver quién llama y qué quiere, o si olvidarse de ese requerimiento intempestivo del que uno sospecha que sólo va a traer trabajo y sinsabores.
Ciertamente hay algo que pugna por encontrar su camino, por ser expresado o rescatado y por eso golpea la puerta o tiende la mano.
Si uno accede a abrirla o a estrecharla, si uno acoge esa idea, ese sentimiento, ese impulso, que son ellos mismos, no lo que tú quieres que sean o lo que tu fantasía te dicte, que no son el encaje de bolillo que tu funcionamiento imaginativo se apresura a hacer con esos hilos, si uno acepta que esa idea, sentimiento o impulso son un embrión con la capacidad de desarrollarse por sí solos, es un craso error pretender adueñarse de ellos como si fueran monedas que uno encuentra en la calle, y se guarda en el bolsillo para gastarlas en lo que le apetezca.
Es un craso error pretender dirigirlos como niños o animales perdidos porque no son ni una cosa ni otra. O pretender encauzarlos porque, en el caso de que fueran ríos, ¿quién mejor que ellos conocen su propio curso?
Somos nosotros quienes debemos recorrer esos caminos y no arrogarnos jactanciosamente el papel de ingenieros.
Esta actitud implica confianza y disponibilidad.
El problema del bloqueo sobreviene cuando uno se cree un consumado jinete, cuando las riendas adquieren más importancia que la montura y, de hecho, el caballo se reduce a ese par de correas de las que uno tira a derecha o a izquierda con la arrogancia de quien se considera el amo. Poco tiene que ver el proceso creativo con esa obcecación.
El corcel corre, nos lleva. Nosotros mantenemos el equilibrio y controlamos nuestro temor al extravío o al descalabro.
Pero, por más más vueltas que dé, por más que avance o retroceda haciéndonos dudar de su instinto e incitándonos a conducirlo según nuestro buen saber y entender, o sea, según nuestros esquemas, prejuicios y expectativas, es él quien sabe adónde hay que llegar.
Es posible que ese brote necesite ciertas atenciones, por ejemplo, un trabajo preparatorio (recopilación de datos, comprobaciones…). Pero esa labor, pese a tener su importancia, no deja de ser secundaria. Son los arreos del caballo y las provisiones del jinete.
Son las disposiciones que uno toma antes de emprender la cabalgada. Pero el hecho de escribir, la zambullida en la creación, es otra cosa.

 

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Terco fantasma que surge a deshora,
trastocando mi vida y sus afanes,
provocando conflictos y desmanes
donde reinaba la concordia otrora.

En los sustratos más profundos mora,
implacable traílla de alacranes
que destruye propósitos inanes
conforme asciende, misteriosa espora.

Abrumador camuñas de la infancia
que me sigue zahiriendo con sus flechas
y embriagando cuando halagüeño escancia

en mi oído el vino de sus endechas.
Tildarlo de rememoración rancia
no impide que no haga nada a derechas.

 

 

 

 

 

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El guachancho
Animal redondo y lanudo, de ojos como cabezas de alfiler y patas muy cortas, rudimentarias.
Cuando anda, siempre a punto de perder el equilibrio, su esfuerzo resulta cómico. Avanza a duras penas y acaba sin resuello. La posición bípeda erecta constituye un martirio para él.
De pequeño es juguetón y le encanta echarse a rodar, no pudiendo detenerse hasta que choca contra la pared o contra un mueble, donde rebota como si fuera de goma.
De mayor sólo recurre a esa estrategia cuando tiene prisa o cuando quiere escapar a un peligro. Un guachancho adulto evita comportarse como una cría.
Pese a tener desarrollado el sentido de lo que es propio de cada edad, le encanta hacer cabriolas en la intimidad. Si casualmente es descubierto, se aflige tanto que puede llegar a enfermar.
Hablando con propiedad, no es un animal doméstico aunque se adapta a convivir con el hombre.
No es exigente en cuanto a su alimentación. Él mismo se desparasita en un rincón del patio. Nunca en la vida se atrevería a entrar en la casa con los pies sucios o chorreando agua.
Es leal y agradecido. Hace compañía y se le puede confiar una criatura en la seguridad de que velará por ella.
Para tenerlo contento basta hacerle un regalo de vez en cuando. No es necesario que sea caro. Lo que el animal tiene en cuenta es el detalle.
Lo que más le gusta son las cajas de música y las plantas (es un excelente jardinero). Detesta las cintas de colores y los cascabeles.
Pero tiene una sensibilidad a flor de piel. Éste es su principal inconveniente.
En el trato con él hay que ser cuidadoso. Es un termómetro que marca con exactitud el grado de alegría o tristeza ambiental. A sus ojillos ocultos tras los pelos no se les escapa nada.
No es aconsejable dejarlo ver la televisión ni escuchar la radio, pues las malas noticias lo deprimen.
Si no se toman estas medidas, es probable que el guachancho desaparezca y no acuda a nuestra llamada.
En este caso, para evitarle la vejación de nuestra indiferencia, hay que ponerse a buscarlo enseguida.
Lo encontraremos con toda seguridad en un rincón apartado y oscuro.
Con cariñosas palmadas y palabras de consuelo el guachancho se recupera. También surte efecto una argumentación convincente.
No se debe cometer la imprudencia de amarrarlo ni obligarlo a subir escaleras, que son sus enemigos naturales.
Este animal es sólo recomendable para aquellas personas que no pierden los estribos con facilidad. Si su dueño, en un rapto de ira o de mal humor, le levanta la mano, el guachancho muere en el acto.

