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Posted in Fotos, tagged almágenas, antigua fábrica Cerámica Santa Ana, Centro Cerámica Triana, horno, Sevilla on enero 29, 2015| 7 Comments »
Posted in Fotos, tagged Archivo General de Indias, Sevilla on junio 20, 2014| 5 Comments »
Posted in Fotos, tagged Casa de Pilatos, fuente de mármol, palacio de los duques de Medinaceli, Sevilla on mayo 23, 2014| Leave a Comment »
Posted in Cuentos, tagged espectro, fantasma, Javier, piso, Sevilla on enero 9, 2014| Leave a Comment »
III
Antes de que se produjera el asalto a la casa de la huerta, Javier había entrevisto en el piso de Sevilla una figura incorpórea al anochecer.
Se había explicado ese fenómeno como el resultado de la conjunción de la hora crepuscular, del cansancio y de las sombras que proyectaban los muebles. O sea, como un producto de su imaginación.
Cuando se acercaba a ese fantasma, éste se esfumaba. Cuando encendía la luz, no descubría nada.
No obstante, al regresar del trabajo, inspeccionaba el piso para comprobar que esa invención suya no lo estaba aguardando como una fiel esposa.
En los meses que precedieron a su instalación en la casa del río, durante los cuales estuvo ocupado reformándola y viajando a menudo al pueblo, esa silueta nebulosa desapareció por completo.
No era la primera vez que a Javier le ocurría esto. Recordaba episodios similares, en otros momentos y lugares, en los que había atisbado esa forma evanescente y blanquecina. Su racionalismo se apresuraba a etiquetarla de imagen intrusa procedente del mundo de las supersticiones.
Ese fantasma de sábana ondulante y contorno impreciso, cuyo perfil en la oscuridad recordaba las líneas helicoidales de un chorreón de leche en una taza de café, se ocultaba pero regresaba siempre, como si estuviese empeñado en que le otorgasen carta de ciudadanía.
Pacientemente agazapado, ese espectro parecía a la espera de hacer valer sus derechos o de cobrar Dios sabe qué atrasos.

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Posted in Fotos, tagged ábside, cornisa con canecillos, gótico-mudéjar, hornacina con Dios Padre, portada, puntas de diamantes, Sevilla, siglo XIV, torre con espadaña on diciembre 9, 2013| 7 Comments »
Posted in Cuentos, tagged almazaras, Atarazana, calle Deanes, calleja de Tundidores, caserón de los Méndez, ensanche de la Atarazana, Faustina, Josefito, la Costanilla, la Orujera, Las Hilandarias, Luisa, madre, plazoleta del Buen Pastor, Sevilla, sinagoga on noviembre 20, 2013| 3 Comments »
V
Lo arreglé por teléfono. No se me ocurrió avisar a mi madre. No tenía la intención de visitarla y verme en el compromiso de tener que dar explicaciones engorrosas o mentir.
Sabía también que intentaría convencerme de que me quedase todo el fin de semana. Yo quería regresar a Sevilla en cuanto acabase.
Hacía un buen rato que había oscurecido. Dejé el coche en el ensanche de la Atarazana, junto al Ford Fiesta blanco de Josefito, que vive allí cerca.
Estaba irritado. Por un motivo o por otro, siempre acababa recalando en Las Hilandarias. Pero, por mucho que rezongase, tenía que rendirme a la evidencia de que aquí la realidad tenía un espesor del que carecía en cualquier otra parte. En otros lugares era como si la vida no llegase a cuajar.
Había que andar un trecho, luego girar a la izquierda a la altura del caserón de los Méndez y subir por la Costanilla hasta la Orujera.
Este barrio es el más antiguo del pueblo. Lo forma un entramado de calles mal empedradas y de trazado irregular. Las casas son achaparradas, aunque casi todas tienen soberados o camaranchones, como revelan los ventanucos superiores de sus fachadas.
