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Archive for marzo 2020

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Pequeños poemas (XIX)


 51
Carmíneas, blancas,
enarbola la jara
sus oriflamas.

52
En fragantes oleadas
el brezo anega
ribazos y vaguadas.

53
En su atalaya,
el vigía las sombras
ve cómo avanzan.

54
Véspero fulge
por llanadas y alcores,
entre dos luces.

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Montera

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24

Michael, el Maestro de Caballería, les habló de la importancia del ideal. Primero había que cerciorarse de que hundía sus raíces en lo más profundo de nosotros mismos, allá donde nuestra individualidad se confundía con la totalidad o la divinidad.

“Como queráis llamar a esa realidad que nos sobrepasa”. Y prosiguió diciendo: “La autenticidad del ideal será puesta a prueba por las dudas y el desaliento, por todas las sombras proyectadas sobre él para desdibujarlo y disolverlo.

“Vuestra lealtad y vuestro compromiso es de por vida, y tienen que ir acompañados del rechazo a las tentaciones”.

El Maestro de Caballería las enumeró. Citó la codicia, la soberbia, la sensualidad, la gula…pero había dos que merecían su mayor desprecio. Una era el poder, que englobaba a todas las demás y las espoleaba. La otra era la traición. Una y otra eran igual de degradantes y peligrosas.

E insistió: “El poder es la puerta de todas las desmesuras”.

Esas incitaciones se combatían con el adiestramiento interior. El premio a nuestros esfuerzos era convertirnos en dueños de nuestra montura.

Tras la alocución, maestro y alumnos enfilaron el camino que conducía al jardín cerrado, en las cercanías del castillo de Haitink, donde tendría lugar la quinta prueba. Ese «hortus conclusus» estaba circundado por un foso lleno de agua. No había puente ni barca para cruzarlo.

A la entrada esperaba al aprendiz un guardián armado que le haría tres preguntas. Si el aspirante no contestaba adecuadamente, le vetaba el paso.

Edu no se encontraba en su mejor momento. Desde la desaparición de Hemón, a quien seguían buscando los Maestros y los sirvientes, sus temores habían aumentado.

Cuando llegó al borde del foso, lo asaltó el deseo de dar media vuelta y regresar al castillo. Durante unos minutos estuvo pensativo. Finalmente se descalzó y se quitó la hopalanda.

La distancia que había que salvar era corta. La idea de renunciar se tornó ridícula.

Cuando braceaba, un cocodrilo asomó la cabeza. El saurio despegó sus poderosas mandíbulas mostrando sus hileras de afilados dientes.

Estuvo jugando con el muchacho que intentaba vanamente alcanzar una de las dos orillas. En una de esas escaramuzas lo hirió por descuido en un brazo.

Edu había comprendido que la intención del cocodrilo no era devorarlo, cosa que ya podía haber hecho, sino mantenerlo en el foso.

Sus fuerzas menguaban. La visión de esa bestia de cuerpo acorazado y verdoso, infinitamente superior, era tan descorazonadora como sus embestidas.

El cocodrilo se alejó un momento. Edu miró a su alrededor. En el agua flotaban hojas caídas de los árboles cercanos e incluso una rama desgajada de dos o tres palmos de largo. Alargó la mano, la cogió y nadó.

Su acosador regresó al punto con la boca abierta de par en par. Cuando lo alcanzó, el muchacho, con rapidez y precisión, apuntaló su paladar con el palo.

El saurio empezó a dar coletazos y a revolverse. Antes de que consiguiera librarse de la traba, Edu se escapó.

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352.-Alice Miller en “El drama del niño dotado” distingue un narcisismo patológico y un narcisismo sano. Al segundo pertenecen la autoestima y el autorrespeto. El primero se puede manifestar como depresión o como grandiosidad. Una y otra son la cara y la cruz de la herida narcisista.

Ese trastorno es el efecto de circunstancias externas que obligan al niño a sacrificar su verdadero yo y a fabricarse uno falso que satisfaga, en primer lugar, las expectativas maternas.

Para la psicoanalista de origen polaco la madre tiene un papel primordial en este drama. Ella es la única realidad para el niño en sus primeros meses de vida.

La inmolación del verdadero yo se realiza en aras de la supervivencia física. Aquí está la raíz no sólo del síndrome maníaco-depresivo, sino de las neurosis obsesivas, de las compulsiones y de las perversiones.

