El profesor de inglés venía echando humo. El de matemáticas, que se cruzó con él, al verlo tan indignado, no pudo por menos que preguntarle: “¿Qué te pasa?”.
Como su colega tenía muchas ganas de contar lo ocurrido, no se hizo rogar.
“¿Sabes quién es Azufaifa?” “¿No lo voy a saber si tengo el honor y el placer de intentar enseñarle las ecuaciones de primer grado?” “Entonces me salto la introducción. Esa alumna me preguntó anteayer en su impecable estilo arrabalero si yo podía escribir una carta en inglés. Me contó que tiene una amiga canadiense con la que se cartea en español, a la cual quiere sorprender contestándole esta vez en inglés”.
“Para empezar, quería que yo escribiese la carta sobre la marcha a partir de sus indicaciones. Algo así como: ponle esto y ahora ponle lo otro…” “Ella te dictaba y tú traducías” “No, no he dicho eso. Ella me daba indicaciones más o menos precisas y yo redactaba en inglés, lo cual no es sólo un trabajo de traducción simultánea sino también creativa”.
“Prudentemente repuse: Mira, Azufaifa, es mejor que traigas la carta escrita en español el próximo día. Después, aquí en clase, mientras tus compañeros hacen una tarea, nosotros la traducimos”.
“Hoy teníamos que hacer ese trabajo. Temiendo que en dicha carta apareciesen expresiones y palabras desconocidas por mí, tuve la precaución, como puedes ver, de llevar un diccionario a clase para consultarlo en caso de necesidad”.
“Pues bien, cuando hoy se acercó a la mesa con la carta y vio el diccionario, me espetó: Yo pensaba que tú sabías inglés”.

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Él había querido ser poeta. Pero esta condición no se elige. No depende de uno serlo o no serlo. Tal vez de los dioses, del destino, de quién sabe qué fuerzas que se mueven libres por el mundo, que pasan raudas, sin musitar ni una triste sílaba en los oídos de la mayoría de los mortales.
Me encontré con él en la ermita, adonde solía ir y sentarse en el banco de madera que hay a la entrada.

IV