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Es hermoso ser árbol, es hermoso ser piedra,
ser pájaro, ser nube, y prestar los servicios
que a cada cual son propios.
Pero nosotros somos, ¡oh necio desatino!,
la conciencia del cosmos y tenemos por tanto
el nefasto poder de pervertirlo todo,
el privilegio infame de romper la armonía.

-o-

Il est beau d’être un arbre, il est beau d’être une pierre,
un oiseau, un nuage, et rendre les services
qui sont propres à chacun.
Mais nous sommes, oh fatale déraison!
la conscience du cosmos. Ainsi, nous avons
le pouvoir néfaste de tout pervertir,
le privilège infâme de briser l’harmonie.

-o-

It is beautiful to be a tree, it is beautiful to be a stone,
to be a bird, to be a cloud, and to render the services
each one owns.
But we are, oh foolish mistake!
the consciousness of cosmos. Thus we have
the nefarious power to pervert everything,
the infamous privilege to break the harmony.

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Ramana (y II)


Al cabo de un buen rato de estar en remojo lo vimos acercarse por uno de los caminos del jardín.
No fui el único que se quedó perplejo. Ni en libros ni en revistas aparecen fotografías de Ramana. Ninguno de nosotros esperaba encontrar un hombre joven, delgado, de grandes ojos expresivos y labios finos. Con la cara perfectamente rasurada y el pelo corto, al pronto se le podía confundir con un muchacho.
Desde luego no era el gurú que pensábamos encontrar.
Vestía pantalones beis y una camisa blanca que contrastaba con el tono oscuro de su piel.
A pesar del cuadro cómico que ofrecíamos nos contempló con seriedad. Luego nos preguntó en inglés cuál era nuestra nacionalidad. Al enterarse de que éramos españoles nos dijo en nuestra propia lengua que él había vivido en Buenos Aires.
Desde esa primera entrevista nuestra devoción por Ramana no ha hecho más que aumentar.
Se podría decir que su actitud nítida y su trato correcto nos han defraudado gratamente.
Esperábamos escuchar de sus labios las enseñanzas que nos habían seducido en sus libros, pero Ramana no es amigo de soltar sermones. Cuando se sienta en el porche con las piernas cruzadas no habla gran cosa. Prefiere guardar silencio.
Desde que estoy en el ashram no he leído ni escrito nada. La vida se ha desprendido de lo superfluo, del maquillaje que la enmascara.
La hora de mi partida está cada vez más cercana. Algunos compañeros ya se han ido. Otros nos resistimos y nos volcamos en las tareas cotidianas.
Ramana se ha eclipsado. No es que antes lo viésemos a menudo, pero presentíamos que velaba por nosotros.
Ha llegado el momento de que cada uno haga ese trabajo por sí mismo. Resulta difícil dilucidar este proceso que se ha desarrollado prácticamente sin palabras. La presencia física es la única explicación que se me ocurre.
El día de mi marcha Ramana estaba ilocalizable, así que no pude despedirme de él. Al indio que nos recibió le pregunté si el maestro estaba meditando en el fondo del estanque.
Mientras me dirigía al aeropuerto, cerré los ojos y apareció un muchacho moreno y espigado. Con paso seguro avanzaba hacia mí por uno de los caminos del jardín.

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Ramana (I)

Formábamos un grupo variopinto aunque algo tendríamos en común al embarcarnos en un viaje a la India.
Fuimos de Madrid a Bombay en un vuelo chárter. No se trataba de una visita turística. Nuestro destino era un ashram. El ashram dirigido por Ramana.
Había leído todos los libros de este maestro al que profesaba una gran admiración. Ahora iba a tener la oportunidad de conocerlo personalmente.
El ashram me produjo una impresión decepcionante. Una explanada con algún que otro árbol raquítico se extendía delante de la residencia con un porche de madera, donde se instalaba el maestro para dar sus charlas. Los discípulos se sentaban en el suelo, al sol ligero o resguardados bajo una sombrilla.
Allí aguantaban el calor con tal de escuchar a Ramana o de verlo tan sólo, pues no siempre hablaba.
Cuando llegamos, nos dijeron que el maestro estaba en el estanque, detrás de la residencia. Queríamos presentarle nuestros respetos y ser admitidos en la comunidad.
En la parte trasera había un jardín con árboles frondosos y muchas plantas. Vimos el estanque rectangular pero ni rastro de un ser humano.
El indio que nos acompañaba nos explicó que Ramana estaba sumergido en el agua. Una flor de loto indicaba el lugar exacto de la inmersión. Era una flor rosada con todos los pétalos abiertos.
Nuestro guía nos invitó a imitar al maestro. El desconcierto debió pintarse en nuestros rostros, pues se apresuró a aclarar que el agua no cubría.
Esa propuesta me parecía ridícula. De hecho, sospechaba que nos estaba dando una novatada.
Mis compañeros estaban también indecisos. El indio nos miraba sonriente.
Primero uno y después otro nos fuimos metiendo en el estanque. A fin de cuentas no habíamos hecho un viaje tan largo para hacer remilgos.

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“¿No siente, no ama ni pregunta?”
Lezama Lima

No sabe de delfines ni de azules madréporas,
ni sabe de cangrejos reculando en la arena,
ni el murmullo escuchó del mar en los rompientes.
Nunca hundió sus pezuñas en las saladas aguas.

Y ella sube que sube.

Lo suyo son las breñas de encrespada maleza,
los montones de rocas en precario equilibrio,
las cuestas empinadas, las trochas, los barrancos.
Ella entiende de montes, de ninguna otra cosa.

Y ella sube que sube.