La terapia propuesta es propiciar un trabajo de duelo. La curación se produce cuando el paciente revive los sentimientos y las emociones que ha reprimido, ignorado o deformado largo tiempo.

353.-En el ensayo que le ha dedicado, Alice Miller presenta el desprecio como una expresión de debilidad. Lo considera “el arma del débil y la capa protectora contra ciertos sentimientos propios que resultan desagradables”. Reconoce asimismo que en su base hay un ejercicio de poder, fácilmente identificable en los tratos discriminatorios. Indefectiblemente el desprecio conduce a la humillación.

354.-Emma me cuenta una anécdota familiar mientras tomamos una copa en la terraza de La Fragata, ella una cerveza y yo un blanco seco frío.

Su hermano y su cuñada fueron de compras a Mercadona. “Al que está en la calle Salado” precisa. “Si has ido a ese supermercado, habrás visto que a la puerta hay un mendigo.

“Cuando mi hermano y su mujer salieron, a ella se le ocurrió hacer una buena acción y echó la calderilla del cambio en la caja de cartón que el indigente tenía en la mano. Este, tras observar críticamente esos pocos céntimos y a la donante, exclamó: “¡Es usted un ángel!”. Ella que, con todo su saber, es incapaz de detectar la ironía cuando sahúman su ego, tomó al pie de la letra ese comentario mordaz y replicó: “No, no lo soy”.

“El mendigo, francamente asombrado, miró a mi hermano que aprovechó la ocasión para ratificar dicho punto: “No, no lo es”.

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23

La noticia voló por el castillo de Haitink. Hemón, el muchacho bajito y engreído, había desaparecido. Nadie lo había visto marcharse. Era, por lo demás, sumamente improbable que hubiese tomado la decisión de abandonar su aprendizaje.

Sus resultados en las pruebas desarrolladas hasta ese momento eran satisfactorios. Que se supiera, no tenía problemas personales. No había razones que explicasen esa extraña ausencia.

Mortimer, el Gran Maestro, abrió una investigación. Edu, al igual que los otros, fue interrogado.

Se organizó la búsqueda en la que participaron todos los moradores de Haitink: maestros, estudiantes y sirvientes.

Michael, el Maestro de Caballería, estaba preparando la quinta prueba que, según resolvió Mortimer, debía realizarse en la fecha prevista.

Se dio una batida infructuosa por el interior y los alrededores del castillo. A continuación, el Gran Maestro convocó una reunión en la Sala Abovedada para elaborar un plan minucioso, creándose patrullas a las que se asignaron sectores concretos para su rastreo sistemático.

Edu formaba parte del equipo encabezado por Michael, al que correspondió la inspección de las murallas.

En la mente del muchacho apuntaban ciertas sospechas que no se atrevía a compartir con nadie, no porque su hipótesis fuese disparatada sino porque carecía de pruebas. Sólo era un presentimiento basado en sus propios temores. Por eso se abstuvo de hablar.

Cuando otros compañeros, que sabían de su amistad con Hemón, le preguntaron si no tenía idea de lo que había pasado, él negó. Dijo que estaba tan sorprendido y preocupado como los demás. Declaró que estuvieron juntos en la Biblioteca el día anterior por la tarde. Luego se separaron. Cada uno se fue a su habitación. Esa fue la última vez que lo vio.

La patrulla de Michael recorrió el cerco amurallado, registrando la barbacana y los baluartes. Todos los recovecos y cavidades estaban vacíos.

Al anochecer suspendieron la búsqueda. Hemón no estaba en el castillo. Las torres, las diferentes dependencias, los subterráneos habían sido objeto de meticulosas exploraciones. En ninguno de esos lugares se hallaba el muchacho.

Congregados junto a la estatua del patio, Mortimer anunció que a la mañana siguiente visitarían los puertos pesqueros, donde intentarían averiguar si Hemón se había refugiado con la intención de embarcarse y regresar a su isla. Podía tratarse, según el Gran Maestro, de una huida achacable a la nostalgia del terruño. Esta explicación sonaba poco convincente.

Cuando los otros se fueron, Edu permaneció al lado del pedestal que sostenía al Prócer con su amplia hopalanda.

Tanto Hemón como él estaban intrigados por el relieve que decoraba la base de ese monumento. Había en sus cuatro caras figuras cubiertas de alas y de ojos, en cuya composición se había esmerado el artista, dotándola de misterio, gracia y equilibrio.

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