Cogí por la calle Deanes, que se curva y desemboca en la plazoleta del Buen Pastor, adonde tenía que ir en primer lugar.
Antaño la molienda de la aceituna se realizaba en este barrio. Todavía se conservan algunas almazaras, con sus prensas y sus tinajas panzudas en las que se almacenaba el aceite. En la vía pública quedan restos en forma de canalillos, ennegrecidos y deteriorados, que servían de cauce al alpechín.
Mientras caminaba sin prisa, creí percibir el olor a aceitazo que, en otro tiempo, impregnó la Orujera. Tras tantos años, ¿seguían flotando en el ambiente esos efluvios densos o eran imaginaciones mías?
Me detuve a la entrada de la plazoleta del Buen Pastor, que es un espacio trapezoidal en donde confluyen tres calles. En ese rincón se acrecentaba la sensación de soledad, palpable en todo el barrio.
Casi todos sus habitantes son personas mayores que, una vez anochecido, se encierran en sus casas hasta el día siguiente.
La Orujera se está despoblando a ojos vista. Durante los meses de invierno aumentan las defunciones.
Aunque en Las Hilandarias las mujeres sobreviven a los hombres, en la Orujera esta tendencia es más acusada. De hecho, es considerado un barrio de viejas. Yo iba a hablar con una de ellas.
En el centro de la plazoleta hay un pedestal con una cruz afiligranada. Una verja cuadrangular lo rodea, delimitando un arriate donde crece la hierba.
Desde la esquina, donde estaba parado, podía ver el deslucido azulejo que decora una de las caras del pedestal. Un joven con una túnica corta de color carmesí y una aureola amarillenta lleva sobre sus hombros un cordero sujeto por las patas. En bandolera le cuelga un zurrón.
La pieza de cerámica está enmarcada en un cordoncillo azul, que es también, aunque más desvaído, el color de fondo de la composición.
A la izquierda, sobresaliendo de las techumbres de tejas morunas y de los caballetes ondulados, se alza el muro de la capilla, reforzado por dos contrafuertes.
Esta capilla fue una sinagoga, más tarde cristianizada y puesta bajo la advocación del Buen Pastor. No está situada en la plazoleta del mismo nombre, sino en una calleja cercana llamada de Tundidores.
Crucé la plazoleta y me dirigí a una de las casas que, como las otras, estaba cerrada a cal y canto. Desde el exterior no se apreciaba el más leve rastro de luz.
La aldaba de la puerta estaba envuelta en un trapo de forma que, cuando golpeé con ella, produjo un sonido apagado.
Faustina tenía el pelo blanco y estaba tan encorvada que apenas podía levantar la cabeza.
Vivía sola. Por la noche se quedaba con ella su nieta Luisa, que es con quien hablé por teléfono.
Luisa no había llegado todavía. La anciana no sabía dónde estaba ni cuándo vendría.
Aunque no hacía frío, Faustina estaba arrebujada en una toquilla negra. Metió una mano en un bolsillo de su delantal y sacó una llave de considerable tamaño, que me alargó. Luego cerró la puerta y echó el cerrojo.

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Posted in Cuentos, Una apariencia de normalidad, tagged banco, calle San Jacinto, estudio fotográfico, fotos, Kant, Königsberg, Mario, Sevilla on octubre 28, 2013| 2 Comments »
1
Mario era el súmmum de la normalidad. Trabajaba en un banco donde tenía justa fama de empleado modelo. Mario era ejemplar no sólo laboralmente sino en todos los aspectos. Estaba casado y tenía dos hijos.
Lo conocía del banco. Su trato con los clientes era el que cabe esperar de un profesional. Pero él llevaba su amabilidad más lejos. Cuando se cruzaba contigo en la calle, te saludaba con una sonrisa o con una leve inclinación de cabeza y te hacía una pregunta pertinente.