Es ignorante, zafia y, sobre todo, loca.
No es estéril, da leche, no camina, da saltos.
Su pelambrera es recia, aviesa su mirada.
Sus afilados cuernos le sirven de defensa.

Y ella sube que sube.

Que no le hablen de almejas, de signos, de sandeces.
Conoce su destino de cabra a la deriva
sin consultar las cartas ni tampoco los astros.
Su locura es un tren lanzado a toda marcha.

Y ella sube que sube.

Que no le venga nadie con historias de anémonas
ni de estrellas marinas. Que no le venga nadie
con que ha visto una araña haciendo encaje inglés,
ni mienten a su madre, muerta de una caída.

Y ella sube que sube.

Cuando llegue a la cumbre, concentrará sus patas,
sus cuatro pezuñitas, en el punto más alto
(hará lo que en el circo hacen tantas congéneres)
y allí se quedará como una papanatas.

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Alájar (II)


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La fiera

La acogí hace mucho tiempo, cuando era pequeña. Me pareció un animalito con cierto encanto a pesar de su doble hilera de dientes arriba y abajo, sus orejas de contorno irregular y su mirada oblicua.

Hubo una cosa que desde el principio no me gustó, aparte de su pelaje más bien áspero aunque no fueran cerdas. Tenía hambre permanentemente.

Si no le daba de comer, sus quejidos y sus gruñidos me impedían dormir o concentrarme en lo que estuviera haciendo.

Si la tenía bien alimentada, no paraba de crecer.

De aquel gatito que me tocó una fibra sensible no queda nada. Se ha convertido en una señora fiera cuyos ojos extraviados y cuyos dientes superpuestos de los que cae un hilo de baba, espeluznan.

Vivo atrapado en un dilema. Si no sacio su voraz apetito, sus rugidos y su agitación invaden la casa, que recorre sin descanso de un extremo al otro, entrando y saliendo de todas las habitaciones.

Si para conseguir la paz le lleno el plato, que ya es tan grande como una jofaina, apuntalo su prepotencia.

Nunca fue un animal lindo. Lo vi abandonado y lo recogí. No recuerdo que me diera pena ni que me pareciera gracioso. Sólo le encontré un atractivo peculiar. Fue una decisión que tomé en un momento de debilidad e inconsciencia. Fue un gran error.

Mi casa se ha convertido en un infierno y la fiera en el ama. No recibo visitas pues no las tolera. Ella tiene que ser la primera, el centro, el objeto de atención. Se comporta como si sólo ella existiera en el mundo.

Asfixiado por su tiranía, no hago más que preguntarme: ¿cómo puedo librarme de esa fiera?

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Alájar (I)

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El plato del tocadiscos empezó a girar. La expresión del profesor se reconcentró. Guardábamos un religioso silencio. A nuestros oídos llegó un sonido de fritura producido por la aguja al deslizarse por las primeras circunvalaciones del disco.
Tras un breve acorde mantenido, surgió el primer tema que visualicé como un chorro de agua sobre el que una pelota se mantenía en equilibrio.
Desde los primeros compases, la dramática voz de los violoncelos me ganó. El tema expuesto había pulsado un resorte en mi interior.
Me dejé llevar por los vaivenes de la música, bajando y subiendo como la pelota a la que el surtidor imprimía su ritmo, haciéndola bailar sin voluntad.
La marcha que ocupaba la parte central finalizaba en un acorde parecido al que iniciaba la obra.
Cuando el profesor, que había levantado el brazo del aparato para hacer un comentario, lo dejó caer de nuevo y resonaron las notas del adagio, me sentí indefenso ante la música.
Su explicación no era más que unas cuantas frases deshilvanadas sin apenas relación con el nostálgico motivo sobre el que los violines realizaban invisibles dibujos acústicos.
A este remanso de paz, inesperada y traicioneramente, sucedió una melodía sobrecogedora. El compositor se complacía en arrebatarnos la felicidad y sumergirnos en la inquietud.
Me embargó la tristeza de esta segunda parte del adagio. No me atrevía a moverme, como si temiera interferir en ese armonioso edificio a cuya construcción se aplicaban los cinco instrumentos de cuerda.
Hubo un momento en que pensé que la calma iba a resurgir. Unos enérgicos compases así lo prometían. Pero el clima volvió a tornarse melancólico.
En la pausa que se produjo entre el segundo y el tercer movimiento, sin escuchar al profesor que hablaba de nuevo, me preguntaba atribulado si se podía expresar con palabras los sentimientos transmitidos por la música con tal precisión y belleza.
Me repelía la idea de que esa riqueza sólo fuese susceptible de una descripción técnica.
Las primeras notas del tercer movimiento contrastaban con los últimos compases del segundo movimiento.
La melodía triunfal con que se iniciaba el scherzo era una invitación a gozar de la vida. Me inundó una marea de confianza.
Como una boya hundida por la fuerza en el fondo del mar que de pronto recobra la libertad, emprendí el camino del cielo, ansioso por saludar al sol.
Al igual que antes con la tristeza, también ahora tenía la impresión de que ese alborozo era el estado natural del universo.
La viola y el segundo violoncelo inauguraron un tema de signo distinto. Con sólo oír las primeras notas me percaté de que la esperanza, que había volado tan alto, se precipitaría en la sima que se abría bajo sus pies.
Me iba curvando como la cuerda de una ballesta que se tensa antes del disparo. Me faltó el aire. Agaché la cabeza para ocultarme a la mirada de los demás.
Como si de una broma se tratase, el scherzo reapareció y el clima opresivo del trío fue sustituido por el júbilo inicial.
Pero el abismo que Schubert nos había mostrado, evidenciaba la inconsistencia de nuestros sueños de felicidad.

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