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24 de octubre de 2014 036 (2)I

Después nos íbamos a los jardines. El pintoresco grupo de paisanos se encaminaba sin prisa, gastándose bromas, a ese céntrico parque de altísimos plátanos y pinos. Allí nos sentábamos en un banco y hablábamos de lo humano y lo divino, de nuestros proyectos para el fin de semana y de los más lejanos, de lo que haríamos en la vida. Pero sobre todo nos divertíamos con las ocurrencias de unos y otros, en un olvido total de nuestras obligaciones hasta que llegaba el momento de regresar a la academia o al instituto. Lo cual no siempre pasaba. Algunos sucumbían a la tentación y se tomaban la tarde libre. Pero esos eran los resabiados, los que, a pesar de su juventud, ya estaban de vuelta sin haber ido a ningún sitio.

No éramos muchos, a lo sumo cinco, entre los que se contaban un tunante que era uno de nuestros puntos de referencia, un alma de cántaro al que todo el mundo guardaba el aire porque era de buena familia, un muchachito enclenque, que era uña y carne del tunante, un grandullón que festejaba las gracias con risas y palmadas, un aspirante a escritor y algunos más que no eran fijos.

Andábamos unos pocos metros y nos parábamos. La inconsciencia nos protegía y propiciaba nuestra felicidad. Puede que los monstruos ya estuviesen al acecho e incluso hubiesen hecho acto de presencia. Puede que más de uno viviese o hubiese vivido ya sombrías historias familiares. La plenitud de ese momento nada la empañaba. Esa burbuja, fatalmente, explotaría tarde o temprano. A cada cerdo le llega su San Martín, decía un tío del aspirante a escritor con la malevolencia que lo caracterizaba.

Con un poco de suerte, si uno ha resistido los vaivenes de la vida, incluso llega la hora de los balances y de las conclusiones, provisionales unos y otras, pues mientras acá estamos, mientras la rueda sigue girando, más vale no ponerse solemne ni pontificar como un doctor de la iglesia o como cualquier mameluco.

¿Qué mejor lugar para inventariar pérdidas y ganancias, logros y fracasos, avances y retrocesos que uno de los bancos de hierro de esos jardines de romántico sabor? ¿O dando un agradable paseo por sus sombreadas avenidas? Seguramente en ese hermoso enclave hallaremos también respuestas a algunas interrogantes, tal vez algunas incógnitas se despejen mientras contemplamos sus estanques y sus pérgolas.

 

 

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                                    V
En cuanto entré en el recinto ferial, me encontré con mi paisano Aniceto Márquez que me enseñó jubiloso un libro sobre el mar Rojo. Era el único que le quedaba para completar la colección.
Espurreando saliva debido a una mella en su dentadura, me habló del mar Negro, del mar Caspio y del mar Muerto sin solución de continuidad. Los conocía tan a fondo que se tenía la impresión de que eran parientes suyos por los que sentía un gran aprecio.
Aniceto, que tiene fama de espabilado, y sin duda lo es, me mostró una vez más el ejemplar recién adquirido y se fue la mar de feliz.
En numerosas casetas exhibían ediciones de lujo, libros de gran formato, magníficamente encuadernados, que contrastaban con las modestas colecciones de bolsillo.
Había también objetos originales y lujosos, innegablemente caros. Un estuche forrado de terciopelo azul con tres mazos diferentes de cartas de tarot atrajo mi atención.

VI

Tras mi visita a la feria busqué una cafetería por los alrededores sin encontrar ninguna de mi agrado.
Andando de acá para allá acabé extraviándome y preguntándome qué hacía en una desconocida galería comercial adonde había ido a parar.
Salí a una calle peatonal pavimentada de losas blancas. Contemplé a los viandantes que paseaban tranquilos, y más lejos los árboles de un parque cuyas copas oscilaban levemente.
Ése era el lugar idóneo para relajarse. Pero las piernas se me pusieron pesadas. A medida que me acercaba, el esfuerzo que debía realizar era cada vez mayor.
Si andaba despacio, podía seguir avanzando con dificultad, pero en cuanto aligeraba el paso, los pies se quedaban clavados en el suelo.
Mi situación empeoró cuando miré el reloj. La hora de estacionamiento había transcurrido, de forma que podían ponerme una multa e incluso retirar el vehículo.
La bomba de relojería de la angustia empezó a hacer tictac en mi pecho.
Tenía que irme, salir de la ciudad. Ante mi vista nublada se extendía la carretera como una promesa de libertad. Mis manos sudorosas se agarraban a un volante imaginario. Soñaba con el viento que entraba por la ventanilla.
Di media vuelta y, luchando contra mi disnea y mi parálisis, confiando más en mi instinto de supervivencia que en mi sentido de la orientación, me dirigí a la calle donde había aparcado el deportivo rojo.

 

 

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