Sus gestos y su interés eran naturales. No había ningún motivo para pensar lo contrario. Su comportamiento respondía a un movimiento espontáneo del alma que lo llevaba a ser atento con todo el mundo.
2
El asunto salió en los periódicos provocando una conmoción en el barrio. A la gente le gustan esos escándalos que rompen la rutina y ponen una nota de color en tantos días grises.
Esos acontecimientos imprevistos son un pretexto para dar rienda suelta a nuestra morbosidad. Nos permiten indignarnos y despotricar. Nos permiten abandonarnos a nuestros demonios que están siempre al acecho.
Mario era un ciudadano de costumbres regladas. Un émulo de Kant, de quien se cuenta que pasaba siempre puntual por las mismas calles cuando iba o venía de la Universidad de Königsberg, de forma que los vecinos aprovechaban su paso para poner en hora los relojes.
Vestía correcta y discretamente. En invierno usaba una gabardina cruda que desentonaba en una ciudad como Sevilla donde llueve más bien poco.
3
Nadie podía imaginar que albergara un odio tan furibundo. Casualmente me hallaba en la calle San Jacinto ese día.
Mario, con porte marcial y a buen ritmo, se dirigía al banco. Al cruzarnos, inclinó la cabeza y me dio los buenos días. Luego escuché el ruido de una pedrada. Me volví. Mario había roto el escaparate del estudio fotográfico. Luego sacó un garrote de debajo de la gabardina y acabó de cargarse el cristal.
El estudio estaba especializado en bodas y primeras comuniones. En el momento del destrozo, exhibía a varias madrinas coronadas de peinetas de carey y envueltas en mantillas de blondas mirando al infinito. Fotos de un cumpleaños, entre las que destacaban las dedicadas a la tarta: un bizcocho recubierto de mantequilla y adornado con guindas azucaradas rojas y verdes, anises y trocitos de avellanas, más las velitas correspondientes. Y otras imágenes estereotipadas.
Mario cogió con ambas manos una ampliación de una pareja de novios. Ella estaba apoyada gentilmente en una balaustrada. Él la contemplaba con arrobo. Mario lanzó la foto en mitad de la calle donde fue arrollada por un coche.
Luego les llegó el turno a una niña vestida con una blusa de lunares y el ombligo al aire, y a los comulgantes, de los que había una buena colección en diferentes posturas: con la cabeza hacia arriba, con la cabeza hacia abajo, con las manos juntas, con las puntas de los dedos rozando la barbilla, muy serios, muy en su papel, muy hombrecitos y mujercitas.
4
Mario estaba poseído. Tiraba las fotos al suelo y las pisoteaba. De su cólera jupiterina no se salvó nadie.
Dos guardias municipales acudieron a todo correr y pusieron punto final a ese ataque de locura. Sujetaron a Mario por los brazos y lo apartaron del escaparate.
No opuso resistencia. Se entregó sin forcejear. Su respiración era acezante. Un cerco de espumilla blanca circundaba su boca. Temblaba.
Sé que no es posible, pero me pareció oír o sentir los violentos latidos de su corazón.

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Posted in Árboles y plantas, Fotos, tagged columnas romanas, leones con escudos, plátanos de sombra (Platanus hispánica), Sevilla on septiembre 19, 2013| 2 Comments »
Posted in In illo tempore, tagged amanecer, autobús, carrera, Diego, estación, estudios, mareos, Sevilla, tartana on septiembre 16, 2013| 2 Comments »
Avanzaba trabajosamente por el pasillo del autobús lleno de gente apoyada en los asientos.
“¿Me permite?” “Usted perdone” “Por favor”. Y uno y otro nos empinábamos hasta que lograba pasar. Realicé esta operación repetidas veces. El objetivo era encontrar un hueco.
Los lunes por la mañana era una locura. El autobús venía completo del pueblo vecino. Los viajeros que subían ahora, abarrotaban el pasillo.
