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Pequeños poemas (XIX)


 51
Carmíneas, blancas,
enarbola la jara
sus oriflamas.

52
En fragantes oleadas
el brezo anega
ribazos y vaguadas.

53
En su atalaya,
el vigía las sombras
ve cómo avanzan.

54
Véspero fulge
por llanadas y alcores,
entre dos luces.

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  9

El ruido de la lluvia, que había arreciado, y el ramo de brezo, que presidía la mesa, me ayudaron a sobrellevar la velada. El lejano chisporroteo del fuego actuaba también como un eficaz saboteador del protocolo.

La noche prometía ser larga. Mis dudas tenía sobre si aguantaría el tirón. El tamborileo del agua me servía de consuelo a la par que avivaba un sentimiento ambiguo que se fue concretando a lo largo de la cena.

Mariana fue recibida con muestras de júbilo cuando apareció radiante con las pulardas asadas. Era la sorpresa que nos tenía reservada. Consciente de la impresión provocada, la anfitriona se movía con soltura, sin dejar de sonreír. Fue entonces cuando Alonso quitó de su lugar de honor el jarrón de Sevres para que lo ocupase la fuente.

Lo que dieron de sí las pulardas sólo Dios lo sabe. O el Diablo que fue seguramente el inspirador de tantas pampiroladas como se dijeron al respecto.

Fueron objeto de un chicoleo impropio, máxime cuando nadie estaba seguro de la identidad de esas aves. ¿Eran gallinas o pollos? ¿O eran una raza aparte? ¿Raza o especie?

Alonso, sin dejar de engullir, sostenía que eran cebones. Le replicaron que un cebón era cualquier animal al que se castraba y engordaba.

Eduardo intervino en el momento oportuno para decir que en realidad eran pollas. Esta observación, a pesar de la finura imperante, desencadenó la hilaridad de los presentes. “No se trata de una broma” dijo.

Y añadió: “Hay además varias clases según su peso y tamaño”. Él mismo, incapaz de contenerse, se unió al alborozo general sin dejar de insistir en que llevaba la razón.

 

 

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Ya veo tu figura a través de las hojas
del bosque innumerable, tu larga barba blanca
perfumada de brezo, de plantas aromáticas,
tu larga barba blanca con la que el viento juega.

Ya noto tu presencia, tal un ángel guardián.
Te advierto en la impalpable textura de mis sueños,
en la humedad del aire que sube del arroyo
al filo del ocaso.

Al final de ese túnel que al morir recorremos,
quiero ver tu sonrisa y sentir tu mirada
tal como las vislumbro
en este ahora incierto del cansancio infinito.

Generoso patriarca, amigo, compañero
acuérdate de mí en el día postrero.

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