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Posts Tagged ‘escuela’

XXV

Días radiantes de mañanas frescas en que tu madre te despertaba zarandeándote suavemente a la par que decía: “Ya es hora, vamos, levántate”, y tú, apartando la sábana y el cobertor, te dirigías medio dormida al cuarto donde teníais la palangana, un espejo y una repisa de cristal con los objetos de vuestra higiene diaria, y vaciabas una parte del contenido del aguamanil, te restregabas la cara y luego te enjabonabas las manos, demorándote en esta operación porque te gustaba juguetear con la espuma, entonces se asomaba tu madre y te ordenaba: “Enjuágate las manos y ven que te voy a peinar, ¡qué niña!”…y seguía tu madre con su retahíla a la que no prestabas atención por escucharla a diario y formar parte del ritual con que inaugurabas un nueva jornada, y te pasaba el peine por tu melena, desenredándola, alisándola, dándote ligeros tirones que te arrancaban fingidos ayes de dolor cuando lo que experimentabas era una agradable sensación, y luego procedía a dividirte el pelo en crenchas que entrelazaba con rapidez y pericia apareciendo al momento la primera trenza anudada con un lacito de color, y te decía: “Estate quieta, ¿dónde has puesto el peine?”, “Ahora vacía la palangana en el cubo, no te vayas sin tirar el agua, que te conozco”, y luego ibas a la cocina donde te esperaba un tazón de leche con un chorreón de café y una tostada muy fina, y en cuanto dabas un bocado declarabas: “No tengo hambre” “¡Qué!” “Que no tengo hambre”, y te llevabas el tazón a los labios, tu madre te miraba con severidad y decía: “Me parece que no he oído bien”, y en ese tira y afloja se os iba el tiempo hasta que tu madre, percatándose de que ibas a llegar tarde, te ponía la tostada en la mano y te lanzaba un ultimátum: “Si me entero de que la has tirado o se la has dado a alguien, para qué quieres más”, y con la sombra de esa amenaza que no te afectaba gran cosa, cogías despreocupadamente la cartera, y con esta en una mano y la tostada en la otra te encaminabas a la escuela, días radiantes de mañanas frescas en que nada hacía presagiar un cambio por mínimo que fuese, en que sentiste la vida en toda su diafanidad.

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XXIII

Habían colocado el cadáver dentro del ataúd y el ataúd en mitad de la habitación. Tu abuelo, con las manos unidas sobre el pecho y un pañuelo alrededor de la cara sujetándole la mandíbula, parecía dormir apaciblemente.

Los sufrimientos de los últimos días lo habían demacrado, su pelo negro y brillante del que tan orgulloso estaba, se había puesto blanco.

La tensión de sus rasgos se había esfumado, las canas le daban un aire de beatitud, la lividez de la piel resaltaba lo evidente.

Vosotras estabais sentadas a su vera: tu abuela, tu tía, tu madre, tu hermana y tú. Tu tío andaba por allí lloriqueando porque la muerte de su padre le había afectado sobremanera.

Chocaba ver al engreído y autoritario de tu tío sonándose los mocos a menudo, con los ojos hinchados y rojizos, hablando con un hilo de voz.

A él le gustaba alardear de falta de sentimientos para reforzar su imagen de hombre duro y de vuelta de todo. Una actitud diferente la consideraba una merma de su masculinidad.

Afligidas, esperabais el momento en que os desharíais en lágrimas, en que os levantaríais temblorosas, traspasadas de dolor.

XXIV

A la muerte de tu abuelo siguió un luto riguroso. La puerta y las ventanas de tu casa se cerraron al mundo y quedasteis enclaustradas.

Se impuso un nuevo ritmo de vida donde no eran posibles las escapadas, a las que tanta afición les tenías. De esa época data el alejamiento de tus amistades.

Ignoro si te adaptaste bien o mal. En cualquier caso nunca manifestaste desacuerdo ni disgusto. Si al principio tuviste que luchar contigo misma, es algo que yace en el olvido.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que no destacabas por tu ingenio ni por otras cualidades que hiciesen de ti una compañía apreciada. Ocurría más bien lo contrario.

Siempre fuiste un poco pava. Pertenecías a la clase de niñas que se enganchan del brazo de otra y pasan todo el rato riendo sin motivo y diciendo bobadas. Por esa actitud fuiste blanco de bromas y te bautizaron con diversos motes en los que se combinaban la penetración psicológica, el humor y la crueldad, siendo “la Tonta” el que gozó de más aceptación.

De tu paso por la escuela y de tu adolescencia sobrenadan algunas anécdotas que rememoras en las contadas ocasiones en que te encuentras con una compañera de entonces.

“¿Te acuerdas de…?” Y habláis de la maestra baja y gruesa, entrada en años, que os tiraba la regla cuando se encolerizaba. “La pobre se ponía histérica” “Pero es que no nos callábamos” “Gritaba como una loca” “Decía que no éramos niñas sino cafres” “Al pasar despedía cierto tufillo” “Y nos obligaba a ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar” “Cuando llegaban los primeros calores, se ponía colorada y no paraba de abanicarse” “¿Qué ha sido de ella?” “Nos castigaba de cara a la pared” “Por la tarde echaba una siestecita” “Cuando llegaba el mes de María, nos mandaba traer flores para adornar el altar que montaba en la clase”.

Tu tío afirmaba que no te gustaba la escuela, que no servías para los estudios, que eras corta de entendederas. A lo mejor lo decía solamente por meterse contigo, por satisfacer esa manía suya de hacer chistes a costa de los demás.

Tú no eras una lumbrera, pero tampoco un tarugo. Eras normal.

Aun siendo sosa, no dejabas de captar la poesía de los días lluviosos en los que, sorteando charcos, llegabas jadeante y feliz al colegio. Ni dejabas de saborear el placer de la libertad cuando salías por la tarde después de dos horas de no hacer nada, pero en las que había que guardar la compostura so pena de que la regla voladora se estrellase en tu cabeza.

Tumultuosas estampidas y gritos de júbilo coronaban la jornada escolar. Una vez fuera del recinto, arrojabais las carteras en la acera y os poníais a jugar al tejo, a los cromos, a lo que fuese, olvidadas del mundo, disfrutando plenamente de ese periodo de tiempo comprendido entre la salida y la vuelta a casa.

La libertad se podía tocar con las manos. No era un concepto abstracto. Era un hecho real. Libertad era vivir esos minutos absorbidas en dar al tejo el impulso justo.

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Fragmentos de un poema – 2

2
Los domingos los lunes
te percibo te añoro
en las cosas más nimias
me revuelvo furioso
me apaciguo me calmo
te llevo en mi cartera
a mi lado te sientas
en ese duro banco
estás en mi tintero
en el patio en el campo
en los viejos retratos
en percheros en botas
por eso me rebelo

En dónde estás en dónde
tal vez en todas partes
o en ninguna tal vez

 

 

 

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