Encontré un sitio y coloqué los libros y cuadernos en la red. Luego eché un vistazo. No cabía un alfiler. El vehículo permanecía en marcha durante el tiempo de espera.
Aunque hacía frío, el conductor no había puesto la calefacción. Rogué a los cielos que no lo hiciera porque la atmósfera se volvería sofocante.
Prefería la tartana ruidosa y renqueante a este autobús nuevo. Prefería arrebujarme en mi chaquetón a respirar este aire viciado. Pero la antigualla rodante estaba averiada.
Ya a punto de irnos, se organizó un alboroto en el largo pasillo. Un rezagado se abría paso. No presté atención al desbarajuste y me sorprendí cuando me llamaron por mi nombre.
Era Diego que me preguntaba si había un hueco por donde yo estaba. Sin esperar mi respuesta, que hubiese sido negativa, se acercó y me dijo: “Está a tope. ¡Qué vergüenza!”.
Su cara redonda me recordó a la luna llena. Tenía los labios contraídos en un gesto de repugnancia.
En el ambiente flotaba un tufillo a humanidad que revolvía el estómago.
Su mueca se convirtió en una afable sonrisa y me preguntó qué era de mi vida. Últimamente nos veíamos poco. Él estaba interno en un colegio y venía al pueblo de vez en cuando.
Respondí con un escueto bien. Las puertas se cerraron y el autobús arrancó con una sacudida que nos obligó a agarrarnos a los espaldares de los asientos.
Diego me agasajó con otra sonrisa y empezó a hablar de los estudios, su tema preferido. Ambos acabábamos el bachillerato el año próximo y había que ir pensando en la carrera que más nos convenía.
O que más nos gustaba, dije por decir algo. Me miró condescendiente y se apresuró a sacarme del error. Según él, debía prevalecer un criterio práctico.
El autobús saltaba cada vez que sus ruedas se metían en un bache. Empecé a sentirme mareado, pero no pude cambiar de postura debido a la falta de espacio.
Diego se había entusiasmado y multiplicaba sus argumentos con el fin de convencerme. Por mi parte, ni siquiera me había planteado esa cuestión. Los estudios superiores me parecían algo lejano.
Este asunto, y todavía más el de las salidas laborales, a las cuales supeditaba mi amigo la elección de la carrera, me traía al fresco.
Su apología de lo rentable estaba incrementando mi malestar de forma que tuve que bajar la cremallera del jersey y desabotonarme un poco la camisa.
A mitad de camino observé que la línea del horizonte se nimbaba de una claridad titubeante.
Interrumpiendo su discurso, le pregunté la hora. Quedaban todavía quince minutos de viaje. Quince eternos minutos.
Diego lo tenía claro. Él iba a estudiar Medicina. En su familia no había médicos…
Cerré los ojos. Me estaba mareando. “¿Te pasa algo? Estás pálido” “Abre una ventanilla”.
El aire frío me reanimó. De inmediato se oyeron voces de protesta. Nadie quería exponerse a coger un resfriado o una pulmonía. Hubo que cerrar el cristal casi del todo, dejando una ranura que no servía de nada. Por fortuna Diego se calló.
Al llegar a Sevilla, bajé precipitadamente del autobús, me apoyé en la pared y vomité. Como no había desayunado, tras dar varias arcadas, arrojé una baba espesa que me dejó un regusto amargo en la boca. Me rompió un sudor frío por todo el cuerpo y sentí un gran alivio.
Diego esperaba a que me repusiese. Cuando me erguí, me entregó mis libros y cuadernos que había olvidado. Tenía que estar en el colegio a las nueve menos cinco. No podía perder tiempo. Se despidió y se fue.
Saqué el pañuelo del bolsillo y me sequé la cara. Miré a mi alrededor. Dos empleados de la empresa enfundados en monos azules manchados de borra limpiaban un autobús.
Respiré hondo, crucé la estación y salí a la calle bañada en la luz grisácea del amanecer.

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