 

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Aunque Swift los da pensando en los primeros ministros, son extensibles a toda la clase política, particularmente a sus representantes más trápalas.
Helos aquí: con la frecuencia que sea necesaria, darles un torniscón en las narices, una patada en la barriga, un pisotón en los callos, tres buenos tirones de las dos orejas, un alfilerazo en el trasero o un pellizco en el brazo hasta dejárselo morado.
En cuanto a los partidos, ésta es su prudente recomendación: tomar a cien dirigentes de cada partido, mezclarlos en parejas que tengan las cabezas de igual tamaño. A continuación serrarles los occipucios para que los dos cerebros queden unidos y la materia gris pueda pasar libremente de uno a otro, siendo el objetivo que cada cráneo albergue medio cerebro de su compadre. Dejarlos cohabitar hasta que se produzca un buen entendimiento.
Nada tiene de extraño que los diputados de su tiempo salgan tan mal parados en la comparación que Swift establece con los senadores romanos, a los que ve como héroes y semidioses. De los políticos de su época afirma lisa y llanamente que son “un hatajo de buhoneros, carteristas, salteadores de camino y matones”.
Y en otro lugar redondea su opinión con estas palabras: “Pajes, lacayos y conserjes (…) llegan a ministros de gobierno, cada uno en su región, y aprenden a despuntar en los tres elementos más importantes: la insolencia, la mentira y el soborno. (…) mantienen una corte secundaria (…), y a veces a fuerza de destreza e insolencia” llegan muy lejos.
El autor de “Los viajes de Gulliver” no tenía un concepto muy elevado del hombre. O del “yahoo”, que así es como él lo llama en su libro. Ésta es la definición que da: “Animal con ciertos visos de astucia y la más acérrima propensión a la maldad, sin duda la más cerril de todas las criaturas”. Y se despacha a su gusto contra las manadas de “yahoos” del vecindario.
Otra categoría de animales completamente distintos, que merecen todo su respeto y admiración, son los caballos, en cuya lengua no existe la palabra mentira, pues la falsedad no tiene cabida en su mundo. Como mucho pueden equivocarse o “decir lo que no es”, pero la miseria moral les es completamente ajena.

 

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Matagallo

 

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Una tarde de lluvia
Solían reunirse los fines de semana en una cervecería del Arenal. Cuando la charla languidecía, miraban los carteles de toros que decoraban las paredes.
Últimamente agotaban pronto los temas de conversación de forma que quedaban silenciosos, como hipnotizados por las imágenes taurinas.
Ni siquiera Leonardo, pese a su buena voluntad y a su verbo fluido, lograba reanimar la tertulia con sus bromas. Sólo Julia le seguía el juego sin demasiada convicción.
Cuando llegaban a este punto muerto, cada cual se abstraía en sus pensamientos. Sólo abrían la boca para llamar al camarero y pedir otra ronda.
Esta situación arrancaba del día en que Leonardo comunicó a sus amigos que la empresa donde trabajaba iba a realizar una reducción de plantilla, siendo la otra alternativa declararse en quiebra y cerrar.
Él tenía un contrato temporal, por lo que sería uno de los primeros que despidiesen. Si se quedaba sin trabajo, tendría que dejar sus estudios de ingeniería electrónica, reanudados recientemente, y regresar al pueblo.
Arturo y Ricardo le habían ofrecido su casa. Incluso Julia hizo otro tanto. Su piso tenía, además, la ventaja de estar situado cerca de la Escuela de Ingenieros. Y el inconveniente, como ella misma señaló, de que sus padres vivían con ella. O más bien lo contrario. “Y eso es un rollo” concluyó.

-o-

Un lluvioso sábado de noviembre Julia exclamó: “¡Esto pasa de castaño oscuro! Estamos amuermados”.
Como ninguno de sus amigos se hiciera eco de sus palabras, Julia los siguió pinchando: “Antes hablábamos. Ahora parece que estamos metidos en una pecera, desde donde miramos el mundo rumiando nuestras neuras”.
La chica cogió el bolso, que tenía colgado en el espaldar de la silla, e hizo amago de levantarse.
“¿Adónde vas con este aguacero?” preguntó Arturo. “Y sin paraguas” añadió Leonardo. “Me da igual mojarme” “Te comprendo” dijo Leonardo.
“Si quieres” sugirió Ricardo, “para divertirnos un poco, podemos hacer un balance de nuestras apasionantes vidas”.
“Lo que pasa es que no tenéis imaginación ni ganas de vivir” “Juro que me temía ese diagnóstico” declaró Arturo.
Antes de que la joven, cuyos ojos chispeaban, tuviese tiempo de replicar, Leonardo intervino: “Podemos hacer un ejercicio imaginativo y planear…no sé…un robo a un banco. No un asalto a mano armada, sino un golpe ejecutado con limpieza” “Un trabajo de profesionales hecho por aficionados” precisó Ricardo.
“¿Bromeáis?” preguntó Arturo. “¿Pues no ves que sí?” dijo Julia colgando de nuevo el bolso, “éstos no son capaces de desvalijar ni un kiosco”.
“Un kiosco por supuesto que no” convino Leonardo. “No nos desviemos del tema. Estamos hablando de resolver definitivamente nuestra situación económica” dijo Ricardo.
Y añadió: “Tengo los planos de la sucursal donde estuve trabajando hace dos años”.
“¿Va en serio?” preguntó Julia. “Son necesarias cuatro personas” explicó Ricardo. “¿No es así, Leonardo?”
“Así es, según el plan que apenas esbozamos” “Es verdad que el asunto quedó en el aire. Quizás ha llegado el momento de retomarlo y entrar en detalles” “¿Pero va en serio?” insistió Julia.

 

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